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¡Sálvese quien pueda!

Oliver G.R.I.

Les llamábamos hombres patata, o bueno, más bien yo les llamaba así, había quien los llamaba topos, hombres perro y un sinfín de motes, pero todos acordábamos en que eran asquerosos y horribles a la vista; sus cuerpos bulbosos llenos de tumores, su andar a cuatro patas, sus largas melenas llenas de bichos, todo eso ofendía a cualquiera. Yo trataba de evitarlos y sobre todo la cercanía a las tierras baldías que era donde se encontraban en mayor número. Claro está que se les podía encontrar en cualquier parte, babeando sobre algún plato en un restaurante de lujo, mordiendo bolsas de basura en medio de un buen vecindario, persiguiendo alguna viejecita para robarle cualquier alimento que llevara encima. El orden público se veía alterado a menudo por esas deformaciones subhumanas. Yo los odiaba y más aún porque aquella mañana de camino al trabajo en la fabrica maquiladora uno de ellos se me había acercado demasiado. Su olor me mareó al punto de casi regresar el desayuno en plena calle.

Yo sabía que la culpa era de todos y nadie al mismo tiempo. Esos mutantes existían por la alimentación, la sangre contaminada, los clásicos químicos nocivos en el agua, incesto y demás cosas aberrantes. El resultado de millones de años de evolución se reducía a esto. A menudo pensaba en ello. En fin, ahí estaban y teníamos que convivir con ellos ya que después de tanto tiempo (hacía décadas que habían surgido), no habíamos podido decidir si eran humanos o de plano animales. Yo los pateaba a menudo, a cada oportunidad.

Llegué a la fábrica de componentes electrónicos a tiempo. Después de estar cerca de dos horas en la línea de producción, veo que se acerca una chica del personal administrativo de la planta. Recorte de personal, me quedé sin trabajo. Me dieron un pago de compensación que me hizo reír.

Marco Ulloa siempre había querido salir conmigo en plan romántico, pero yo nunca le había dado pie seguro en el asunto, sin embargo me convenía tenerlo cerca porque me compraba cosas y pagaba las salidas al cine o a comer. Por supuesto él no sabía esto, ni sabía que me había quedado desempleada. Esa tarde llegó como de costumbre en uno de esos cacharros a vapor, la tecnología austera que había sido adoptada por el común de la gente, porque como de costumbre el pueblo se hallaba sumido en plena crisis económica. El vapor se decía; era mucho más económico y menos contaminante que el petróleo. Al vernos rodeados de aquellos bichos deformes, todos recibimos la noticia del uso de vapor con agrado, tal vez ello significara que nuestros hijos nacerían sin deformidades en un planeta ó al menos en un pueblo, sin tanta contaminación. Recuerdo que aquella campaña política impulsó la tecnología a vapor como la salvación y el inicio de una nueva era. Sin embargo la realidad era otra, utilizaron todos los automóviles del tiempo de la gasolina y armaron una especie de transporte público con pedacería. El resultado, andábamos sobre armatostes oxidados a vapor de cuyas laminas cualquiera sabía que una sola cortada significaba contraer el tétanos. Casas de cinc y aluminio que hacían las noches insoportablemente calurosas o frías. Llegó encima de alguno de esos cacharros que parecían más bien teteras abolladas que vehículos de transporte, traía dos guisados de cochinita pibil yucateca y dos refrescos. No pude contener la noticia, tenía que contarle a alguien. Me felicitó por haber dejado ese trabajo que me iba a llevar según él a ninguna parte, y comimos en silencio. Sentí que quería decirme algo.

—Claudia… tengo un negocio, sé que en este momento lo vas a necesitar, es un trabajo, pero sin las molestias de un trabajo formal— dijo Marco.

—¿De qué se trata?—pregunté sin interés.

—Traslado de mercancías— contestó rápidamente.

—¿Droga?

—Algo inofensivo, material orgánico sin mayor importancia.

—¿Material orgánico peligroso? ¿Infeccioso?—pregunté.

—Órganos modificados, mejorados, es lo último del mercado, olvida la droga, eso ya no es negocio si es que alguna vez lo fue.

—¿Legal?

—Claro que no— dijo mirándose las mangas de su camisa amarilla.

