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Casa roja

Mayayo Martínez, Iván

Cada noche, al llegar al faro, se quita las botas de agua empapadas. El olor a salitre impregna las paredes de la casa y a él. Voy a su encuentro y lo abrazo, su barba mojada cosquillea en mis mejillas.

—¡Te he echado de menos! ¡Qué bien estamos aquí! ¿Verdad, abuelo?

—¡Claro que sí, cariño! —responde riendo.

El tictac de los engranajes del hogar y su risa llenan el salón y mi memoria.

 

El carruaje de vapor, con el féretro, se detiene junto a un nicho de la calle principal del cementerio de San Miguel rodeado de mausoleos con formas caprichosas: mansiones góticas, pirámides egipcias protegidas por esfinges... Un androide preside el desfile portando un paraguas, mientras la banda de veteranos de la marina lo siguen con tubas, trompetas y trombones, a ritmo de jazz. Elisa, con una vistosa cazadora de flores sobre el vestido negro, cierra el cortejo acompañada por una enorme mujer de ostentoso luto y un hombre escuálido con un fino y largo bigotillo: los tíos Marina y Humberto, empeñados en demostrar cuánto quieren a su joven sobrina delante de todo el mundo. «Preciosa, sonríe, no se acaba el mundo. Pronto heredarás», le susurran sibilantes, pero Elisa está a punto de derrumbarse. Se deja llevar, dolorida por la presa de la áspera mano de la tía en su hombro, saturada por el olor a almizcle y las notas metálicas que se alojan en los oídos. La saliva, reseca, amarga su boca. Sus ojos transmiten tanta tristeza por la muerte del abuelo Alfonso, con el que vivía en el viejo faro, que las estatuas animadas de ángeles parecen que apartan la mirada. Un golpe seco cierra la sepultura para siempre, el cliqueo de los engranajes del androide cambia de tercio, agita el paraguas y la música ahora suena alegre y rápida, aunque Elisa, buceando en sus recuerdos, no escucha nada.

 

El despacho de Mara Rincón, la albacea, está escondido en un edificio ultramoderno que desentona con la mayoría de las construcciones del pueblo costero. Completamente de cristal, el sol de la tarde lo convierte en una tea ardiente, un gran faro terrestre que guía a los transeúntes en su camino.

Tras salir del ascensor entran en un diminuto cubículo sin ventanas, apenas una mesa de madera rústica, pizarras con listas de la compra en las paredes y libros que escalan la estantería e invaden el espacio. Huele a mar, polvo y arena mojada. Mara está sentada detrás de la mesa. Extremadamente delgada, piel azabache, pelo rapado, gafas de pasta oscura y un traje negro con la corbata floja. Los invita a ocupar tres pequeñas sillas justo enfrente de ella con un grácil gesto.

Elisa parece una muñeca en manos de sus tíos, que la empujan y la sientan. No paran de manosearla, como si el amor fuera proporcional al agobio que le producen. No escucha lo que dice la fiduciaria, su mirada se pierde entre la lista de productos pendientes de comprar que aparecen en las pizarras: limones, lechuga, compresas, ginebra… De repente se da cuenta de que la mujer la mira con una gran sonrisa de comprensión. Le entrega una carta, decorada con un collage marinero, unos papeles y le acerca una pluma:

—Elisa, en cuanto firmes estas escrituras te convertirás en la propietaria del faro y podrás continuar viviendo allí. Así lo quiso tu abuelo.

—¡¿Y el dinero?! —gritan al unísono los tíos.

—No hay nada más —responde la albacea—, es todo.

Marina y Humberto se levantan bruscamente.

—¡Ese viejo chocho se ríe desde la tumba! Firma. ¡Vivirás con nosotros!. Ya venderemos esa ruina.

—No —dice Elisa débilmente. Los recuerdos de su vida con el abuelo le anclan en su sitio.

—¿Qué has dicho?

—Él fue el único que se encargó de mí. Se lo debo. Os podéis ir, yo me quedo.

—¿Cómo te atreves? —Humberto levanta la mano para abofetear a la niña.

—Creo que la decisión de la joven ha sido clara. Legalmente puede vivir sola si le place y no voy a tolerar conductas inapropiadas en mi despacho. —La voz de Mara ha pasado de ser suave a terrible y, de pie en la diminuta oficina, parece una larga sombra amenazadora.

Los tíos se despiden airados. Balbuceando, abandonan el despacho de un portazo. Elisa coge la pluma para firmar, su tacto es agradable.

—Tómate tu tiempo, querida. No tenemos prisa.

Más relajada, se recuesta en la acogedora silla y se deja transportar por el olor, paladeando la humedad que le recuerda al hogar.

