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El cadáver sin nombre

Martínez, Felicidad

Consigo, por fin, cruzar el cordón policial. Ya iba siendo hora.


Hace una noche de perros; me han sacado de la cama en mitad de un sueño húmedo, de esos que se recuerdan al día siguiente con una sonrisa en los labios, y mientras esperaba a que comprobaran mis credenciales se ha puesto a llover.

Hace un frío del carajo, estoy calado hasta los huesos, huelo a perro mojado... Genial. Espero que todo esto merezca la pena, porque como vuelva a ser una llamada en falso, alguien va a recibir un buen puñetazo por las molestias.

No estoy de humor. Oh, no. No lo estoy.

Dentro del local no sé si decir que se está mejor. Apesta a alcohol, vómito, meados... Menudo antro de mala muerte. Hay que estar muy desesperado o ser muy degenerado para venir a una whiskería tan «exquisita». Perfecto. La noche va mejorando por momentos, y yo sin un maldito café para celebrarlo.

Han quitado la música, las luces están dadas y hay polis por todas partes. Alguien ha debido de montar una muy gorda para que den la voz de alarma. En sitios como este, las cosas se solucionan... digamos que de otra manera. ¿Para qué llamar al rey si se puede hablar entre caballeros?

¿Un flash? ¿Eso es una cámara?

Interesante.

Significa que la científica está al caer, y eso es buena señal. En este país sólo se saca a la científica del laboratorio para que acuda a la escena de un crimen si la cosa no pinta bien. A los contribuyentes les cuesta demasiado que vayan esparciendo por ahí sus polvos mágicos.

Y por aquí debe de andar Berni. Bernardo Arias, el poli responsable de interrumpir mi erección nocturna. No es mal tío. Chapado a la antigua, pero no tanto como para no llamarme cuando cree que algo huele demasiado rancio.

―Eh, Soria. Llegas tarde.

Sí. Ese es Berni. Su voz de carajillo y puro es inconfundible, tanto o más que sus modales.

―No sabía que tuviera que fichar ―le replico con media sonrisa.

―Cierra el pico y mueve el culo hasta aquí. Vamos.

―¿Qué pasa, Bernardo? ¿Tu mujer te ha vuelto a poner a dieta?

―No me toques los cojones, Soria. Hoy no estoy de humor.

―Bien. Ya somos dos. ¿Qué tienes para mí?

No hace falta que me explique demasiado. En cuanto cruzo la puerta que me indica Berni, me golpea un tufo a carne chamuscada.

Y al sentido del olfato lo sigue el del gusto. Madre mía, el que decoró este despacho debe ser fan de las pelis americanas de los setenta, por lo menos. Y para darle un toque de color a tanta caspa junta, nada mejor que dos fiambres a la barbacoa. Dos tizones retorcidos, uno en el sofá de terciopelo rojo y otro en la alfombra persa de pega, no muy lejos del anterior, hecho un ovillo. ¿O debería decir hecha un ovillo?

Me acuclillo para estudiar detenidamente el segundo fiambre. Sí. No hay duda. Esas dos protuberancias negras son tetas. Aspiro con ganas. Nada. Vuelvo la vista hacia el primer churrasco.

Como un maldito tic, frunzo el ceño. El sofá debería haber prendido, pero sólo hay un cerco calcinado alrededor del cuerpo. Miro de nuevo el cadáver de la tipa. La alfombra tampoco se ha quemado como debería. Curioso a la par que interesante.

Me pongo en pie, me acerco al fiambre del sofá, aspiro. Nada. Comienzo a entender por qué me ha llamado Berni.

―No parece que hayan usado acelerante ―empiezo a decir―. Aunque la alfombra apesta a alcohol, y las llamas tendrían que haberla consumido, supongo que está demasiado aguado para actuar de combustible.

Berni no dice nada. Parece ocupado atendiendo las quejas de un novato.

Ya, bueno. Es obvio que no le he dicho nada nuevo, o de lo contrario no estaría yo aquí. Así que me estoy perdiendo algo.

Me planto en mitad del despacho para hacerme una composición rápida del lugar.

Una habitación de cuatro por cinco; un sofá, un sillón y una mesa de centro al fondo; una mesa y un sillón de despacho encajados en una esquina; una barra de bar ostentosa y anticuada frente a un aparatoso mueble con el espacio justo para transitar. En la barra, restos de licor, un vaso de brandy medio lleno, sin cubitos, y trazas de polvo blanco. Hmmm...

Me pongo detrás de la barra. Alguien debió de encargar la instalación eléctrica a un primo chapuzas, porque los cables saltan a la vista para perderse bajo la tarima.

Menos mal que siempre uso calzado con suela de goma.