—Esa camisa es horrible— le dije sin poder contener la risa.

—Tenemos una entrega la semana que viene, nuestro primer trabajo juntos en esto, pasaré a buscarte más o menos a esta misma hora el lunes. 

Marco se levantó y sin despedirse salió de mi departamento, debía estar realmente emocionado por este nuevo negocio ya que ni si quiera trató de besarme o abrazarme, estaba realmente concentrado en eso del traslado de órganos mejorados. Todavía tenía el dinero que me habían dado a la salida del trabajo, la liquidación, por lo que no me preocupé demasiado, si el asunto me fastidiaba simplemente le diría que no a Marco y asunto acabado. No quería terminar en prisión, pero si necesitaba un trabajo a la brevedad y eso de volver a trabajar en la maquila de electrónicos, me pareció una mala idea. Durante el fin de semana olvidé el incidente por completo hasta que llegó la tarde del lunes y alguien tocó a la puerta.

 Era Marco Ulloa yo apenas iba despertando de una siesta, abría la puerta y me recosté en un sillón de la pequeñísima sala de estar, Marco entró y sin saludar se sentó en una silla que acercó desde la cocina hasta ponerse frente a mí. Sacó un montón de dinero del bolsillo de su saco de cuero negro. Al ver tanto dinero junto, recordé el trabajo que me había ofrecido. De inmediato fui a darme un baño rápido y a vestirme pensando en todo ese dinero. Al salir lo encontré sentado en la misma posición, pensativo, con los brazos colgando y la cabeza echada hacia atrás mirando el techo, parecía reflexionar.

—¿Estas lista?

—Claro que lo estoy pedazo de idiota, yo siempre estoy lista— le respondí con mi mejor sonrisa.

—Pues entonces vámonos— dijo Marco levantándose— ahora solo nos falta ir por el tercer miembro de nuestro grupo.

—¿Iremos lejos?

—Ella vive relativamente cerca Claudia, que eso no te preocupe—contestó.

—Me refiero a la entrega Marco.

—No mucho pero más vale apurarse, vamos.

Salimos de mi pequeño departamento, ahí fuera en el ajetreo del pueblo pasamos junto a la fábrica de cacharros que fabricaba más cacharros, con su típico patrón aleatorio de diseño, ensoñaba con viejos Mustang, Dios mío, me parecía ir dentro de una cucaracha de cobre a vapor, vapor… vapor. Vapor calentando las casas, vapor impulsando elevadores, vapor impulsando estos cacharros a seis patas o voladores, vapor calentado la comida de los restaurantes, el calor era insoportable. Y fuera todo era sol y polvo y vecindarios llenos de miseria. Me parecía estar bañándome en mi propio sudor varias veces al día, y esto sin mencionar lo que tanto vapor provocaba en los olores de aquellas bestias a cuatro patas, lo que ocasionaba en sus melenas húmedas y sucias. Algunas merodeaban por la calle. Siempre fui fanática de la limpieza, mi departamento aunque pequeño, siempre estaba limpio y ordenado. Pasamos a seis patas cerca de varias cuadras de casas construidas con basura. Doblamos en una esquina junto a las procesadoras de carne porcina, el hedor casi me provoca un desmayo. La cucaracha de cobre en que viajábamos metió sus patas retráctiles y se elevó a unos diez metros del suelo con un chorro poderoso de vapor, desde arriba se podía ver el interior de la procesadora, ya había visto antes lo que ocurría dentro, pero por Dios nunca dejaba de repugnarme. Un brazo enorme de aluminio lleno de remaches, tomaba a los cerdos por el tórax justo a la altura de las patas delanteras y los elevaba un par de metros, por lo que sus patitas traseras quedaban al aire y pataleando espasmódicamente, tratando de huir, el brazo los ponía frente a una especie de tubo del que de tanto en tanto salía un chorro de vapor a presión, los pobres cerdos apenas tenían tiempo de empezar a chillar, con un ruido semejante a un fffiiii salía el chorro de frente a ellos, cociendo la carne y desgajándola con un sonido acuoso, estando vivos, ahí van los ojos derretidos, adiós trompa, toda la carne cae a pedazos a un contenedor debajo, solo imagino lo que su cerebro horrorizado debe sentir, pero la carne cae cocida, libre de gérmenes y cisticerco, lista para su consumo, es decir lista para ser enlatada, ahí va el cerebro escurriéndose como gelatina derretida por el sol. El gran brazo se queda sosteniendo un esqueleto blanquísimo que tampoco se desecha sino que va a parar a un contenedor distinto, que asco, pensé.

