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Entre bambalinas

de Andrés, Pedro

 

Me calé la capucha en un vano intento de que la cellisca hedionda no me quebrara la piel. Después de dos días sin articular palabra, tuve que chasquear la lengua para que no se me quedara pegada al paladar. En casa, con Mako, era complicado que la cháchara se detuviera por más de diez minutos. Me faltaba práctica en el silencio. Otro ramalazo de nostalgia me angustió las entrañas. Aferré con saña la correa del fusil, un recordatorio en mi hombro de lo que me había llevado de vuelta al Juego.

 

Ya conocía ese escenario. Había combatido antes allí, pero eran otros tiempos. La memoria me jugaba malas pasadas, demasiadas partidas y demasiados niveles, pese a lo cual había seguido negándome a colocarme implantes de recuerdos. Mako me lo recordaba cada vez que se le presentaba la ocasión, cuando no encontraba las gafas u olvidaba la contraseña de seguridad.

 

La última vez que había atravesado Arcadia llevaba conmigo a mi equipo y yo todavía era una leyenda viva. Aquel día, en cambio, me sentía solo, hambriento y congelado, y luchaba por recuperar a mi hija no por la gloria en los noticiarios. Solo. Nadie haría guardia si me quedaba dormido, estaba forzando los límites en mi búsqueda tras cuarenta y tantas horas de vigilia. Me crujían las rodillas y los tobillos se me habían cementado. Cada vez que me detenía en un punto alto, al que llegar me había costado un triunfo, escudriñaba las calles adyacentes entre la niebla sucia. Después, retomar el paso era una sinfonía de dolores punzantes bien localizados.

 

Me froté los ojos por enésima vez. Los efectos de los estimulantes habían cedido ya. Tenía que buscar un refugio donde echar una cabezada o el cansancio me vencería en el peor momento, cuando me convirtiera en un blanco fácil. Game over, fin del juego.

 

Estaba en el cruce de la Novena con Castaños. Rebusqué en la maraña de mis recuerdos naturales; me llegaba la socarronería del viejo Jason, ahora retirado con comodidad en Miami: «Jefe, mete el culo en esa casamata. Hay tantos cascotes en el suelo que ni una hormiga se te acercaría sin que la oyeras». Solo que no recordaba haberme escondido nunca en ningún agujero en esa zona. El cabronazo de Poli había escogido un buen mapa para su juego final.

 

Oteé los callejones con los prismáticos antirreflejos. Tenía que encontrar la plaza de los escombros. «Uli, con un chip como ese del anuncio, no necesitas dormir más de media hora», decía Mako señalando los carteles luminosos o en la pantalla de grafeno de la calle Mayor, siempre en lucha con mi negativa a los implantes. Mako nunca me llamaba padre. O papá. Pero Uli me sonaba igual de tierno; solo nos teníamos el uno al otro en un mundo cada vez menos humano.

 

Oí los pasos a mi izquierda. No había perdido el instinto por completo. Sin dejar de escuchar en esa dirección, traté de concentrarme en el otro flanco. Se habrían dividido y me rodearían tan pronto me localizasen. Una lluvia desganada, apenas unos copos de polvo húmedo, se depositaba sobre las grietas del asfalto. Gracias a su superioridad numérica y táctica, los hombres de Poli podían permitirse el lujo de ser imprudentes. Un impacto bien dirigido y se acabó Uli. Era un simple humano en extinción al que la edad no perdonaría los excesos. Me obligué a prestar atención al lance. Parapetado tras unos bidones contra una pared, quité el seguro del arma. Tenía una buena visión a ambos lados y la espalda cubierta, era todo lo que cabía hacer en una espera que la adrenalina tornaba en frenética. Los dos de la derecha hicieron ruido entre los desperdicios. No caí en la trampa, vieja como el mundo. Sin desviar la mira telescópica del flanco izquierdo, aguardé a que hicieran un movimiento. Trataban de cubrirse con unos muros semiderruidos. Si hubiera apuntado al señuelo de la diestra, se me habrían echado encima sin remedio. Disparé una, dos, tres veces, antes de que los cuerpos cayeran blandos sobre el agua irisada de los charcos y ya tenía fijados los blancos en el lado opuesto. Una vez fallida la estrategia, habían salido en desbandada. No dudé en dispararles por la espalda.