―Supongo que el forense ya habrá determinado que estaban muertos cuando les prendieron fuego ―tanteo, a ver si Berni se estira un poco―. Cuando las llamas se te pegan al trasero no te quedas esperando tan tranquilo a ver qué pasa.

―Los testigos que los oyeron gritar no opinan lo mismo.

―Opinar no es saber con certeza. Y si ya te han dicho qué pasó, ¿qué pinto yo aquí?

―¿Aparte de tocarme los cojones? Hacer lo que sabes y por lo que te pagamos tus costosos honorarios. ¿O es que ya no te dedicas a eso?

―Vamos, Berni. Estoy seguro de que en cuanto la científica llegue, saque muestras y las analice, te podrá decir qué ha provocado una combustión así. Probablemente será algo de naturaleza eléctrica, y es posible que encuentren trazas de alguna droga o paralizante que explique por qué no se movieron del sitio. Fin del misterio. Te voy a cobrar el doble por haberme sacado de la cama sólo por esto.

―Mira, Soria, sabes que me toca la polla tener que recurrir a ti y a ese palo de escoba que tienes metido por el culo, pero si alguien de mi departamento ha metido la pata, prefiero que lo investigue un tío que no va a intentar tapar la mierda. ¿Estamos?

―Esto... Me acabo de perder, Berni. No me dedico a casos de corrupción. Mi especialidad es... Bueno. Ya sabes. Lo inexplicable. Y lo que ha pasado aquí tiene dos soluciones posibles: un desgraciado accidente o un retorcido ajuste de cuentas, y hasta puede que las dos cosas mezcladas. Una vez que sabes qué ha pasado, ya es cosa tuya y de tus muchachos averiguar por qué. Si es que os interesa, claro.

―Exacto.

―Pues eso digo.

―Que no lo pillas, Soria. Ahora mismo me la suda gorda qué ha pasado y por qué. De hecho, lo sé de puta sobra. Pero como eres un bocas y vas de listo, te pillaste los huevos con la tapa y no me dejaste advertírtelo.

»Y ahora atiende, Einstein. Lo que necesito saber es cómo es posible que un cadáver se levante de la morgue y venga al lugar donde lo acribillaron a balazos hace un par de semanas, sólo para chamuscar a esos dos de ahí. ¿Te resulta lo bastante inexplicable ahora, Capitán Obvio?


Asesoría Marcos Soria y Cía. Ese soy yo. Todas esas palabras juntas para referirse a un único individuo. Y es que las apariencias lo son todo.

Lo de «asesoría» es porque suena más formal, con más caché, que simplemente «investigador privado». ¿O debería decir «detective por cuenta propia»? Lo de «y compañía» es sencillo: así parece que si la fastidio tengo a un montón de abogados y contables que me cubrirán las espaldas.

En cuanto a Marcos Soria... Bueno, me pareció un buen nombre. Anodino pero sonoro. No es mi verdadero nombre, aunque esa es otra historia. Lo que cuenta es que me he acostumbrado a él y, lo más importante, los polis como Bernardo Arias lo recuerdan cuando tienen que echar mano de... un asesor externo. Generalmente porque los maderos están sujetos a la ley y eso a veces es un obstáculo para hacer justicia; ocasionalmente porque han llegado a un callejón sin salida y tienen más asuntos que atender.

Ahí suelo aparecer yo. ¿Mi especialidad? Resolver lo inexplicable. ¿Cómo? Sabiendo que lo imposible es posible... porque siempre hay algo que lo provoca. Y desentrañar la causa es lo que mejor se me da.

Digamos que me conozco todos los trucos y yo mismo he realizado unos cuantos. Llevo años intentando dar con algo genuino, algo que me devuelva la esperanza, pero hasta la fecha todo han sido elaborados engaños que me he encargado de desentrañar.

Y este caso no es muy distinto. Un muerto que se levanta de la tumba para consumar su venganza. ¿Imposible? No. Claro que no. ¿Qué hace que un hombre mate a dos personas semanas después de su muerte? Yo barajo dos teorías.

Una: que el tipo nunca ingresó fiambre.

Dos: que alguien se hizo pasar por el difunto.

La primera es la que le está provocando un sarpullido al bueno de Berni. Podría ser un error de un novato o una cagada de los tipos de la ambulancia con demasiadas horas de guardia encima; un forense habría rematado la faena, quizá untado. En cualquier caso, demasiadas fugas, demasiada gente implicada. En definitiva, un marronazo para los cuerpos de seguridad del Estado. Mala prensa.

La segunda es cuanto menos fascinante. ¿Por qué hacer algo así? Pues bien para enmascarar algún asunto aún por determinar, bien para mandar un mensaje a alguien.