 

—¡No me sueltes, abuelito!—estreno el aerociclo, sin ruedines, cargada de inseguridades

—¡Pero si hace ya un buen rato que no te sujeto! ¡Eres, ya, muy mayor!

Grito de emoción, el miedo me asalta y pierdo el equilibrio. Con un pequeño silbido mecánico caigo contra el suelo. Me levanto, riendo y llorando a la vez, un poco dolorida.

—¡Otra vez! ¡Y, ahora, yo sola!

La estela de sus ojos, siempre risueños, acompaña mis lágrimas.

 

Por la sinuosa carretera que separa la costa pedregosa de las verdes colinas, Elisa conduce una motocicleta anular de rueda única, intentando escapar, en cada curva, de las imágenes del pasado que la desasosiegan, agitadas por el viento igual que su media melena oscura. La carta que le ha entregado la albacea, guardada entre su ropa sin abrir, presiona su pecho. «Buena suerte», le ha dicho Mara antes de despedirse, «No dejes que los recuerdos te sepulten, úsalos de combustible para crear nuevos». Acelera con rabia, al menos sus tíos han desaparecido de su vida. El olor a musgo y a sal lo invade todo.

Atardece cuando llega al viejo amarradero. El sol anaranjado, brillante, ilumina de oro las viejas tablas de madera cubiertas por flores carmesíes, caídas de los árboles que flanquean el camino. Aparca la motocicleta y camina por el embarcadero, que se lamenta con cada paso, hasta llegar a una campana de bronce, colgada de una viga encerada. Justo en frente, golpeado por el mar, se recorta la enorme silueta del faro. Golpea el instrumento con el badajo, su tañido es melancólico, y espera. Al poco, entre el ruido del oleaje, se escucha un chirrido rítmico, una góndola manejada por un pertiguista mecánico con una vieja gorra calada y un abrigo agujereado que ondula al avanzar. Cuando llega al muelle, Elisa, sube a bordo sin dudar un instante.

—Volvamos a casa, Caronte. —Acaricia el frío rostro metálico del autómata que huele a océano y la embarcación da la vuelta mientras el sol sangrante, que muere en el horizonte, alumbra el camino de regreso.

 

La «Casa Roja» es uno de los seis faros, construidos sobre plataformas metálicas que sobresalen del mar desde hace más de dos siglos, que bordean la agreste costa. Completamente pintado de rojo, el salitre y el paso del tiempo han blanqueado parte de las paredes y del tejado.

Elisa baja de la barca y abre la puerta. La recibe el clic clac de martillitos y ruedas dentadas del sistema automático, creado por Alfonso, que enciende la gran linterna cada atardecer. Activa los interruptores y, con un zumbido, todo se ilumina. Se siente extraña al encontrar la casa vacía, congelada en el instante del desayuno. La taza, volcada sobre la mesa, le recuerda que tiene mucho que recoger. Pese a los recuerdos.

 

—Abuelo, ¿no echas de menos tu barco? ¿Volver a navegar?

—Estoy contento en este faro. Es nuestro hogar. Ayudo a las embarcaciones perdidas a encontrar su camino y, además, puedo estar a tu lado.

—¿Lo haces por mis padres? A ellos el farero no les ayudó.

—No lo sé —dice disimulando un gesto de tristeza—. Aunque algún día, en el futuro, seguro que regresaré a mi nave y surcaré de nuevo el mar y los cielos.

 

Está destemplada y decide darse un baño antes de cenar algo. Deja correr el agua de la bañera y se desnuda frente al espejo del armario. Al abrirlo para buscar gel, encuentra todos los útiles de afeitar de su abuelo y le invade una sensación de insoportable soledad. Toca la brocha y las ásperas cerdas le hacen cosquillas como cuando era pequeña; huelen a él. Un profundo pesar le invade. ¿Ahora qué? Un futuro vacío le espera. La cuchilla, de filo helado, convoca ideas morbosas: con el calor de la bañera serían solo dos pinchazos intensos y un profundo sopor…

A través de la puerta abierta ve, de pronto, cómo un quinqué flotante, encendido, cruza el pasillo. Deja caer la cuchilla en el lavabo con un fuerte golpe y emite un pequeño grito. Sorprendida, asustada. El resplandor azulado y silencioso regresa, como si de pronto hubiese reparado en su presencia. Se detiene frente a ella. Elisa está atemorizada. ¿Qué es eso? La fantasmagórica aparición se mueve frenéticamente y se marcha invitándola a acompañarle. Comienza a subir las escaleras hacia la buhardilla. Sin pensar, Elisa abandona el baño y lo sigue.