 

Refrené la euforia del triunfo. En lugar de salir corriendo a recoger munición de los cadáveres, me obligué a recuperar el ritmo cardiaco. Había derrotado a las cinco patrullas anteriores, a pesar de que planteasen maniobras más complejas. No podía creer que ese burdo asalto final fuera lo último que les quedaba. Recogí una piedra y la lancé contra los vidrios de un Ford abandonado. El ruido de cristales resonó en el bulevar. La sombra del francotirador se movió lo mínimo para revelar su posición. Lo abatí antes de que se diera cuenta de que le había tocado caer en su propio gambito, inutilizando el sacrificio de sus compañeros de pelotón.

 

Aún esperé diez minutos de inmovilidad casi absoluta, dejando que la sangre resbalase por la mejilla sin molestarme en restañarla. Era el rasguño de una esquirla de cemento que el disparo postrero del tirador había arrancado del parapeto. Pura chiripa. Si Poli respetaba los términos de su desafío clandestino, solo me restaba enfrentarme a él como jefe final, una vez me había deshecho de todos sus hombres. Iba a recuperar a Mako. Una vez que estuve razonablemente seguro de que la calle estaba desierta, decidí no buscar refugio para dormir. Lo haría allí mismo, acurrucado con la pared que me había salvado la vida. Desenvolví la manta, húmeda y manchada de detritos, sin tiempo para melindres. Me envolví con la tela y cerré los ojos, olvidando en ese mismo instante el cansancio, la sangre que se disolvía en la lluvia sobre mi jeta y casi hasta mi objetivo. El picor en los párpados no se aliviaba ni cerrándolos, pero el pozo gris del sueño tiró de mí con fuerza.

 

Desperté en medio de la desorientación. Estaba oscuro y me dolían los músculos, poco acostumbrados a la acción real. Miré el reloj. Había dormido casi cinco horas y tenía la sensación de que no me costaría volver a perder el sentido. Me puse en pie despacio, sin sobrepasar la altura del abrigo por la pura precaución, tan arraigada en mí. Flexioné metódicamente las articulaciones, con especial cuidado en las contracturas del cuello. Qué diferente estaba resultando todo. En los viejos tiempos me habían aclamado como el rey de los deportes electrónicos; me había alzado desde las ligas inferiores a la máxima categoría en un tiempo record. El público me adoraba. Uno tras otro, los campeones caían ante mi equipo en espectaculares batallas campales retransmitidas a millones de espectadores a través de la red. Siempre procuré dejar a Mako al margen, mantenerla apartada del show business. En nuestro pequeño apartamento no había dispositivos de conexión y la chica se veía forzada a entretenerse con lecturas, ejercicio físico y videojuegos más anticuados que yo. Intuía cierta desesperación en Mako, aunque no se quejara en exceso. Era una muchacha adorable. Cualquier otro me hubiera puesto la cabeza como un bombo, incapaz de resistir la presión social en las aulas.

 

Y ahora el bastardo de Poli la había secuestrado para obligarme a volver a la pista siquiera una última vez y en condiciones de absoluta ilegalidad. Sin cámaras, sin público y en franca desventaja. Hijo de puta. Al viejo se le había ido la chaveta, incapaz de asumir su rol de eterno segundón o su imposibilidad de derrotar al gran Uli. Y lo peor de todo era que arrastrase a Mako en su locura, al escenario del que yo siempre había tratado de alejarlo. Iba a matar a Poli, mi primer asesinato real, con sangre de la de verdad, no salpicones rojo brillante. No habría agujero en el mundo donde esconderse de mí. Recogí la mochila y me puse en marcha, animado por la furia que insuflaba energías renovadas en mi maltrecho organismo. Tenía más que claro adonde dirigirme. De las tres ubicaciones posibles, el teatro era la elección más fiable, el escenario de la última derrota de Poli antes de retirarse, defenestrado por la prensa especializada. Confiaba en encontrarlo allí en persona y más le valía no haber tocado un solo pelo a mi hija o no tendría una muerte fácil.

