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Ecos... (Palomas mensajeras)

Signes Urrea, Carmen Rosa

 

 

A Ricardo por todo

 

 


     —Pues envíelo al laboratorio de inmediato, a saber qué nueva se les habrá ocurrido. Sólo faltaba que utilizaran seres biológicos como escudo, desde los bárbaros que no se hacía eso. Por cierto, Sánchez.


     —Usted dirá, señor.


     —Si abate a un enemigo. ¿Sufre el mismo remordimiento que habiendo matado a este bicho?


     —No, señor, usted lo ha dicho, es el enemigo.


     —Puede retirarse. ¡No! Espere. ¿Se había fijado en esto que cuelga de la pata del pájaro? Parece… ¡Dios santo! Sánchez observe, es un mensaje codificado en el antiguo modo manual de registrar las palabras.

 

   —Cruzaron la mirada, el sargento le sonrió antes de felicitarle —Enhorabuena, Sánchez, acaba de interceptar, posiblemente, información de relevancia para el enemigo. Le propondré para una medalla.


     Del interior de la cápsula metálica, fuertemente sellada, extrajo una diminuta tira de papel. De su tinta, casi emborronada, apenas si podía distinguirse algo. Parecía un mensaje antiguo. Finalizaba el siglo XXVII y ya nadie recordaba aquellos métodos primitivos de comunicación. Además, las circunstancias hacían impensable el empleo de los escasos recursos naturales para fines tan poco éticos. Las guerras seguían dividiendo a los herederos del planeta, pero se llegó a un consenso para no perjudicar el entorno. Demasiado daño se había causado ya. Por eso aquel hallazgo adquiría mayor importancia, tanta, que informó a sus superiores y aguardó órdenes.


     Tres semanas después, el campamento atesoraba más de tres centenares de aquellos envíos, que fueron guardados con escrupuloso orden en espera de la decisión de unos superiores que parecían no querer atender a la urgencia de aquel enigmático suceso.


     Ante la demora en recibir respuesta, la curiosidad más que el celo despertó el interés del caso en los soldados que habían contribuido a recopilar aquella colección de cadáveres voladores y mensajes enclaustrados,  por lo que poco a poco, alguno de ellos intentó descifrarlos, un hecho que sumió de incertidumbre aún más todo aquel acontecimiento.


     Los mensajes, en su mayoría breves y concisos, hablaban un poco de todo. Entre sus líneas surgieron: peticiones de suministros; de munición; angustiantes notas de ayuda; conmovedoras despedidas; e incluso alguna carta de amor. En todo aquel conjunto de frases, los soldados del escuadrón quisieron ver plasmadas sus propias inquietudes.


     Mientras tanto, los enfrentamientos continuaban. Largas horas de oscuridad, atenazaban el frío. Gigantescas naves, inmensas moles de acero cromado, impedían la contemplación del sol, no así el reflejo de sus propias imágenes —la defensa se hacía insostenible cuando a las pocas horas parecía que se luchaba contra uno mismo; la lluvia negra —pestilente amalgama de fluidos químicos— inundaba los campos, anegando la escasa salud de las tropas. Luego, las largas horas de fuego cruzado que obligaban a protegerse los ojos. Dentro de aquellas trincheras, las bajas de cada bando se contaban por centenares. Pero así se decidió combatir mucho tiempo atrás, empleando los pocos lugares que con anterioridad se habían convertido en yermos páramos.


     —Sánchez, preséntese de inmediato en mi tienda y traiga las notas halladas en las aves que han seguido encontrando.


     Con el informe de trascripción y los análisis de los pájaros, entró nervioso en el despacho, su aspecto descuidado llamó la atención de sus superiores.


     — Abotónese soldado. ¿Cómo se atreve a presentarse así? –el coronel gritó sorprendido.


     Sánchez estaba nervioso, por fin se desvelaría el misterio, ni se había dado cuenta de su aspecto, de inmediato accionó el botón de acoplamiento de su uniforme.


     —Le presento al Coronel Koto Hatari. Ha venido como asesor histórico. La respuesta que esperábamos es tan sorprendente como el hallazgo que nos preocupa.


     —Debo pedirle máxima discreción, y como ya le dijera a su superior, le ordeno la ocultación de todo lo relacionado con este caso –Sánchez ni tan siquiera pestañeó, le resultaba complicado ocultar sus verdaderos sentimientos. –Insisto, nada de esto ha ocurrido, decir lo contrario constituirá delito de alta traición. Y no se hable más del asunto –El coronel dio media vuelta y, antes de desaparecer por la puerta, se despidió. –En paz queden. Suerte en la contienda. Lo están haciendo muy bien.


     Sánchez no acababa de creérselo, estaba perplejo no tanto como el sargento.


     —Lo siento mucho Sánchez. Yo tampoco comprendo nada.


     — ¿Quiere decir que me quedo sin condecoración?...


      


     …………………………..


      


     Las trincheras ofrecían un mal refugio, la podredumbre y el hambre arremetía contra una guarnición que las temía más que al mismo ejército enemigo que les acosaba. En su desesperación, tan sólo tenían a mano aquellos pájaros que siempre habían representado esa paz que ahora se les deslizaba entre los dedos de la mano. El asedio se hacía insostenible.


     —Puede que no sirva de nada caballeros, pero al menos sabrán lo que nos ha sucedido y conocerán de nosotros, tal vez así consigamos ayuda.


     Se repartieron las palomas mensajeras entre todos los habitantes de aquella trinchera, los primeros en recibirlas fueron los heridos y enfermos, y cada uno de ellos anotó una petición. Los pájaros volaron portando en sus patas: peticiones de suministros; de munición; angustiantes notas de ayuda; conmovedoras despedidas; e incluso alguna carta de amor.


     El 13 de diciembre de 1914, 302 soldados murieron en el bombardeo de una trinchera sin que nada de ellos quedara para corroborar su existencia ni su fin.