¿Por cuál me decanto? En realidad, cualquiera de las dos me vale. Al fin y al cabo, la raíz para empezar a investigar es la misma. ¿Qué tiene de especial este muerto?
Contrariamente a lo que nos hacen creer en Hollywood, la científica no tiene agentes de campo resolviendo misterios, sino que se limita a analizar muestras que, por lo general, tardan más de diez milagrosos minutos en presentar resultados. Tampoco tiene lo que yo llamo «personal enciclopedia». Vamos, que no hay nadie que se sepa de memoria la composición química de todo lo que nos rodea. Así que se meten los datos en el ordenador, se hace una referencia cruzada y... a cruzar los dedos.

¿Y qué hacen los que se encargan de juntar las piezas? Pues tampoco van por ahí dando patadas a las puertas, o preguntando a cualquiera que se cruce en su camino, o... Vamos, que no. Que para eso hay un montón de curritos que hacen el trabajo sucio. Es un sistema de castas. Siempre lo ha sido.

En este caso tengo la suerte de que a Berni le corre prisa saber qué ha pasado, así que me ha pasado copia de lo que han recopilado hasta ahora. No tengo acceso a sus recursos, ya que no soy poli, pero al menos es un comienzo. Porque ahí es donde empieza de verdad la tarea de un detective. Leer un montón de informes y testimonios, consultar bases de datos, hacer búsquedas en Google... Horas y horas y horas hasta que suena la flauta.

¿Y qué he averiguado hasta ahora? Para empezar, que el nombre del muerto es más falso que el mío, aunque no tengo forma de demostrarlo todavía. Hacerse con una identidad falsa en este país es harto complicado, pero no imposible, claro. Costoso, desde luego, si además se espera no levantar sospechas.

Entonces, ¿cómo lo sé? Mmm... Lo llamaré instinto, aunque tal cosa no existe. O por lo menos no es un sexto sentido etéreo como cree la mayoría de la gente.

El cerebro recopila y procesa un montón de información. Somos conscientes de una parte y el resto lo mantenemos en el subconsciente para no sobrecargarnos. Como cuando entramos en una habitación que huele a cerrado, por ejemplo. Al principio notamos el olor, luego... no es que nos acostumbremos; sencillamente, la información que llega al cerebro pasa a un segundo plano donde no moleste. Ya hemos decidido que no es un peligro y no hay que correr, así que deja de distraernos.

Pues con lo de este tipo me pasa igual. Conscientemente no soy capaz de saber qué de todo lo que he leído me desata las alarmas. Mi subconsciente habrá establecido conexiones entre los distintos datos, pero las mantiene en la recámara con un aviso leve que acabo llamando instinto.

Así que ¿quién es este Juanito Nadie (me niego a llamarlo como pone en el informe) y de dónde ha salido?

Si no se hubiera cargado al antiguo jefe del local, es probable que ni hubiera constancia de su muerte por... ingesta de plomo. Seguramente habría acabado en algún descampado y sin relación alguna con el mundo. Sin embargo, vuelve a aparecer para cargarse al sustituto del jefe muerto. Nadie recuerda que fuera asiduo ni que tuviera relación alguna con el personal. Mmm... Interesante.

Regreso sobre mis pasos y me centro de nuevo en los informes del primer caso.

No. Ese tío no era un don nadie. Se carga a los dos seguratas que custodian la puerta del despacho con un arma blanca. ¿Resultado? Los armarios del interior no reciben la voz de alarma. Entra y se carga a balazos a los guarpaespaldas y, sin recargar, se ventila al jefe. ¿Eso significa que se trata de un magnífico tirador? No. O mejor dicho, no sólo eso. Sabía dónde estaba situado cada uno de ellos, lo que viene a decir que... había estado allí antes. Más de una vez. Mmm...

Es obvio que los refuerzos tardaron en llegar. Tuvo tiempo de cargarse al jefe y desaparecer, pero se quedó. ¿Por qué? ¿Porque no tenía intención de salir de allí con vida? ¿Porque alguien bajaría la guardia en caso de que se anunciase su muerte?¿El sustituto del jefe? ¿Su segundo objetivo?

Reviso los atestados. Está claro que alguien miente.

Reviso el informe forense. Definitivamente, alguien oculta algo.

Me temo, Berni, que no es un sarpullido. Te acaba de salir un eccema.


Alguien soltó alguna vez la siguiente perla de sabiduría: Todo está en los detalles. Bien. Pamplinas.

Cuando un mago hace desaparecer una moneda, la gracia del misterio no es dónde la oculta, sino qué hace para desviar la atención y hacernos perder de vista el detalle, la moneda en cuestión.

Así que ahora mismo me interesa ir a la caza de humo y espejos. Qué hubo en la primera escena que desviara la atención en la investigación inicial hasta el punto de determinar una defunción.

Yo, con toda la información con la que me he empapado hasta ahora, tengo dos trucos de prestidigitador que podrían formar parte de la escenografía.