El olor ya era demasiado, me tapé la nariz con una parte de mi chamarra que olía un poco al aromatizante del detergente que usaba para lavar la ropa. Al ver ese espectáculo de nuevo me juré no volver a comer carne de cerdo enlatada. Marco llamó mi atención sobre un detalle.

—Eh Claudia mira a esos desgraciados mutantes— dijo señalando la pared norte de la procesadora de carne porcina.

—Que asco— dije al mirar cómo se revolcaban enojados, tratando de derribar la pared de la procesadora queriendo entrar, sin duda atraídos por un hedor superior al suyo.  

Llegamos flotando en la cucaracha de cobre a una zona habitada en las afueras del pueblo, un lugar horrible donde solo vivían personas en extrema pobreza, un nido de ladrones y asesinos. Entorné los ojos para mostrar mi descontento a Marco Ulloa, él se limitó a sonreírme con su dentadura falsa y su cara ovalada como huevo, trató sin éxito de tocarme una pierna. Jalando un par de palancas aterrizó el armatoste.

—Espera aquí— dijo bajándose del vehículo.

Lo vi caminar rumbo a un conjunto de viviendas también hechas de basura, me quedé mirando toda esa pobreza, perros sucios, hombres—patata, señoras feas y gordas, hombres sospechosos cargando paquetes sospechosos, yo me quería ir de ahí, cuanto antes mejor, pero no me atreví a bajar del vehículo. Pasaron un par de minutos y Marco regresó, entró al cacharro por la parte superior y detrás de él venía alguien. Un olor a frambuesas recién cortadas llenó el interior del insecto metálico, como habían entrado por la parte superior lo primero que vi después de que entró Marco fueron unos zapatitos color azul fosforescente, después unas piernas blancas bien torneadas, de ahí venía el aroma a frambuesa, ay no por Dios, pensé. Era Diana Deluxe, obviamente su nombre artístico, una prostituta de treinta años que había tenido la suerte de poder comprar un cuerpo joven, el de una chica de catorce años a un par de padres desesperados y sumidos en la pobreza. Gracias a la tecnología de transferencia mental pudo habitar aquel cuerpo joven y fresco, antes se llamaba Diana Siete o algo así, ahora era Diana Deluxe, tuvo suerte con el asunto de la transferencia mental, siendo aún experimental ambas pudieron haber quedado en estado vegetal. Ahora la verdadera dueña de aquel cuerpo joven y rostro hermoso habitaba un cuerpo avejentado y maltrecho. Entre sus clientes había hombres sumamente adinerados y al ser tan joven se le consideraba un servicio de lujo, de ahí su nombre artístico Deluxe. De cabello rojo luminoso usando un par de trenzas que realzaban su cutis pecoso y ojos verdes, le gustaba usar vestidos muy cortos de colores llamativos, yo la detestaba, pero Marco Ulloa parecía haber caído en su hechizo de juventud combinado con la experiencia de una mujer adulta.

—¡Hola!—me saludó guiñándome el ojo derecho.

—Buenas tardes Diana— le respondí secamente haciendo una mueca que ella no podía ignorar.

—¿Se conocen?— preguntó Marco mientras ponía en funcionamiento la cucaracha de cobre.

—Difícil no conocer o saber de Diana— dije con sarcasmo.

—¡Somos amigas!— dijo Diana estúpidamente sonriendo desde aquel rostro pecoso y juvenil.

Era evidente que la transferencia mental le había ocasionado alguna especie de trastorno de la personalidad, realmente se estaba comportando como una adolescente, tal vez de tan estudiado su papel, se había convertido en la mejor actriz, podía engañar a cualquiera. El cacharro de cobre sacó sus seis patas retractiles y avanzamos rápidamente abandonando la periferia del pueblo. Se levantó un viento repentino que levantó jirones de polvo en la lejanía. Al toque de una palanca oxidada, la parte superior del vehículo se replegó sobre sí misma como una flor que se abre, ahora era una cucaracha convertible que nos permitía ver en todas direcciones, polvo rojizo y algunas fabricas lejanas, la luz del sol de las cinco y media de la tarde daba a todo un aspecto lejano, el viento movía el vestido de una pieza color verde de Diana. Marco al frente y nosotras detrás, todos mirábamos la lejanía y la soledad.

