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El águila imperial ha alunizado

Manso, Reinaldo


    

 

 


Con estas palabras, el astrólogo real John Dee, confirmó la llegada sin novedad del primer visitante terrestre a nuestro satélite.

 

Treinta años antes,  Año del Señor de mil y quinientos y setenta y cuatro.


Muy de mañana, la figura ascendía con rapidez el pequeño montículo que se elevaba a varias leguas de la costa. Alcanzada la cima, busco un lugar donde sentarse sin ensuciar aún más su negro hábito y se dispuso a meditar, con la vista fijada en lontananza. “Quien te habría dicho, mi buen Félix, que casi darías la vuelta al mundo en sentido contrario a la aquel famoso guetaiarra como tú, a quien conociste en tus años mozos”, fue su primera reflexión. Echando mano a la talega que llevaba al hombro, sacó el recado de escribir y lo dispuso en una laja de piedra cercana. A continuación, rebuscó hasta encontrar el diario que siempre  portaba consigo y empezó a revisar sus anotaciones del último año, ciertamente lleno de acontecimientos.


Primero, el tornaviaje en la flota de galeones de Manila, hasta alcanzar el Virreinato de Nueva España. Fueron cuatro largo meses de aburrido trayecto, con una única excepción, pues a mitad del mismo y habiendo derivado muy al norte, alcanzamos a vislumbrar varias islas que no aparecían en los mapas de navegación. Al caer la noche, antes de perderlas por el horizonte, pudimos observar en la más montañosa unos grandes fuegos, que me recordaron un volcán en erupción que pude ver en mi juventud en las islas Canarias.


Se me había ordenado acompañar al hermano converso Wan Hu y para evitar las tentaciones derivadas de la gran cantidad de tiempo libre a nuestra disposición, decidimos intercambiar conocimientos. Él me enseñaría chino mandarín y yo latín y castellano. Pronto establecimos una profunda amistad y así descubrí la verdadera condición de mi compañero y los motivos de su presencia a bordo. ¡Nada menos que el propio Mateo Ricci le había encomendado que viajase hasta la Santa Sede y se presentase ante el Prepósito General de nuestra orden, Claudio Acquaviva, pero por una ruta nada habitual! Wan Hu había sido un oficial imperial de la dinastía Ming, pero estaba allí en su condición de inventor.  Mientras yo le ayudaba con la dificultosa gramática latina, Hu me revelaba detalles de sus asombrosas invenciones, que justificaban con creces su destino y tanto secretismo. Cuando mi superior en la reducción de Cebú me ordenó abandonar mi labor misionera y acompañar en su viaje “hasta el final” a aquel diminuto hermano de origen chino, no sabía lo que me esperaba.


También la llegada al continente americano fue emocionante porque estuvimos varios días viajando entre una espesa niebla y el piloto temía embarrancar en la procelosa costa. De repente, una gran luz apareció en el horizonte. Era el faro recién instalado en el puerto de la nueva ciudad de Nuestra Señora la  Reina de los Ángeles de Porciúncula (así llamada en conmemoración de la primera comunidad franciscana en Asia), y todos elevamos nuestras oraciones al Señor al haber completado la travesía sanos y salvos. Al pisar de nuevo tierra tras todas aquellas semanas en alta mar, nos encontramos con la sorpresa de una ciudad casi fantasma y envuelta en una verdadera vorágine de rumores. La razón aparece recogida así en mi diario:


Al parecer, pocos días antes, a varios cientos de leguas al norte, en las estribaciones de las montañas bautizadas como Sierra Nevada, una cuadrilla bajo el mando del capataz  Jaime Mariscal se disponía a construir un molino de harina aprovechando la corriente de un arroyo cercano, cuando encontraron pepitas de oro.  El capataz era leonés y en su niñez había buscado pepitas en las aguas del Sil y por eso reconoció de inmediato la importancia del hallazgo. Intentó mantener el secreto, pero resultó imposible. En Los Ángeles, cualquiera capaz de conseguir una mula se dirige en estos momentos hacia el Norte. Si los rumores son fiables, en pocos años esta zona no tendrá nada que envidiar al Potosí andino. Sin embargo, por mucho que nos disguste, nuestra misión es más importante y mañana mismo volveremos a embarcar en el galeón, que sigue su periplo bordeando la costa hasta su destino final en Acapulco.