Uno: un testigo descartado por decir demasiadas sandeces en estado de embriaguez.

Dos: el forense. ¿Para qué hacerle la autopsia a un tío que es obvio que no se ha muerto de un ataque al corazón? Y aunque hubiera sido por eso y no por alguno de los catorce balazos que impactaron en su cuerpo, ¿acaso iba a cambiar algo? Un equipo criminológico no va a plagar el despacho de láseres para ver qué bala y con qué ángulo le causó la muerte y determinar quién lo remató. Para eso está la poli: para sacarle la confesión a alguien.

Así que aquí estoy. En un bar de barrio, cutre pero apañado, sentado frente a Vicente Ramírez. Un tipo que debe de pasar de los cincuenta, look de proletario, barba plateada de dos días, gafas de pasta a la altura de las ojeras y unas manos temblorosas de palmas callosas que intentan llevar la caña a los labios sin derramar demasiado.

Oh, vale, venga. Me retracto. Lo importante a veces sí está en los detalles, y lo que contemplo ahora mismo está plagado de ellos. Me duchan la cara en cuanto abre esa boca mansa.

―Se lo dije por teléfono y se lo repito ahora ―dice justo antes de tomar un buen trago de cerveza―. Aquella noche estaba borracho. No sé qué vi.

―Sí. Recuerdo perfectamente lo que me dijo, pero verá usted, Vicente, en realidad he venido a preguntarle qué vio anteanoche.

―¿Anteanoche? ―pregunta una octava más alta―. Nada. Nada. Nada de nada. ―Atropella las sílabas―. Bueno, sí. Estaba borracho, eso seguro. Es... Es lo que soy, ¿sabe? Un borracho. No son listos ni na, esos policías. Vamos, me calaron enseguida. Me dijeron «Tía p’allá... y vete a dormir la mona, anda». Sí, sí. Todo muy correcto, eso sí. Muy profesional.

―Ajá. Ya veo.

Otro maldito tic. No puedo evitar acariciarme el mentón. Y es que todo esto no sólo me está dando mucho que pensar, sino que empieza a ser hasta divertido.

Aparte de retorcido, soy travieso. Qué le voy a hacer.

―Vicente... ¿Le importa si le pregunto a qué se dedica?

―¿A qué me dedico? Al transporte.

―Así que se dedica ―hago énfasis en el tiempo verbal― al transporte...

―Sí. Bueno, no. Quiero decir que me dedicaba. Eso es. Me dedicaba. Tengo, tenía... una... furgoneta de reparto.

―Vaya. Y si no es mucha indiscreción... Supongo que fue así como dio con ese sitio, ¿no? Ya sabe lo que se dice, el mito de los... transportistas y los antros de mala muerte.

―¿Eh? Oh, sí, sí. M’ha pillao. ―Sonríe nervioso.

―Ya, bueno. Pero ahora que caigo... Los hechos no tuvieron lugar en un local de carretera, sino en el casco antiguo, ¿no? Hay que callejear mucho para llegar.

»¿No es una elección un tanto... extraña? No tiene un cartel muy vistoso precisamente; el acceso hay que saber buscarlo...

―Pues... Pues... Pues no sé. No me acuerdo. Es... Estaría borracho.

Observo en silencio como Vicente apura de un trago la caña y pide otra de inmediato. Con disimulo oculto mi incipiente sonrisa con una mano, y tamborileo con los dedos de la otra en la mesa.

Berni tiene razón. Soy listo, inteligente por encima de la media, y me encanta que los demás sean conscientes de lo estúpidos que pueden llegar a parecer si se quedan mucho tiempo a mi lado.

No debería. Con este tipo no debería propasarme, o lo acabaré lamentando, pero es que... me lo está pidiendo a gritos, por favor.

―Vicente... Voy a decirle una cosa. Usted no es ningún borracho ni estaba allí como cliente. Usted trabaja, o mejor dicho trabajaba, para el dueño del local; y un jefe así no podría permitirse el lujo de contratar a un alcohólico que pudiera llamar la atención sobre sus… negocios. He leído el informe de la policía, ¿sabe? Ni ese tipo ni su sucesor eran trigo limpio. Y no. No me diga que no sabe de qué le hablo, porque no me apetece sacarle los colores más de lo necesario.

»Así que mi teoría es que estuvo aquella noche cuando ocurrió el primer incidente. Tal vez fue la conmoción, tal vez echó un par de tragos para calmarse antes de que llegaran los polis... Fuera como fuese, probablemente olía a alcohol y estaba tan alterado porque no había estado nunca en un tiroteo, pero confundieron su nerviosismo con una borrachera en toda regla.