—¿A dónde vamos?— preguntó Diana Deluxe.

—A un lugar dentro de las tierras baldías; ahí vamos a recoger el paquete que debemos entregar en el pueblo— respondió Marco.

—Hey un momento Marco, nunca dijiste nada de ir a las tierras baldías, no quiero ir ahí, y además ahí no te puedo ser de utilidad, no conozco a nadie que viva en ese basurero— dijo Diana.    

—¿Para qué trajiste a Diana?— pregunté yo al momento, había cada vez menos estructuras en el paisaje.

—Es un señuelo, una distracción por si algo sale mal, hay mucho dinero de por medio— respondió Marco.

—En eso si te puedo ayudar— dijo Diana mirándome y mojándose los labios de una manera seductora, entrecerrando los ojos en un gesto espontáneo y divertido.

—Que asco— dije ella comenzó a reír. Marco sonrió, lo supe por el movimiento de su espalda.

Después de un rato de camino ya no había una sola construcción a la vista. Habíamos entrado en las tierras baldías y nos adentrábamos cada vez más. Unos nubarrones oscuros a lo lejos se agolpaban cerca de un cerro, por la dirección supuse que podría ser cerca de Nayarit. Detrás y al abrigo de un par de colinas se hallaba una inmensa bodega de aluminio oxidado por el sol. Marco paró el cacharro y continuamos de pie hasta el lugar, un olor nauseabundo y familiar me llegó de golpe, algo olía tan mal que Diana Deluxe arqueó el estómago tratando de evitar el vómito se tapo la boca con las manos, su rostro blanco enrojeció. Pero seguimos caminando y ya nos encontrábamos en la cercanía, escuchamos rugidos y sonidos espantosos. Marco tocó con el puño en una puerta también de aluminio, de inmediato nos abrieron, era evidente que ya lo estaban esperando.

Apareció un tipo usando un mandil de mezclilla sucio y guantes negros de látex estaba embarrado por todas partes de sangre fresca. Su barba mal cuidada y sobrepeso no le daban buen aspecto.

—¡Bienvenidos!

—Por fin llegamos, tienes tu negocio muy lejos amigo— le dijo Marco Ulloa.

—Así es amigo, así me gusta, sin nombres, pero de haber sabido que venias tan bien acompañado te hubiera invitado a la operación mucho antes—dijo el gordo calvo y sonriente.

Se hizo a un lado señalando el interior e invitándonos a pasar, Diana me empujó por detrás así que tuve que entrar primero. El lugar se encontraba  bien iluminado por dentro, la luz era blanca, lo que no evitó que tropezara con algo que salió rodando hacía el fondo; una cabeza. No pude evitar un grito de espanto lo que ocasionó un tumulto en el interior de la bodega. Escuché la risa de Diana y la voz del gordo detrás de mí.

—Disculpen el desorden, llegaron en horario de trabajo—dijo el gordo del mandil.

El piso de la bodega era una inmensa reja de acero cuadriculada, debajo de nosotros el piso en semioscuridad hervía de hombres—patata, de ahí venía el olor nauseabundo. Así como la cabeza con la que acababa de tropezar, había partes cercenadas esparcidas por doquier, había tambos de acero, mesas de trabajo y más allá al fondo, un piso real de concreto con un par de oficinitas improvisadas de tabla roca.

—Es época de celo y están nerviosos, nunca habían olido una mujer y mucho menos… ¡Dos!— dijo el gordo entusiasmado.

Los hombres—patata nos miraban desde la oscuridad, podía sentir sus miradas recorriendo todo mi cuerpo, en muchos sentidos seguían siendo humanos, Diana al parecer también sintió lo mismo ya que no perdía oportunidad para; fingiendo descuido subir un poco su vestido. Los podíamos escuchar respirando fuerte y profundo. Gruñían y espumeaban por la boca.