Alzando la vista de su diario, el jesuita descubrió un frente tormentoso que se acercaba con rapidez desde el Mar Océano. “Espero que no se ponga a llover otra vez, ya he soportado bastante tormentas”, pensó para sus adentros, antes de volver a la lectura de sus papeles, pero con un ojo avizor por si tenía que ponerse a cubierto. “Prosigamos…”


Desde Acapulco, una reata de mulas nos ayudó a llegar hasta la capital del Virreinato, donde nos apresuramos a presentarnos ante nuestro superior. Al parecer, la situación había empeorado bastante en los últimos meses y el “rey hereje” estaba haciendo imposible la vida a sus súbditos católicos en todos los rincones de su imperio. Nos sumamos a un grupo de familias que habían decidido emigrar en busca de un lugar donde poder practicar su religión sin trabas, fundando su propia colonia. Habían contratado dos barcos para partir desde Veracruz y recorrer toda la costa hacia el norte, haciendo cabotaje en busca del lugar ideal. Luego, las embarcaciones continuarían el viaje hasta Europa.


Nos sumamos al centenar justo de pasajeros de la nao que nuestro poético capitán ha bautizado como “Flor del mes de Nuestra Señora” (por su botadura en Mayo pasado) y empezamos a recorrer a la inversa y por mar el viaje que Cabeza de Vaca tardó ocho años en realizar a pie por todo el extenso Golfo de Nueva España. Fue en ese tramo de la expedición cuando Wan Hu me contó su invención más fantástica que me apresuré a anotar en mi diario:


Tras años de pruebas, había conseguido desarrollar un nuevo tipo de pólvora sin humo y mucho más potente. Siempre había estado fascinado por las estrellas y había pasado muchas noches contemplando la Luna y alimentando un ferviente deseo de conocerlas de cerca, así que decidió intentarlo. Concibió una plataforma de un metal muy ligero que él mismo había descubierto, capaz de resistir el impacto de las explosiones sin desintegrarse y bajo ella colocó medio centenar de sus más potentes cohetes en tubos de bambú. Inicialmente había pensado sentarse él mismo encima, pero en el último momento le convencieron para no arriesgarse y colocar en su lugar varias jaulas con animales de granja, en concreto un gallo, un pato y una cabra.


Una vez encendidos los cohetes, se produjo una gran explosión y cuando se disipó el humo, no quedaba el menor rastro del artefacto. Muchos pensaron que se había desintegrado, pero Wan Hu me asegura que lo vio elevarse en una curva ascendente, sin que apareciese el menor rastro de su caída en los días siguientes.


Pocas semanas antes, Hu había sido uno de los primeros conversos al catolicismo bautizados por monseñor Ricci, y fue precisamente él quién le aconsejó no poner en peligro su alma inmortal, y quien tras el éxito de la prueba, decidió que Wan Hu debía presentar con la máxima urgencia sus descubrimientos ante el Supremo Pontífice, Paulo V y su consejo privado, la Academia Secretorum Naturae de Giambattista della Porta en Nápoles, heredera de los trabajos de Leonardo da Vinci.


 Esta nueva tierra que estamos explorando también está llena de maravillas. Fue memorable lo que nos ocurrió mientras fondeamos en la desembocadura del Gran Río del Espíritu Santo, para aprovisionarnos de agua dulce. El embarcadero disponía también de un pequeño almacén, regentado por dos comerciantes franceses, Louis Jolliet y Jacques Marquette, católicos antiguos como nosotros y que nos pusieron al tanto de la situación por aquellas tierras. A la mañana siguiente, tras celebrar misa de maitines, nos disponíamos a continuar viaje cuando asistimos a un espectáculo asombroso:


Desde el horizonte al norte empezaba a acercarse con rapidez una extraña nube oscura que lo cubría por completo. Cuando quisimos darnos cuenta, la teníamos encima, pero no era una nube de tormenta. ¡Era una gigantesca bandada de pájaros, muy semejantes a nuestras palomas! Al principio, admirado por el panorama, fue haciendo una marca en mi diario por cada bandada que pasaba sobre mi cabeza. Pronto descubrí que aquella tarea resultaba impracticable, pues cada vez llegaban más y más aves. En el tiempo que se tarda en rezar un Padrenuestro había hecho más de diez marcas. El cielo estaba lleno literalmente de palomas, a mediodía la luz del Sol parecía obscurecida como por un eclipse, y las cagadas de los animales caían a espuertas como, si se me perdona la impiedad, el maná caía sobre los israelitas en el Sinaí. El continuo zumbido de alas resultaba casi hipnótico, como un arrullo para los sentidos. Los indígenas disparaban con sus arcos al cielo y siempre alcanzaban una pieza, incluso dos. Nuestros arcabuceros también disparaban a mansalva, pero ni el estruendo de sus disparos espantaba a los animales que seguían pasando y pasando sobre nuestras cabezas. El insólito espectáculo prosiguió durante todo el día sin descanso y sólo con la caída de la noche se desvanecieron las últimas bandadas.


Joliett y Marquette nos comentaron que ese era un espectáculo habitual un par de veces al año, pues parece que se trata de aves migratorias. Aprovecharon también para contarnos otras historias asombrosas, como la del hallazgo que hizo Cabeza de Vaca durante su primer viaje por aquellas tierras: un cascarón roto que medía más de cincuenta pasos de circunferencia. Los nativos aseguran que pertenecía al llamado “Pájaro de Trueno”, capaz de coger un bisonte adulto (un astado americano mayor que un toro) entre sus garras y llevárselo volando. Se dice que Cabeza de Vaca había regresado a la zona, enviado por el rey hereje para continuar la búsqueda de la fuente de la juventud y capturar un ejemplar vivo de ese animal para su “casa de fieras” del Retiro madrileño, que hiciese compañía a su camelopardo y su bicornio acorazado.


Aunque el lugar parecía prometedor, los colonos decidieron alejarse más del Imperio y seguimos la singladura. Bordeamos toda la costa de Nueva Florida hasta alcanzar la mar Océana y seguimos un buen trecho hacia el norte, hasta localizar un lugar propicio. El lugar donde finalmente se decidió establecer la colonia recibió el nombre de Misión de Nombre de Dios, y fue consagrado con una Santa Misa. Pocas leguas al sur de este emplazamiento, descubrimos un cabo que  hemos bautizado como cabo Cañaveral, por la abundancia de esas plantas tan útiles para nuestro proyecto. Wan Hu piensa que pueden sustituir sin dificultad al bambú chino durante sus pruebas iniciales. Promete que en pocos años, podrá repetir con mayores garantías la experiencia que realizó en su China natal.


Se escuchó un fuerte estruendo. Era el cañón de la nao, anunciando su próxima partida. Conforme a lo acordado con el capitán, atravesaríamos el Atlántico y, sin detenerse más allá de lo imprescindible en ningún puerto del Imperio, seguiríamos hasta Ostia, en los Estados Pontificios.


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Quince años más tarde. Año del Señor de mil y quinientos y ochenta y nueve


“Decidme, mi príncipe, ¿habéis estudiado la lección? ¿Estáis preparado para hacer de abogado del diablo e int


“Pero esa idea es ridícula. Todo el mundo puede comprobar con sus propios ojos que es plana. Haced vos de abogado del diablo e intentad convencedme de lo contrario”, ordeno con altivez el futuro heredero del Imperio, al que no le gustaba perder, ni siquiera en los falsos debates dialécticos con los que Ludovicus Vives el joven trataba de enseñar a su regio discípulo.


“Así se hará”, aceptó reticente Vives. “Según los cuatro elementos del divino Aristóteles, el elemento tierra se mueve naturalmente hacia el centro del universo, y acaba adoptando la forma esférica, esa forma ideal en la que todos los puntos de la superficie se encuentran a la misma distancia del centro, como ya sabéis”. También Parménides, en su viaje al Inframundo, encuentra a  una diosa que le imparte la verdad de la esfera del Ser”


“Me sorprende que empleéis argumentos de inspiración demoníaca o propuestos por gentiles. Las Sagradas Escrituras establecen claramente que la Tierra tiene forma plana. El universo es como dos platos juntos por los bordes. La parte superior está vacía y es el firmamento, siendo las estrellas rendijas por donde puede verse el esplendor del Cielo divino. La parte inferior está llena con el agua del Diluvio Universal y sobre ella flota la Tierra con forma rectangular y centro en Jerusalén, rodeada por el Mar Océano. Palabra de Dios”.