»El negocio cambió de dueño, pero no de empleados ni de gestiones. Siguió con los encargos y, para mala suerte suya, hace dos noches se encontró en el mismo sitio y en la misma situación. Pura fatalidad.

»Esos temblores no son fruto del alcohol. Esas sacudidas solo se justificarían con años y años de ingesta, pero tiene el blanco de los ojos... eso, blanco. No amarillo, como estaría el de alguien que llevara demasiado tiempo machacándose el hígado. Así que no.

»Por la barba y las ojeras que me trae, lleva dos días sin dormir, dándole a la botella, tal vez para tratar de olvidar. Porque anteanoche vio algo que lo paralizó de miedo. Vio con sus propios ojos como un muerto volvía de la tumba para rematar la faena que se había dejado a medias.

»Bien. Yo no lo voy a tomar por un borracho, como pensaron los maderos, así que no tema y cuénteme todo lo que pasó. No se deje nada, por mucho que parezca una espeluznante y enloquecida historia de fantasmas.

Vicente ya no tiembla. Sus manos rodean la base de la caña y, cabizbajo, se concentra en la espuma de la cerveza. De repente alza la vista y me mira. Tiene un brillo en los ojos que me escama, aunque aún es pronto para deducir por qué.

―Usted podría ser uno de ellos ―farfulla.

―¿Disculpe?

―Bah. Qué más da. ―Agita la mano delante de la cara. Parece que ha llegado a una decisión―. Si no lo es, tampoco iba a entenderlo.

―Entender, ¿el qué?

―Era el mismo tipo, pero... no lo era, ¿sabe? Como si se le hubiera caído la máscara y se mostrara como..., como lo que era, es, en realidad. Sabía perfectamente a qué iba. Sabía qué se iba a encontrar tras esa puerta. Oh, sí. Porque también era uno de ellos. Puede que peor.

―Uno de ellos... Lo ha mencionado antes. ¿A qué se refiere?

―A un demonio.

―Eh... Quiere decir un mal tipo. Una mala bestia. La competencia.

―No, no. Quiero decir un demonio. Con todas las putas letras y sus implicaciones. Un monstruo, una criatura del averno, un aliado de Satanás, un...

―Sí, sí. Me ha quedado claro el concepto.

Y que está como una regadera, también.

Tal vez sí que estaba como una cuba después de todo. O eso, o vio algo para lo que sólo la explicación sobrenatural le hace sentirse de alguna manera cómodo, seguro.

No sería la primera vez que me dicen algo por el estilo. Me emociono, pensando que por fin he dado con algo genuino, y luego resulta que no son más que fuegos de artificio. Como todo lo que he conseguido desbaratar hasta ahora.

Si no recuerdo mal, en este mundo alguien dijo que la tecnología más avanzada puede parecer magia, o algo así. Ese tipo no podría imaginar hasta qué punto soy consciente de ello.

―Nunca sospecharon que yo sabía lo que eran ―prosigue Vicente con su «revelación»―; que más de una vez vi lo que podían hacer. Créame. Se cagaría en los pantalones si se lo contara.

»Y lo que hizo ese otro tipo... Los quemó vivos, ¿sabe? Desde dentro, sin llamas, con un simple gesto de la mano, después de hacer un dibujo en el aire.

―A... já. Y eso lo sabe... porque estaba allí, claro, en el despacho. Y salió despavorido antes de que llegara la poli, ¿si?

―No. Ni muerto habría entrado nunca en ese sitio. Lo vi en el vídeo de la cámara de seguridad.

―¿Cámara de seguridad? ¿Qué cámara de seguridad?

Bien. Por fin algo tangible y con sentido.


Creo que fui yo quien le dijo a Berni que una imagen grabada en vídeo vale más que mil palabras de cuatro testigos. ¿O fue al revés? Da igual; la cuestión es que los hechos son los hechos. Nuestro Juanito Nadie no ingresó cadáver, aunque algunos se encargaron de que así constara.

Al forense, sin embargo, no parece gustarle mi teoría, y ahora mismo lo tengo totalmente a la defensiva. Y miento. Miento como un bellaco. ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta, si llega? ¿Cuánto hace que se sacó la plaza? ¿Meses? Aún no tiene el culo pelado de darse con casos raros.

―Vamos a ver, Carlos, que no estoy acusando a nadie de fastidiarla. Sólo te pregunto si es posible.

―¿El qué? ¿Fingir estar muerto hasta el punto de engañar a un experto? Sí. Existen sustancias que lo permiten. Romeo y Julieta, ¿te suenan?

―Pero no hay informe de tóxicos.

―Y yo te digo que aunque ese tipo estuviera drogado hasta las cejas, los agujeros de bala no se falsean. Las balas no se falsean. Mi puto meñique metido en los putos huecos no se falsea. El tío estaba tieso y bien tieso. Disculpa que no quisiera perder el tiempo y que prefiera darle carpetazo al asunto y dedicarme a un posible envenenamiento por litio.