—De estos mutantes sacamos los órganos, sus cuerpos a reventar tienen algunas veces… tres ó cuatro pulmones, con suerte dos corazones, cinco hígados, recuerdo que hubo uno que llegó solito hasta acá, ese tenía varios ojos en el lomo y hasta hablaba un poco— dijo el gordo del mandil ensangrentado.

—Horrible— dijo Diana en un murmullo delicado, insistía en tomarme del brazo.

—Claro está que sus órganos no son de la mejor calidad, son mejores los de personas sanas—dijo el gordo mirándonos fijamente.

Hubo algo en esa última frase que me hizo estremecer, sentí un miedo repentino, pero traté de contenerme. Diana Deluxe no dejaba de apretarme el brazo.  De entre las sombras del fondo de la bodega, a unos doscientos metros, pude distinguir algo que me alarmó; una forma familiar. Algo que parecía una jaula convencional  y algo que parecía estar recostado ahí. Parecía una persona.

Los hombres—patata soltaban bocanadas de vaho hirviente que me quemaba las pantorrillas, era insoportable. Se amontonaban tratando de llegar hasta nosotros. Marco Ulloa nos hizo una seña para que esperáramos ahí.

—No tardes— le dije mirándolo tratando de transmitirle el temor que sentía.

—No los alboroten demasiado señoritas, miren, ya están babeando y escurriendo—dijo el gordo.

Miré instintivamente abajo y pude ver que la mayoría sino es que todos tenían sus miembros erectos, a pesar de andar a cuatro patas, a veces bípedos, algunos se revolcaban en el suelo pataleando y mostrándonos sus cuerpos desnudos y aquellos miembros erectos, en eso no habían mutado, seguían siendo hombres. Diana se soltó de mi brazo y comenzó a bailar, ya fuera un vals ya una especie de a gogó, cualquier danza inventada, se estaba divirtiendo. Marco y el Gordo ya iban a mitad de camino rumbo a las oficinitas, yo sentía crecer el alboroto bajo mis pies, los hombres—patata gemían lastimeramente, sus ojos acuosos nos devoraban, la situación se tornaba alarmante, por  una parte, quién me aseguraba que Marco no nos había llevado ahí para vendernos, por otra parte todo esa reja bajo nosotros era una bomba de tiempo, la reja temblaba y vibraba.

—Los estas alborotando con tu perfume de frambuesa—dije a Diana.

—Es body freshner, no perfume—dijo Diana Deluxe.

—¿Qué?—pregunté, apenas podía escucharla los bramidos aumentaban y el suelo temblaba.

—¡Que es body freshner! ¡Sorda!— Gritó Diana— ¡No es lo mismo que un perfume!

Apenas pudo gritarme, se escucho un crujido estrepitoso y un grito que venía de las oficinitas. Diana me señaló el fondo de la bodega, apenas nos podíamos mantener en pie, el suelo se movía bullía de cuerpos y bramidos, grité, Marco venía corriendo, le faltaba un brazo y chorreaba sangre, resbaló, el gordo le había cortado un brazo. De inmediato se incorporó y estaba a punto de alcanzarnos cuando toda la reja cedió a la presión, reventó. Ahí venían los hombres—patata babeando y delirando en un frenesí de lujuria y libertad, agarraron a Marco, uno le mordió la cabeza y la quebró como si fuera una sandía.  Cuando reaccioné Diana ya había comenzado a correr y mis pies ya hacían lo mismo buscando la salida, varios trabajadores trataron de hacerles frente pero quedaron sepultados bajo la marea de carne melenuda que venía detrás de nosotras. Logramos salir y llegar hasta el vehículo, Diana sabía conducir así que nos elevó  quemando con el chorro de vapor una docena de mutantes enloquecidos. Emprendimos el camino de regreso, pudimos ver que los monstruos corrían en todas direcciones tratando de aparearse con cualquier cosa.

—Si llegan al pueblo, habrá mucho sexo esta noche— dijo Diana guiñándome uno de sus ojos verdes, detrás del cual apenas se podía adivinar una mujer mayor.

Suspiré mirando la lejanía contaminada y los chorros de vapor que salían de las fábricas perdidas entre las colinas, pensé en vender droga, algún día.