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El pequeño dios

Dolo Espinosa

 

El universo es nuevo, tan nuevo, que aún conserva el lustre de lo recién estrenado.

El mundo, por supuesto, también es nuevo, tan nuevo que ni tan siquiera le han quitado las etiquetas.

Los dioses son jóvenes, casi recién nacidos, y se hallan reunidos en torno al gran dios creador tratando de repartirse los diversos poderes y dominios del exuberante planeta que se extiende a sus pies. La discusión transcurre como es habitual entre ellos, es decir, que de manera muy educadamente divina, se debate entre gritos, empellones, insultos, aplastamiento de juanetes, burlas, mofas, befas y algún que otro mordisco (por cierto, en esto de las dentelladas no hay quien supere al dios yorkshire, primo lejano del dios coyote, que, gracias a su tamaño, llega a innombrables y ocultos lugares a los que otros no tienen tan fácil acceso).

Los más fuertes luchan a brazo partido por dominar el cielo, el aire, el infierno, el mar, el sol, la luna, el amor, la guerra, la sabiduría, todo aquello, en fin, que consideren que les puede conferir verdadero poder y los mantenga bien calentitos y rodeados de placeres en el palacio del gran dios padre y creador.

Otros, más débiles, se disputan algunos dominios menores como la tormenta, la belleza, la fertilidad, el sueño, las estaciones, las artes, la venganza y otras posesiones que, sin dejar de tener cierta importancia, son consideradas minucias por los dioses más fuertes. Entre estos pequeños dioses la batalla es aún más encarnizada si cabe, pues nadie quiere quedarse sin su parcela de poder o acabar ocupando el último lugar en el escalafón divino y quedarse en mero espíritu protector.

Aún entre los que sólo pueden aspirar a este mínimo rango también se produce una dura contienda y es que no es lo mismo ser el espíritu protector de un árbol que de un bosque, de una familia que de todo un pueblo, de una encrucijada que de los caminos. Cuanto más importante es lo que se ha de proteger, más posibilidades hay de ascender a pequeño dios y, desde ahí, con algo de esfuerzo, alcanzar un lugar junto al gran dios creador... o eso es lo que ellos —tan ingenuos— creen.

Dos oasis de serenidad y silencio destacan en medio de la algarabía. Por un lado, el gran dios creador, sentado en su trono, se lima las uñas y bosteza aburrido a la espera de que el debate se dé por concluido y el reparto de poderes finalice pronto. Por otro, indolentemente sentado en un rincón, un pequeño dios contempla la escena con displicencia y aguarda el final de la jarana.

Tras unos cuantos cientos de años de alaridos, coces, dentelladas, gruñidos y golpes varios, el “civilizado debate” llega a su fin. Los dioses, sudorosos y despeinados, pasan a comunicar al dios creador el destino de cada cual y se preparan para ocupar su lugar. Uno a uno, dan a conocer su nombre y destino para que sean anotados en el Gran Libro de los dioses, pequeños dioses, espíritus protectores y entes diversos.

Cuando todo parece estar, por fin, bien repartido y organizado, el gran dios creador se acuerda de aquel dios que, desde una esquina, contemplaba la trifulca y que allí sigue, con su misma cara de indiferencia, como si la cosa no fuera con él, observando y esperando. El dios jefe le ordena que se acerque y le pregunta por qué no ha participado del reparto.

El diosecillo se estira lánguidamente, bosteza y responde con tono abúlico que él no está interesado en proteger o tutelar nada de nada, ni se siente atraído por el poder y pide una sola cosa: ir al mundo como el animal de su elección y convivir con los humanos. Que vivirá y morirá como animal pero que su divinidad, transmitida a todos sus descendientes, permanecerá intacta para siempre.

El resto de dioses, espíritus protectores y demás entes divinos, no ponen ninguna pega. Después de todo será un rival menos en futuras luchas por subir —o evitar bajar— en el escalafón. El gran dios creador, tampoco ve ningún problema en concederle lo que desea, no lo comprende, pero no ve motivos para no permitírselo.

El indolente dios hace una elegante reverencia a todos y, girándose con gracia, se dirige al borde del divino palacio y salta hacia el mundo de los humanos.

Milenios más tarde, los dioses que se encontraban presentes aquel día, han sido, en su mayoría, olvidados. Y los que no han sido olvidados son recordados como meros mitos o cuentos para niños de tal modo que ya sólo tienen un eco de existencia en libros y semi olvidadas leyendas.

Sólo un pequeño dios —unos pequeños dioses— indolente y altanero forma parte de la vida humana. Sólo él ha logrado ser adorado, cuidado y amado durante siglos y siglos. Para él se crearon cosas como las chimeneas, las estufas, los radiadores o cualquier otra cosa que irradie un placentero calor. Para él fueron creados los cojines, los sofás mullidos y las cestas. Para su deleite, en fin, los seres humanos han construido e inventado infinidad de cosas que, en principio, parecerían inútiles.

Incluida la civilización.

Así, mientras el resto de dioses grandes y pequeños, lloran su pérdida gloria y olvidado poder, el gato —los gatos— siguen disfrutando de la devoción de aquellos que se consideran a sí mismos como especie dominante del planeta.