―Que sí, que sí. Que todo eso me ha quedado clarísimo. Lo obvio no hace falta que me lo expliques; te lo puedes saltar. Lo que no entiendo es que un muerto se levante y salga por esa puerta en bolas, que lo tengamos grabado en vídeo afeitadito, arreglado y limpio, y que tú no estés ahora mismo perdiendo el culo por explicarme cómo es posible.

―Mira, no lo sé. No tengo ni idea, ¿vale? La posibilidad científica de que algo así pueda pasar es... ridícula. Que el tío se tomara el fármaco, que las balas frenaran tras el impacto y no alcanzaran órganos vitales..., es..., es..., es sencillamente absurdo o directamente un milagro. No sé.

»Aunque mira, hablando de milagros, pregúntale al cura que se pasó por aquí y reclamó el cadáver. Dijo que quería darle un entierro digno. Eh, puede que le hiciera un exorcismo de esos y le devolviera la vida. ¡Como a Jesucristo!

Carlos se echa a reír con ganas. Yo no le veo la gracia.

Cierro los ojos con fuerza, me estrujo el puente de la nariz con dos dedos y aprieto la mandíbula hasta que me duelen las encías. ¿Lo mato? ¿Lo mato?

El cadáver era en realidad un sin nombre que nadie debería haber reclamado, carne de crematorio, o de Facultad de Medicina, pero no de cementerio. Sin embargo este idiota...

No. No es momento para poner en su sitio a los incompetentes. Un cura metido en el ajo. ¿Qué pinta un eclesiástico en todo esto? A menos que...

Esto se pone cada vez más interesante.


Mientras espero en uno de los bancos que han quedado libres en la capilla tras la misa, observo el interior y pienso. Pienso y observo.

Llevo demasiado en este mundo para saber que lo sobrenatural no existe; que lo imposible puede ser una mera cuestión de semántica, y lo inexplicable, falta de conocimientos científicos. Lo que no me esperaba era que mi búsqueda de lo improbable pudiera dar resultado al fin.

Todo este asunto me está llevando a un lugar inesperado. O mejor dicho, que llevo demasiado tiempo esperando. Y después de ver las grabaciones de la cámara de seguridad entiendo a qué se refería Vicente, aunque su explicación no fuera del todo acertada.

Demonios.

Sí, bueno, el error es comprensible, aunque no deja de sorprenderme. La gente vive rodeada de tecnología, pero la tiene tan asumida que no se da cuenta de las maravillas que le proporciona. Es como si añorara la inocencia de la niñez y prefiriera seguir creyendo en cuentos a enfrentarse a la realidad. ¿Por qué siente esa decepción al descubrir que lo insólito está regido por leyes físicas? Yo, personalmente, he disfrutado como un niño todos estos años desenmascarando falacias, engañabobos, supercherías baratas y otras lindeces sacacuartos, y me gustaría creer que eso permite a los demás sentirse más tranquilos y seguros en este mundo.

Como Berni, por ejemplo.

En cuanto se hizo con las cintas y las vio, no tardó en llamarme. Estaba claro que se sentía incómodo. ¿A quién iba a poder detener o echar la culpa con lo que estaba viendo?

Por suerte para él, a pesar de mi enorme sorpresa al ver la grabación, fui capaz de calmar su miedo, su incipiente inseguridad, con una explicación plagada de tecnicismos que estoy segurísimo de que no entendió, pero le dio sentido a todo. Lo devolvió a la cómoda realidad.

Y sin embargo aquí estoy yo. Nervioso como un cura rodeado de críos.

Sé lo que pasó. Sé qué hizo y cómo, pero me incomodan los cabos sueltos. Aunque tenga muy clara la imagen que muestra el puzle, aún está incompleto. Falta la última pieza. La más importante, en realidad.

Veo a un alzacuellos acercarse hasta donde estoy sentado. Alto, delgado pero fibroso, cara angulosa, piel curtida, gafas de montura fina, corte de pelo militar. En su mirada detecto algo familiar. Mucho. Sonrío para mis adentros.

Sí. Estoy a un par de pasos de llegar a la meta y desenmarañar el misterio.

Me pongo en pie, y en el proceso observo que el cura me mira con escepticismo. Lo noto incómodo ante mi proximidad. Algo me dice que me reconoce. Sabe qué soy. Mejor.

Extiendo de inmediato la mano para formalizar el saludo. Un gesto automático que acaba de tener una reacción que no me esperaba. El cura duda unos segundos antes de estrechar mi mano con decisión.

―¿Señor Soria? Me han dicho que me buscaba.

―El padre Malaquías, supongo.

Es todo lo que me da tiempo a decir antes de perder el conocimiento.