“Te alabamos, Señor”, replicó el maestro sin atreverse a olvidar la fórmula tradicional. “Esa es una interpretación literal, y referida a versículos  de inspiración poética que algunos pensamos pueden ser simples alegorías. Nada en la Biblia impide que la Tierra tenga forma esférica, y existe diversos indicios de ello, como por ejemplo el que durante los eclipses de Luna, la sombra proyectada forme un arco”.


“Pero, ¿cómo sabemos que esa sombra proyectada es la de nuestro planeta? Podría tratarse de cualquier otro cuerpo interpuesto. Además, una moneda también tiene una sombra circular, ¿no? Y, ¿cómo se aguantaría el agua sobre la superficie de esa hipotética esfera, sin precipitarse al fondo?


“Si puedo citar de nuevo a Aristóteles” –replicó Vives “el agua, a diferencia del aire y el fuego, tiene masa. Por tanto, es lógico suponer que se sienta atraída también hacia el centro del Universo, lo suficiente como para permanecer pegada a la superficie de una esfera. Por otro lado, si la Tierra fuese plana, ¿por qué no podemos ver desde vuestro palacio las cumbres nevadas de los Alpes? Yo mismo, cuando hace años volvía aquí desde el continente, pude comprobar como los blancos acantilados de Dover se alzaban progresivamente del mar”.


“Puede tratarse de algún tipo de efecto visual. Sólo un loco llegaría a ninguna conclusión sobre la forma de la Tierra a partir de un efecto tan minúsculo; seguro que hay una explicación más simple”, contestó con cierto aburrimiento el príncipe Felipe.


“¿Y qué me decís de todos los navegantes que han dado la vuelta a la Tierra, desde que Sebastián Elcano lo hiciese por vez primera en tiempos de vuestro abuelo, que Dios tenga en su Gloria”?”


“Sería desde luego una mente muy ordinaria la que se convenciese de la esfericidad de la Tierra por el hecho de que Elcano sobreviviese a la circunnavegación de nuestro planeta. Aunque no puede negarse que realizó dicho circuito en torno al eje terrestre, esta prueba no tiene más peso que sí el hecho de deslizar nuestro dedo por la cara de un disco demostrase que el mismo es una bola. Esa idea es tan absurda como la de ese astrónomo sármata del que me hablasteis el otro día, uno de los protegidos del Papado infernal… cómo se llamaba… Copernicus, que pone la Tierra en movimiento y pretende detener el Sol como Josué”, fue la respuesta bastante altanera del príncipe, señal inequívoca de que su majestad estaba empezando a perder los estribos.


Para evitarlo, el experimentado maestro orientó la discusión hacia un asunto que sabía que fascinaba a su pupilo, la posibilidad de viajar hasta la Luna.


“Sabéis argumentar bien vuestros conocimientos, os felicito majestad. Decidme ahora, ¿pensáis que la Luna puede estar habitada?”


“Depende. Si el Sol y la Luna son simples luminarias gigantescas que nuestro Señor dispuso para que pudiésemos contar los días, podrían estar deshabitados. Sin embargo, si se tratase de tierras con recursos valiosos, Dios no habría permitido que quedasen despobladas y desconocidas para Su gente”.


“¿Los lunícolas serían entonces cristianos como nosotros?”


“Lo dudo. Si su vista fuese más potente que la nuestra y observasen nuestros movimientos desde la Antigüedad, quizá podrían haber asistido incluso a la Crucifixión de Nuestro Señor, pero salvo por algún milagro, jamás habrían oído sus prédicas y no se sabe de ningún apóstol que viajase hasta allí. Aunque, ¿quién sabe? Quizá algún carro de fuego como el de Elías transportó a uno de ellos hasta aquellas tierras”, concluyó el príncipe con una sonrisa. El cambio de tema había neutralizado el peligro.


“A falta de la ayuda divina directa, ¿creéis que algún día conseguiremos llegar a la Luna y el Sol por nuestros propios medios?”, azuzó el maestro.