 

No entré de inmediato. Prefería mantener la ajada fachada en observación. A esas alturas, Poli ya debía saber que sus patrullas eran historia, que solo quedábamos él y yo, y que no habría cuartel. Me comí hasta el último resto de las provisiones pues necesitaría toda la energía posible para finalizar el asunto.

 

Según caminaba entre los coches, pensaba en Mako. En sus ojos limpios, en su perpetua aceptación, siempre a la sombra de la fama del padre que le negaba la posibilidad de continuar por el mismo camino. ¿Era Mako feliz a su modo o sufría en silencio? En apariencia, se resignaba sin emitir queja alguna, pero había visto el brillo de su mirada cuando veíamos por la calle algún anuncio relativo al Juego. Mako hacía como que no lo había visto y yo como que no advertía el disimulo. Puede que me hubiera puesto una venda a mí mismo para no ver la realidad. Decidí hablar con ella cuando todo acabara, debía considerar mi actitud y empezar a tratarla como a una mujer. En el vuelo del tiempo no me había percatado de que Mako ya no era una niña.

 

Las puertas del edificio estaban abiertas de par en par. La alfombra que tapizaba la doble escalinata ya no lucía el rojo glamuroso de antaño. En la mugre que la cubría, busqué huellas recientes sobre la miríada de rastros viejos. Me daba igual subir por la derecha o la izquierda, mi objetivo era el patio de butacas. Dada su tendencia al melodrama, Poli me estaría esperando sobre el escenario. El acceso tenía las hojas atrancadas con excepción de la que se hallaba en el extremo del pasillo. Demasiado obvio, compadre. Puede que nunca me hubiera vencido, pero no lo subestimaría. No en vano era el segundo jugador con más finales a la espalda. Según la variante Raven, un jugador confiado entraría por la puerta abierta en lugar de pensar que la trampa estaba allí. Lo más lógico era tratar de desatrancar una de ellas para acceder a la platea. Yo, sin embargo, no usaría ni una ni otra, consciente de que Poli las habría trucado todas. Todavía me quedaba algún as en la manga. Aún recordaba aquellas semifinales contra los Pegasos en la que Jasón encontró el túnel que accedía al escenario desde el sótano.

 

Si llegaba a la trampilla de atrezo sin ser detectado, tendría la opción de sorprender a Poli, parapetado a buen seguro de frente a las puertas por si lograba sortear los explosivos de las principales. No recelé de la facilidad con la que encontré el paso. Debería haber sospechado, pero me entró la prisa. Demasiado viejo para esa mierda del Juego. Cuando asomé la cabeza por el hueco, me encontré con la boca negra de un revolver apuntándome a la cabeza.

 

Podría haberme dejado caer por la trampilla. De no sufrir una rotura de tobillo, podría haber huido de la situación y replantearme la táctica. Sin embargo, ver a Mako empuñando el arma por delante de un Poli sentado con la expresión de placer más retorcida que recordaba me dejó congelado en el sitio, incapaz de reaccionar. Me había equivocado en todo; por mi cabeza pasaron, una vez más, todos los detalles que yo había ido enterrando en mi autocomplacencia de padre convencido. Qué estúpido y que poco margen de error.

 

—Sal, Uli —me ordenó con una voz que no parecía la suya. Mi pequeña… No relajó la postura de disparo ni por un segundo. El condicionamiento de años de práctica me decía que no era una mera fachada. Si no le obedecía, dispararía contra mí. Poli aplaudía desde el desportillado sofá con lentitud ensayada. Estaba asistiendo a la apoteosis de su propia locura.

 

—Estás peor de lo que pensaba, Poli —le dije, ignorando con deliberación a mi hija. Necesitaba ganar tiempo. No podía dejarme matar de esa manera, no por su propia mano. Tenía que encontrar la forma de solucionarlo, de volver atrás en el tiempo, de recuperarla.