Mierda.


Oído, tacto, olfato, vista, gusto. Ese suele ser el orden por el que los sentidos se van despertando de la inconsciencia. No siempre, pero en muchos casos. ¿Qué descubro en el mío?

Alguien que rebusca en un cajón o un recipiente metálico; mis muñecas y tobillos atados a lo que parece una camilla inclinada unos treinta y cinco grados; no llevo la camisa; formol y alcohol para esterilizar; una habitación cerrada, tal vez un sótano; mobiliario quirúrgico; no percibo el regusto a sal y hierro de la sangre. Parece que aún no ha empezado la fiesta.

El cura arrastra un taburete y se sienta a mi lado, impasible. En su mano reluce algo metálico. Podrían ser unas tenazas.

Oh, por favor, no me puedo creer que me esté pasando esto.

Estupendo. Me preparo mentalmente para lo que va a ocurrir en cualquier momento.

―¿Quién te envía? ―pregunta Malaquías.

El tono de su voz me resulta peculiar. Es como si te preguntaran en la calle por la hora y te resultara amenazador algo tan anodino e inocuo.

―Nadie ―respondo con tranquilidad.

La réplica del cura no se hace esperar. Aprieto los dientes con fuerza mientras el frío metal me retuerce uno de los pezones erectos. Dejo escapar un gemido. Intento que parezca que sufro. No es buena idea que sepa que hace tiempo descubrí placer en el dolor. Qué le vamos a hacer, soy un culo inquieto. Me gusta probarlo todo.

Así que finjo. Finjo ira. Se me da bien fingir. Llevo demasiado tiempo haciéndolo, y en este momento necesito que crea que él tiene el control.

―¿Quién te envía? ―insiste sin perder la calma, aplicando de nuevo la «tortura».

―¡Nadie, maldita sea!

Sigo en mi papel. Fingiendo dolor y angustia. Debe seguir pensando que domina la situación.

Cuando alguien cree estar al mando, y por ahora no hay nada que le indique lo contrario, tiende a bajar la guardia. Justo lo que necesito ahora mismo.

―Mire, no sé de qué va todo esto ―le digo entre jadeos mientras echo un vistazo rápido al lugar para ver si puedo salir de ésta sin revelar demasiadas cartas―. A mí me contrataron para averiguar cómo era posible que un muerto se levantara de la tumba para prender fuego a dos personas, pero ¿qué quiere que le diga? Acabo de darme cuenta de que no me pagan lo suficiente para tener que aguantar esta mierda. Así que hagamos una cosa: me desata, me unta un poco y me olvido de todo. ¿Sí?

―No te reconozco como un maldito, pero está claro que tienes algo. ¿Qué eres? ¿Un demonio?

Vaya, vaya. Un verdadero creyente. La cosa se complica.

―Oh, sí, claro. ¿Y qué más? ―no puedo evitar preguntar con sorna―. Y el muerto, ¿qué era, según usted? ¿Un demonio, o un maldito?

―Lo sabes de sobra, engendro. Por eso estás aquí. Para matarlo. O peor, para encadenarlo a este mundo.

―Oh, no, no, no. Le puedo asegurar que no es nada de eso.

En serio. ¿Nadie ve la ironía en todo esto? Bueno, claro, qué tontería. Sólo yo se la veo.

―Ya ―añade Malaquías con cierto hastío―. Comprobémoslo. Hay una forma de descubrir todo lo que sabes sin mentiras. La verdad y nada más que la verdad.

Estira un brazo y acerca un carro sanitario. Deja las tenazas y saca otro utensilio metálico. Parece un rizador de pestañas, pero algo me dice que no sirve para eso.

Vale. Esto se está poniendo más psicópata de lo que esperaba.

Se pone en pie, se inclina sobre mí. Con una mano me separa los párpados del ojo derecho y con la otra acerca las pinzas a la cuenca. Mal. Ahora caigo en la utilidad del aparatejo. No me gusta. No me gusta nada.

Y entonces lo veo. El colgante plateado que pende de su cuello. Reconozco el símbolo de inmediato, aunque hace ya demasiado que vi uno como ése. Fue en otros tiempos, en otro lugar. Llevo tanto buscando una señal como esta...

Todo encaja. La grabación, los testimonios y las pistas que me han traído hasta aquí... Sólo faltaba el contexto. Todo el mundo equivocó el contexto, incluso el sádico éste. Pero ya no importa. Sé exactamente qué debo hacer.

Me he cansado de fingir, de actuar, de aparentar lo que no soy. Es hora de que caiga el telón.

Creo recordar que ya he comentado que no me llamo Marcos Soria. De lo que ya no estoy seguro es de haber mencionado el tiempo que he pasado en este mundo buscando a alguien en concreto. Alguien que, como yo, no pertenece a él.

