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Supervivencia

Manso, Reinaldo

 

Desde hacía siglos vivíamos tranquilos y en paz, rodeados por las escarpadas montañas conocidas fuera de allí como los Andes.  Nunca habíamos intentado salir de nuestro paraíso, pues la única salida, a través del río que nacía en el propio valle y lo atravesaba, era impracticable porque éste desaparecía por un angosto desfiladero, horadado en la roca con el paso de los años.

 

Disponíamos de pastos abundantes, incluso durante los rigores del invierno, así que la comida no era ningún problema. De hecho, nuestra población había ido creciendo paulatinamente, y ya éramos varios centenares de individuos. No sólo eso, según los ancianos, otra señal evidente del favor de los dioses era que las sucesivas generaciones habían ganado en porte y estatura.

 

Aunque era inevitable una cierta jerarquía social, vivíamos en un régimen de libertad absoluta y teniendo las necesidades básicas cubiertas, los conflictos eran mínimos y se solucionaban con rapidez y sin derramamiento de sangre. Sólo en muy contadas ocasiones, a la llegada de la pubertad y compitiendo por alguna hembra, los más jóvenes podían desmadrarse un poco, pero pronto se les ponía en su lugar.

 

Aquellas pulsiones juveniles hacía tiempo que me eran ajenas. Este año, la llegada de mi nuevo retoño me había colmado de felicidad. Siempre me ha fascinado lo rápido que aprenden. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer, dando sus primeros y vacilantes pasos, tratando de incorporarse en dirección a su madre, que lo espera anhelante.

 

Tan bucólica escena se vio interrumpida por un ominoso alboroto a poca distancia de donde estábamos. Al menos, me alegro de conservar en la memoria aquella imagen de justo antes de que nuestro mundo saltase en pedazos.

 

El barullo lo armaban un grupo de pequeños que correteaban junto a la ribera pedregosa que daba paso al desfiladero fluvial que marcaba los límites de nuestro mundo conocido. Llamaban la atención sobre algo que se acercaba. Parecía un gran tronco seco, de esos que la corriente arrastra en ocasiones. Encima se vislumbraba algún tipo de movimiento. Creí que quizás eran sus ramas golpeando el agua al girar sobre si mismo, pero había algo extraño en ello, una especie de ritmo. Entonces me di cuenta. Fuese lo que fuese aquello, estaba moviéndose contra corriente y acercándose a la orilla.

 

En aquel entonces éramos seres inocentes, ingenuos, y la curiosidad superó cualquier instinto atávico olvidado tras tanto tiempo sin enemigos. Me acerqué.

 

Aquel extraño tronco se deslizó sobre los guijarros, más acá del rompiente del río, acabando detenido casi en su totalidad en seco. Del mismo saltaron dos extraños seres. Bípedos, parecían cubiertos con un pelo largo y multicolor del que, al moverse, saltaban sin cesar reflejos brillantes. Aunque de una corpulencia similar a la de un adulto como yo, su aspecto era repulsivo, con aquellas cabezas pequeñas de caras aplanadas y con unos ojos, boca  (y sobre todo narices) diminutos.

 

Me aproximé aún más. Exhalaban un olor rancio y desagradable, así que me detuve a escasos pasos para esperar cuál sería su siguiente movimiento.

 

Gesticulaban mucho con sus patas delanteras, señalando a todos los que nos íbamos congregando ante ellos, e intercambiando extraños ruidos. De pronto, uno de ellos hizo oscilar una de sus patas por encima de la cabeza en un movimiento circular borroso y antes de que pudiese darme cuenta, sentí algo que me atrapaba por el cuello y se apretaba más y más.

 

Dando un salto hacia atrás traté de escapar de aquella opresión. Mi reacción pareció tirar por el suelo a la criatura que había hecho los gestos, o quizá es que ahora pretendía moverse a cuatro patas para alcanzarme. No. El ahogo se alivió y volví a detenerme, desconcertado. Ello le dio tiempo a sus compañeros (para aquel entonces, habían bajado a tierra varios más) a ayudarle a levantarse y volver a la carga.