Con un crujir de madera, sube a la segunda planta, pasa por delante de las habitaciones, aún revueltas, tal y como quedaron la mañana del infarto, y continúa hasta el tercer y último piso. Un escalofrío eriza el vello de su cuerpo al entrar en la buhardilla y la hace consciente de su desnudez. Se muerde los labios salados. Algo va mal. No escucha la cadencia de los engranajes del mecanismo de seguridad. La luz del faro, que debería estar encendida, permanece apagada. La estancia está iluminada por el resplandor azul del viejo candil marinero que la ha guiado hasta allí. El reflejo que genera la luz en la cristalera es extraño, un hombre sujeta la fría lámpara con manos enguantadas. Cubre su rostro con una inquietante máscara blanca, lisa, y monóculo. Viste uniforme de la marina, azul con botones y bordados en oro. Con la mano libre apunta hacia el mar. Elisa ya no siente miedo, a través de él puede ver claramente, pese a la creciente oscuridad, cómo un velero navega a ciegas directo hacia las rocas.

Rápidamente abre la arqueta del faro y, con manos temblorosas, desenrosca la gran bombilla. El calor residual lastima las yemas de sus dedos. La deja en el suelo y desembala una de las nuevas, tal y como le había enseñado el abuelo. La enrosca con mucho cuidado y cierra la portezuela. Al subir la palanca, la potente luz corta la oscuridad nocturna guiando al barco que vira en el último instante y consigue, así, librarse de su fatal destino.

Pese al frío, Elisa está sudando. Se sienta en el suelo llena de ansiedad, hiperventilando. Un golpear de ruedecillas le indica que, misteriosamente, vuelve a funcionar el sistema mecánico. La lámpara azulada levita a su lado, la tranquiliza. En su llama se materializan imágenes:

«Un barco navega de noche, bamboleado por una furiosa tormenta. Siente la humedad y el frío en su cara, al igual que los dos integrantes de la embarcación, un hombre y una mujer. No recuerda el rostro de sus padres, pero sabe que son ellos. La linterna que debía guiarlos no ilumina, el farero está dormido entre efluvios de vino. El fuerte crujido al naufragar contra las rocas la sobresalta. Los gritos de sus padres se ahogan entre los truenos y relámpagos antes de que el mar se los trague para siempre».

Todo se desvanece y Elisa imagina la cuchilla, abandonada en el baño, manchada de sangre. Siente repelús y lo expulsa sacudiendo la cabeza. Entonces recuerda la carta con el collage marinero, algo muy típico de su abuelo. Se levanta y abandona la buhardilla, dejando atrás el candil azulado, para bajar por las escaleras dolientes hasta la planta inferior.

—¡Oh! ¡Mierda! —sus pies descalzos chapotean.

En el baño, empañado de vapor, el agua ha comenzado a rebosar de la bañera. Cierra rápidamente el grifo y localiza su ropa tirada en el suelo, en un rincón, medio mojada. Rebusca y encuentra el sobre. Por primera vez lo abre. Aunque la mayor parte es legible, se ha emborronando con la humedad:

«… cuida de la «Casa Roja», de su linterna. La has vivido y sentido desde niña, sabes todo lo que hay que hacer. Su vida ya es tu rutina. Bajo mi cama hay un cofre con dinero, nunca confié en los bancos, será suficiente para que puedas vivir sin preocupaciones…».

Termina de leer y una lágrima liberadora resbala por su mejilla, seguida de todo un torrente. La lámpara flotante cruza de nuevo por delante del baño hacia la entrada.

—¡Eh! ¡Espera!

Coge un viejo albornoz de felpa rosa de detrás de la puerta y baja a toda velocidad, a tiempo de ver cómo el quinqué sale por la puerta principal. Lo sigue, el frío nocturno la estremece. Caronte está allí mirando al vacío, mientras sus engranajes aparecen iluminados por un fuerte resplandor proveniente de un gigantesco buque translúcido. El casco es una gran cara enigmática; las velas se inflan y las bujías y los motores de vapor bufan haciendo que se eleve sobre el agua, emitiendo un viento fantasmal que agita su albornoz y su cabello. El escozor de las quemaduras en los dedos le indica que todo es real. A bordo, el capitán de la máscara y el monóculo, levanta el candil azul a modo de despedida. Su abuelo ha querido decir adiós antes de iniciar su último periplo. Con los ojos aún húmedos, grita agitando las manos:

—¡Buen viaje! ¡Vuelve a cruzar el mundo, abuelito!

El gran barco atraviesa la luz del faro y vuela raudo, perdiéndose en la inmensidad de la noche. Una risa, sonora, cruza el cielo, rompiendo el tiempo.

«… no llores por mí, estaré navegando en mi viejo navío hasta las estrellas. Vive una vida plena. Te amo, mi pequeña».

Recordando el final de la carta, Elisa sorbe sus últimas lágrimas y, sonriendo, vuelve a entrar dentro del reconfortante tic tac de la «Casa Roja». Tiene mucho que hacer, ahora, que ha decidido ser la encargada del faro.