“Desde luego, nunca podremos alcanzar las estrellas. Al Cielo sólo podemos llegar tras la Resurrección de las Almas después del Juicio Final. Las estrellas son eternas e inmutables y no pueden ensuciarse con la materia vil”, respondió el muchacho conforme a la doctrina tradicional.


“Entonces, ¿cómo explicáis esa nueva estrella descubierta en 1572 por Tycho Brahe? ¿Acaso alguien hizo un agujero en la bóveda celeste?”, preguntó Vives, intentando desconcertar al príncipe.


 “Los designios del señor son inescrutables. O quizá fuese obra del Maligno, o de algunos de sus siervos. Contestando a vuestra pregunta anterior, en el caso de la Luna y el Sol (y quizá los llamados planetas), no debería ser imposible. En línea recta, la distancia no debe ser mayor de unos cuantos miles de leguas. El gran problema consiste en elevarse en el aire. El aire caliente se eleva con rapidez, quizá si fuese posible recogerlo en cantidad suficiente…


“Pero haría falta algún procedimiento para maniobrar hacia el rumbo deseado, ¿no os parece?


“He oído en alguna de las reuniones secretas de mi padre que los católicos están usando una idea traída de la lejana China: emplear grandes cometas para elevar a un hombre hasta una considerable altura y observar así los movimientos de nuestras tropas. También podrían usarse pájaros. Se dice que Alejandro Magno voló ayudado por cuatro grifos. Y recordad a aquel súbdito nuestro, Domingo González, quien imitando a Ícaro hace unos años, se remontó en los aires desde las cumbres del Teide con su carro tirado por gansos.”


“Y no llegó muy lejos”, apostilló Vives. “Pese a algunas versiones propagandísticas interesadas y muy exageradas, lo cierto es que cuando el interesado presentó su artilugio en la Corte, sus gansos domesticados resultaron ingobernables y acabó estrellándose contra el suelo. Aunque sobrevivió, su rastro se pierde para siempre. Y lo del gran Alejandro no deja de ser una exageración propia de los romances, como el Libro de Alexandre, sin ningún fundamento real”.


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Nueve de Octubre del Año del Señor de mil y seiscientos y cuatro.


Todo está ya preparado para el lanzamiento, desde este tórrido rincón del desierto de la Berbería. Suerte que sustituimos el bambú por cilindros metálicos, aquí habría sido imposible disponer de las plantas necesarias. Nuestra ubicación actual, mucho más cercana al Ecuador terrestre nos proporcionará una mayor velocidad de partida, al igual que en un torno de alfarero, los pegotes de barro situados más al borde salen disparados más lejos. O, al menos, esos es lo que calculan algunos de los expertos de la Academia papal, con el apoyo de nuestros aliados árabes y sus matemáticas avanzadas.


Mi buen amigo Wan Hu falleció víctima de uno de sus experimentos, en una tremenda explosión, pero estaría orgulloso de su legado. Cuando hace unos años, el propio papa Paulo V en persona nos explicó su plan, no pudimos por menos que asombrarnos de la audacia del mismo.


Desde el saqueo de Roma por las tropas del emperador Carlos V, el Papado había cambiado de actitud. Nunca más debía repetirse algo similar. Y, sin embargo, la amenaza se hizo aún mayor si cabe, después de que la “puta pelirroja bastarda” hubiese conseguido engatusar al marido de su hermana, y tras la muerte de ésta, hacerse cargo de la educación del hijo de ambos. No le costó mucho tiempo atraer al rey Felipe a su lecho, conseguir que se casase con ella y le engendrase un hijo varón, el actual Felipe III. No contenta con ello, el hijo de su hermana y primero en la línea sucesoria a la corona anglo-castellana falleció en oportunas circunstancias, e Isabel Tudor culminó su traición, atrayendo a su reciente esposo a la causa protestante, seguramente con ayuda de la brujería. 