 

 

—Tú sí que eres un desecho, Uli —respondió con la vieja mirada venenosa—. Mírate. Un anciano de cincuenta años, sin un solo servo que te aporte movilidad, que impida que tus maltratadas articulaciones te dejen tirado en el momento culminante…

 

—Él nunca quiso que me comprara implantes… —interrumpió Mako, como si buscara explicarse.

 

—Calla, niña. No te he dado vela en este entierro para que me estropees la escena —graznó Poli.

 

—¿Qué le has prometido, bastardo? ¿Que le permitirás ponerse de chips hasta el culo y ser la caña en la universidad? —me volví a Mako aunque me dolía verla así—. Hija, deja el revólver, hablaremos en casa. He tenido tiempo de reflexionar desde tu secuestro, podemos arreglarlo.

 

—¿Secuestro? —Se mordió el labio y sus ojos enrojecidos ni parpadearon—. No me secuestró, Uli. Fui yo la que se puso en contacto con él. Estoy harta de ti, de tus imposiciones. Quiero ser una campeona del juego, superar todos tus logros.

 

Le temblaba la voz, pero no era miedo sino ira. El arma, en cambio, permanecía firme. Salí despacio del hueco y me planté delante de Mako. No era una buena situación. Me tapaba la línea de tiro hacia mi verdadero objetivo. Avancé un par de pasos hasta que Mako me ordenó que me detuviera, demasiado lejos para intentar cualquier movimiento para apartarla y dejarme el disparo franco. Poli estaba desarmado, complacido en su propia astucia. Se sentía ganador por vez primera aunque fuera en aquel lugar desangelado tan alejado de las cámaras. Mi fusil había quedado bajo la trampilla. Tenía una automática en la cintura, pero Mako llevaba toda la ventaja: ya me estaba apuntando.

 

—Te lo dije, Uli —me dijo con displicencia—. Los implantes podrían haberte salvado ahora, pero tu cuerpo inútilmente humano y viejo jamás podrá ser tan rápido como para disparar primero.

 

—¿De verdad crees que sería capaz de matarte, hija? —La misma pregunta me arrancó lágrimas de los ojos. Al contrario que Poli, yo no estaba sobreactuando—. Antes me dejaría asesinar mil veces. No, he venido a liquidar a ese hijo de puta —señalé a Poli— y a pedirte que vuelvas a casa.

 

Quise añadir que la quería, que no podía vivir sin ella, como si no estuviera a punto de liquidarme, que yo… Todo lo que me salió fue:

 

—Yo puedo entrenarte, Mako.

 

Una frase rotunda, simple y contundente, que omitía a propósito el tratamiento de «hija». Mako era una adulta y yo no me había dado cuenta hasta el último momento. Fueron las primeras palabras que hicieron mella en su determinación. Se giró hacia Poli en ese instante de duda que yo necesitaba. Mi brazo se movió a una velocidad inusitada. Antes de que terminase de abrir mucho los ojos, antes de que la sorpresa calara en él, mi bala había taladrado un orificio perfecto en medio de su frente despejada. Se quedó en la misma postura de antes, con las dos manos abarcando los reposacabezas del sillón. No había brotado ni un solo hilo de sangre todavía cuando Mako, con el revólver colgando junto a su cadera, se volvió a mí con incredulidad.

 

—¿Cómo has hecho eso, Uli? —Seguía sin ser la hija a la que adoraba, pero tenía su atención; volvía a dominar la escena.

 

Me adelanté despacio y, sin oposición, le recogí el arma de entre los dedos.

 

—Mako, tenías razón. Soy demasiado viejo para esto —dije sin ganas, derrotado en mi propia victoria, y señalé unos finos nervios metálicos que ninguno de los dos había advertido cuando salí de la trampilla—. Antes de entrar en Arcadia me di una vuelta por el mercado de implantes.

 

Me encogí de hombros.

 

—Y ahora, hija, hablaremos de tu entrenamiento…