Años y años desentrañando lo imposible con la esperanza de dar con una pista, algo genuino que me llevara hasta Él o alguien como nosotros, aunque hubiera olvidado quién era en realidad. He sufrido tantas decepciones a lo largo de estos años... Pero al fin lo he encontrado. Alguien como yo.

Me concentro. Siento el cosquilleo de la energía en los dedos. Tengo aún libertad para girar las muñecas, mover las manos, trazar sellos.

Las correas prenden y se convierten en ceniza. Ahora, con las manos libres, invoco un nuevo sello, más elaborado, más poderoso. Con la energía resultante estampo al cura contra el techo y me levanto de un salto de la camilla para que no me caiga encima cuando la gravedad surta efecto.

Los huesos de Malaquías acaban chocando contra la camilla, y de rebote se da de bruces contra el suelo. Gime dolorido, desconcertado. Aprovecho para invocar otro sello con las manos y paralizarlo antes de que «recuerde» cómo hacerme frente. Esta vez seré yo el inquisidor

―¿Dónde está? El que sacaste de la morgue, al que ayudaste a... «despertar» ―le pregunto.

Las tornas se han girado. Lo sabe. Sabe que ha cometido un error de cálculo. Subestimarme. Confundirme con esos insignificantes de los que ya se encargó Él.

―Llegas tarde ―responde con rabia, entre dientes―. Jamás darás con él.

―Eso ya lo veremos. Y ahora responde.

―Sólo respondo ante Dios.

―¿Qué Dios?

―El único.

―Sí bueno, lo que tú digas. Ahora dime cómo se llama y cómo te pones en contacto con él.

―No pronunciaré su nombre en vano.

―No va a ser en vano, Malaquías ―replico cansado de tanta tontería―. Evitará que te rompa uno a uno todos los huesos del cuerpo.

Dibujo un par de símbolos en el aire con los dedos y el sonido de ramas quebradas quedan silenciados por los gritos de dolor del cura.

―¡Su nombre! ―Empiezo a perder la paciencia.

―Podrás quebrar mis huesos, demonio, ¡pero no mi alma!

―Y dale con lo de demonio... Ya estamos con la semántica. He visitado muchos mundos, créeme, y salvo en éste, nunca me habían llamado así.

»En uno, de hecho, me adoraron como a un dios, así que hazte un favor y ahorra saliva. No tienes ni idea de quién soy ni de lo que soy capaz de hacer. ¿O prefieres que te saque el ojo en el que tienes almacenada la información?, ¿eh? ¿Te parece? Mmm... Creo que sí. ¿No querías hacer lo mismo conmigo? Venga, vamos a divertirnos un buen rato tú y yo. Tenemos tooodo el día por delante. Y veo que además has tenido la delicadeza de insonorizar este sitio. Perfecto.


Camino en silencio por las calles de esta ciudad, en esta noche fría y húmeda. Luces de neón, lejanas sirenas de policía... Estos son mis últimos momentos en este mundo vacío, banal, plagado de mentiras y engaños, dominado por un oscurantismo atroz que tiene la mala costumbre de nublar la razón de sus habitantes. Ángeles, demonios, Dios... Si supieran la verdad. Si supieran qué hay detrás de toda esa superchería barata; si supieran lo que somos en realidad...

Años y años metido en este traje de huesos y carne. Años y años haciéndome pasar por uno de ellos. Años y años desgarrando el velo de lo sobrenatural con la luz de la ciencia y la razón en pos de lo que había perdido. Nuestro general. Aquél que fue expulsado de nuestros dominios. Aquél que perdió la memoria y fue condenado a vagar.

Aquél que liderará de nuevo nuestro ejército en la batalla contra el caos que no tardará demasiado en estallar... en otro tiempo, otro lugar.

Por eso debo irme de este mundo. Si la información que extraje del implante ocular del cura es cierta, y nada parece desmentirlo, el supuesto dios del ahora difunto Malaquías tiene en su poder a nuestro líder.

Supuesto, sí, porque se trata de un miembro de mi familia y nunca me gustó del todo que me definieran como a un dios. Y es que, como dije, todo es semántica. Tecnología, ciencia...

Bien. Basta de elucubraciones. Que los niños se aparten y dejen actuar a los mayores. La diversión puede comenzar. Y si sobrevivo, tal vez os cuente mi historia.

Pero eso será en otro tiempo, otro lugar, otra dimensión.



Felicidad Martínez ha publicado El mito de la Caverna publicado en la revista Axxón nº 159 ( http://axxon.com.ar/rev/159/c—159cuento2.htm ) y Maldito, seleccionado para Visiones 2007. En 2012 publicó la novela corta La textura de las palabras en la antología Akasa-Puspa, de Aguilera y Redal