Enfrentado al mayor Imperio conocido en la historia, donde como asegura la propaganda imperial, “nunca se pone el Sol”, el Papado tuvo que buscarse unos aliados ciertamente inesperados. Por un lado, supo explotar el papel común de la Biblia en las tres grandes religiones y se alió con el poder económico judío y las masas musulmanas para resistir el empuje de sus contrarios. En un atrevido movimiento, incluso llegó a trasladar el Vaticano a Jerusalén, para alejarlo de las frágiles fronteras europeas. Por otro, sus contactos con la China milenaria, merced a las órdenes misioneras como la mía propia de los jesuitas, directamente dependientes del Supremo Pontífice, facilitaron la adquisición de tecnología avanzada y el desarrollo, gracias a la Academia pontificia, de las bases teóricas de lo que se empieza a llamar Ciencia.


Y ahora, por fin, estamos preparados para el gran efecto propagandístico. Con el máximo secreto, la larga mano de los servicios de inteligencia filipinos es legendaria, hemos construido un gran cohete y yo, naturalmente, me he presentado voluntario para pilotarlo. Queda muy poco en él de aquel primer intento burdo de mi añorado amigo Wan… ¡si pudiera verlo ahora! El diseño se basa en ir explotando los distintos cohetes por etapas, de forma que cada una, incrementa el impulso recibida del anterior y al librarse del peso muerto, pueda elevarse más y más hasta alcanzar el punto donde la atracción de la Tierra y la Luna se anulen entre sí. Bastará entonces dar la vuelta a lo que quede de la nave y dejarse planear sin problemas gracias a una enorme cometa hasta alcanzar la superficie lunar. No resultará muy difícil convencer a los lunícolas de la palabra del Señor (seguro que Dios no habrá permitido la existencia de tierras despobladas, pero valiosas, desconocidas para Su gente; al fin podré volver a mi afán juvenil de misionero) y en pocos meses organizar el golpe moral definitivo a esos herejes: una cruz brillante dibujada sobre la superficie lunar, visible cada noche desde todos los puntos del Imperio. Seguro que al sentir la mirada del Señor de esa forma en sus cielos, les hará arrepentirse de su herejía. Esperemos no tener que apelar a un uso más tradicional de la pólvora, como sugería uno de nuestros agentes en la Gran Bretaña, un tal Guido Fawkes.


Ya escucho bajo mí las primeras explosiones. Encomiendo mi alma a Dios, y citando al clásico: “Alea Jacta Est”. Sólo espero que hayamos apuntado bien, y no nos pasemos del blanco. ¿Quién sabe qué hay más allá de la Luna?


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Domingo González sonrió satisfecho. Lo había conseguido. Cuando su artilugio volador fracasó en la corte, casi prefirió haber muerto en el accidente. Sin embargo, tras varios meses de dolorosa recuperación, un enviado personal de su Alteza Imperial lo había reclutado para ese proyecto secreto denominado “Apolo”, enviándolo a las amplias llanuras norteamericanas, donde se investigaban y probaban las armas secretas del Imperio. No fue fácil y llevó años de entrenamiento hasta conseguirlo, pero había merecido la pena.


Desabrochando el cinturón que lo mantenía sujeto al asiento, se dispuso a poner pie en la Luna. Desplegó la escalerilla, descendió por ella y con un pequeño salto (“¡Qué liviano se sentía”!) llegó hasta la superficie, levantando cierta polvareda. Por el camino había pensado alguna frase ingeniosa, pero sabiéndose vigilado por el todopoderoso espejo nigromántico del mago John Dee, prefirió atenerse al guión:


— ¡En nombre de Dios y en nombre de sus Cristianas Majestades, la Reina Margarita y el Rey Felipe III, tomo posesión de esta tierra que he alcanzado y de todas las tierras que en lo sucesivo exploraré!


Un potente chirrido reverberó en la atmósfera, como para rubricar la proclamación. Y la gigantesca ave que lo había emitido, bautizada por su descubridor como “Aquila Imperialis”, inclinó la cabeza hacia su jinete y se dejó acariciar el pico, mientras Domingo alcanzaba su zurrón y le ofrecía un tierno lechoncito como premio por la hazaña que acababan de culminar.


Al elevar sus ojos al cielo buscando su tierra natal, le sorprendió un fuerte resplandor. Una de sus obligaciones más duras durante el entrenamiento como piloto había sido tener que familiarizarse con las distintas constelaciones, y le sorprendió descubrir la aparición de una nueva estrella en el pie de Ophiuchus. Parecía como si los propios cielos quisiesen conmemorar la hazaña.