 

Entonces me di cuenta. Lo que me aprisionaba del cuello me lo había lanzado aquel ser y ahora, con el apoyo de sus camaradas me estaba atrayendo hacia él pese a todos mis esfuerzos por evitarlo.

Así comenzó la esclavitud de mi pueblo.

 

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Unos cinco mil años más tarde...

 

Hoy he recordado la historia del origen de  nuestra esclavitud tal como se ha ido transmitiendo de generación en generación. Ese relato en primera persona que todos aprendemos de pequeños siempre me había parecido un poco, bastante, novelado hasta esta mañana. Ahora, mi opinión es muy distinta.

 

En los siglos transcurridos desde aquel aciago episodio, nuestros amos que pronto aprendimos a conocer como incas, se extendieron con nuestra inapreciable ayuda por todo el continente meridional, sojuzgando a muchos otros pueblos hasta construir todo un imperio continental. La gran mayoría de mi pueblo aceptó la opresión pues el trato en general era bueno y se nos garantizaba unas condiciones de vida satisfactorias. De hecho, a juzgar por algunos dibujos antiguos, hemos ganado en tamaño y prestancia bajo su dominio. Incluso se dice que algunos y algunas han llegado a mantener relaciones íntimas con sus amas y amos. Pero, en fin, no nos desviemos. Unos pocos han optado por la rebelión y la huida. Se dice que más allá del gran istmo, en el continente septentrional, si se consigue atravesar los terribles desiertos existe una tierra libre. Nunca lo he creído, lo más probable es que tras tantos esfuerzos, los exitosos se limiten a cambiar de dueños.

 

Por mi parte, no me puedo quejar. Mi amo es un importante gerifalte en la corte, ojeador del propio Sapa Inca. Como tal, a su lado he recorrido todos los rincones del imperio y ésa es la razón de encontrarme hoy aquí, en una de las islas del Caribe. Habíamos venido a investigar unos curiosos rumores que hablan sobre unos extraños seres de piel blanca que habrían llegado de allende los mares y se habrían aposentado en una de las islas. Por desgracia, para cuando llegamos, el único rastro que quedaba de los mismos eran apenas unos troncos humeantes.

 

Por lo visto, los  indígenas locales, aunque al principio convivieron con los recién llegados pacíficamente, pronto afloraron las tensiones y estallaron los conflictos cuando vieron que ni sus tierras ni sus mujeres eran respetadas por los visitantes. Ahora sólo quedaban ya esqueletos desmembrados y desperdigados de unos cuarenta individuos, no habían dejado ningún superviviente. Según nos contaron los habitantes del poblado más cercano, su característica más peculiar era que tenían abundante pelo en la cara; sin olvidar, claro, las extrañas armas y utensilios que utilizaban y de los que mi amo pudo recoger una buena colección… que me tocó cargar a mí.  Atemorizados por posibles represalias si aquellos seres volvían, los caciques locales habían finalmente aceptado la protección del Inca y éste había enviado a mi amo al frente de una pequeña fuerza expedicionaria, para evaluar la situación.

 

Hoy mi amo tenía por delante un largo día de reuniones y audiencias con diversas tribus de la isla, así que me dejó libertad para deambular a mi aire, eso sí siempre dentro de la empalizada que estaban acabando de construir como primera medida defensiva. A falta de los bloques de piedra de nuestro Cuzco natal, los ingenieros se veían forzados a utilizar simples árboles y ya habían talado una buena zona. Estaba comiendo tranquilamente en un rincón apartado del ruido cuando un peculiar aroma llegó hasta mí. Quedé sorprendido. Estaba seguro de ser el único de mi especie que había en la isla, porque fui el único miembro de mi pueblo incluido en esta primera visita. Pero no había confusión posible. En las cercanías se encontraba una hembra de mi especie, y en celo. Debo aclarar que aunque todavía soy joven, mi amo siempre se ha preocupado por proporcionarme hembras y creo que no ha quedado defraudado con mis capacidades como semental. Pero una ocasión furtiva de vez en cuando tampoco viene mal.

