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El principe

Dolo Espinosa

 

Cielo gris. Grises montañas. Bosque gris. Grises campos. El castillo es gris, la ciudad es gris, el reino es gris. El mundo es gris. No hay atisbos de ningún otro color, sólo gris, en toda su variedad de tonos, desde el casi blanco hasta el casi negro, pero siempre gris, gris, gris. Omnipresente,  triste gris.

  El hombre, sentado en lo alto de la colina, observa, suspira y recuerda como era el mundo antes de que el gris lo llenara todo. Antes de que se llevaran al príncipe, el rey falleciera sin heredero y el mundo quedara abandonado a su suerte.

  Antes -recuerda- el aire era tan diáfano que se podía ver a más de un kilómetro y, en un buen día, hasta era posible oír el zumbido de una abeja a tres kilómetros... o al menos eso decía siempre su padre. Los colores eran tan vibrantes que casi dolían, la comida era tan sabrosa que aún salivaba al recordarla. Las ciudades estallaban de ruido y color. Los campos eran fértiles. El mundo era un lugar rebosante de vida, de vida colorida y ruidosa, de vigorosa y maravillosa vida... Ahora, sin embargo, el aire era pesado y difícil de respirar, no había más color que el gris, la comida no sabía a nada, las ciudades parecían habitadas por grisáceos zombis, en los campos sólo crecían unas raquíticas plantas, la vida se arrastraba aplastada bajo la monotonía del gris.

  El castillo, entonces, era el centro del mundo. Caballeros Guardianes llegaban a él desde todos los puntos cardinales, con resplandecientes armaduras y brillantes estandartes. Las banderas flameaban en torres y ventanas, las damas y los caballeros paseaban por jardines y veredas luciendo lujosos ropajes. Se celebraban justas, fiestas y bailes sólo para festejar la vida. La magia se agitaba en el aire, palpitaba en todos los corazones, pululaba por todas partes, como la savia se extiende por el árbol, llevando fuerza y energía a todo el reino.

  El rey, con su palabra, sostenía, creaba y unía a todo y a todos. A través de él surgía la vida y la magia. Era el único en todo aquel maravilloso mundo capaz de crear, imaginar e inventar, los demás se nutrían de su inefable fantasía y su arte con las palabras. Sólo el rey y su heredero podían sustentar y hacer crecer tanta maravilla como el mundo albergaba.

  Por eso el nacimiento del heredero fue celebrado con los mayores fastos, la llegada del pequeño príncipe aseguraba la continuidad de todo un mundo y eso merecía las mayores celebraciones. El príncipe sería instruido desde su más tierna infancia en las artes mágicas de la creatividad y la palabra. Se entrenaría su imaginación constantemente para que fuera lo bastante fuerte y poderosa como para poder crear y sostener. Se le cuidaría y protegería porque perderle a él equivalía a perder el futuro.

  Pero nadie recordó al Oscuro Señor, ladrón de palabras, enemigo de todo aquello que oliera a creación y amante de la muerte pues lo creían vencido y escondido en el mundo sin magia de donde procedían él y su hermano, el Rey. De modo que nadie estaba preparado para su sorprendente ataque cuando las celebraciones por el nacimiento del heredero se hallaban en su mejor momento. El ataque fue rápido y efectivo y, antes de que nadie pudiera reaccionar, el Oscuro Señor había desaparecido en la noche llevándose entre sus brazos al recién nacido de cuya vida dependía todo un mundo.

  Durante días y meses el rey y sus caballeros buscaron sin descanso al pequeño sin el menor resultado. Finalmente un espía real informó de que tanto el Oscuro Señor como el pequeño se encontraban en el mundo que llamaban “real”, donde el Ladrón de Palabras fingía ser su padre. El niño se encontraba custodiado por invisibles y poderosos guardianes casi imposibles de vencer.

  A lo largo de los años el rey envió caballero tras caballero en busca del niño, sin resultado alguno hasta que, finalmente, y en contra de lo que su sentido común y sus consejeros le recomendaban, decidió acudir él personalmente a rescatar a su hijo.

  Aquel fue el principio del fin. El rey regresó derrotado y herido de muerte. Tal vez podría haber sobrevivido a sus heridas sino fuera porque el dolor de perder a su hijo y el futuro del mundo le habían debilitado la voluntad de vivir. Al poco tiempo de regresar, el rey falleció.

  El dolor recorrió cada ciudad y cada pueblo, lloraron las mujeres, lloraron los hombres, lloraron los niños y hasta las bestias lloraron. Lloraron por el hombre que habían amado pero también por ellos mismos. Sin Rey y sin sucesor, su futuro estaba sentenciado. Sin nadie que creara, alimentara y sostuviera la vida, el mundo no tardaría en morir.

  Se siguieron enviando caballeros en busca del príncipe, se siguieron probando sortilegios y encantamientos para comunicarse con él y atraerle. Y, mientras tanto, el color y la energía vital fue desapareciendo de todo y de todos. En los lugares que aún conservaban algo de fuerza, todo era gris, en aquellos otros en el que la vitalidad casi había desaparecido, todo era horriblemente transparente.

  El hombre sentado en lo alto de la colina, había oído decir que, en algunos lugares el color y la vida habían regresado tímidamente y se decía que, tal vez, el príncipe, aún sin saber quién era o qué hacía, se había acercado, de alguna manera, a este triste mundo.  Le gustaría creer que eso es cierto, le gustaría pensar que, de alguna manera, el príncipe (el rey, en realidad) había logrado escapar de su prisión y de sus guardianes y que, más pronto que tarde, vendría a traerles la salvación. Sí, le gustaría mucho creerlo pero viendo la desolación y la gris tristeza que lo rodea, lo pone seriamente en duda.

  El hombre se levanta lentamente, cada día se siente más cansado. Las fuerzas se le escapan y siente que no falta mucho para comenzar a volverse transparente y luego, finalmente, desaparecer. Antes de continuar su camino susurra una pequeña rogativa para que, si es cierto lo que cuentan, el príncipe regrese antes de que sea demasiado tarde.

 

  En su cama, a menos de un mundo de distancia, el jovencísimo Liam despierta sobresaltado y con la mente llena de imágenes de un mundo gris. Liam, intentando no hacer ruido para no despertar a su padre, se levanta y va hacia su escritorio. De un cajón secreto (si su padre se entera de que pierde el tiempo escribiendo lo castigaría de por vida), extrae unos papeles y una vieja pluma. Tras meditar un par de segundos, Liam comienza a escribir.

  En otro mundo, en un mundo gris y cansado, un árbol moribundo comienza, lentamente, a reverdecer.