 

Miré alrededor y la descubrí. Justo al borde de la zona recién talada. Allí estaba, preciosa con su piel clara (que digo clara, blanca como la espuma) y con su melena al viento. Hasta sus andares eran fascinantes. Fue amor a primera vista. Iba a llamar su atención cuando descubrí que no estaba sola. De hecho, era una prisionera, como yo. Su amo, uno de aquellos seres barbudos descritos por los indígenas, parecía sorprendido al ver el bosque talado y tiró de ella para alejarse de allí. No me lo pensé ni un momento. Salí tras ella, el amor de mi vida, sin pensar en las consecuencias de mis actos.

 

Durante horas los seguí a ambos, manteniéndome siempre a favor del viento para evitar ser descubierto. Dos cosas me llamaron la atención durante aquel seguimiento, aunque sólo mencionaré una; la otra es demasiado vergonzosa porque tiene que ver con el trato vejatorio padecido por mi amada a manos de su amo. Yo mismo había pasado por ello alguna vez, con las crías del mío. Hubiese querido intervenir pero me dije que un ataque impetuoso contra un enemigo de poderes desconocidos no era una buena idea. Pronto la salvaría de todo aquello, pero tenía que urdir un buen plan. El otro detalle inesperado lo descubrí muy al principio, al pasar por los mismos lugares por donde ella había pasado. Pude comprobar para mi sorpresa que mi amada era bastante más grande que yo, me sacaba más de una cabeza. Pero estoy seguro que eso no será un obstáculo al amor verdadero.

 

Llegamos a la costa, y ante mis ojos se muestra una escena casi indescriptible. Cientos de aquellas criaturas moviéndose como hormigas están construyendo todo un asentamiento, rodeado de una gran empalizada. Mientras mi mirada trata de encontrar algo de cordura en aquel tremendo enjambre, un tremendo ruido llama mi atención hacia el mar. Y allí aparece lo más inconcebible. Hasta donde alcanza la vista, está lleno de grandes canoas (como la flotilla que nos había traído a mi amo y a mí a esta isla), pero de un tamaño descomunal y que se alzan varios metros sobre las olas. Consigo contar unos diecisiete, de muy distinto tipo y aspecto. De la mayor de ellas, se alzaba un penacho de humo blanco y, mientras miro, vuelve a sonar aquel estruendo y otro penacho similar se eleva entre las velas. Aquello debe ser algún tipo de señal, porque todos aquellos seres interrumpen su actividad y poniendo una rodilla en tierra parecen atender a uno que subido en una especie de tribuna situada en el centro del campamento, inicia un extraño cántico.

 

Con ser todo ello sorprendente, lo que más me desconcierta es descubrir, en uno de los lados de la empalizada, un recinto al que había sido conducida mi amada y donde puedo ver a otros miembros desconocidos de mi especie, similares pero a la vez distintos, principalmente por su gran tamaño. Son una treintena de individuos y se les ve flacos y maltratados, quizá por el viaje desde tierras lejanas allende los mares. Aprovechando la interrupción y que toda la atención de sus amos está centrada en otra cosa, me acerco hasta donde están mis congéneres y trato de conseguir información. Es inútil, no tenemos la misma lengua.

 

No puedo enfrentarme a esto sólo. Lo mejor será volver junto a mi amo y prevenirle de alguna forma contra estos invasores. Con su ayuda, podré recuperar a mi amada. La busco con la mirada entre el grupo de esclavos, pero no la veo. Y entonces, todos mis planes se vienen abajo. En mi preocupación por ella había abandonado cualquier disimulo, o quizá no todos aquellos seres prestaban atención a sus ritos. El caso es que, cuando quise darme cuenta me encontré rodeado por varios de aquellos caras pálidas. Intento forzar el cerco y ataco al que parece más débil. Lo derribo, pero no sirve para nada porque otro ocupa su lugar. Y como mi lejano antecesor, pronto diversos lazos de atrapan por el cuello y extremidades derribándome al suelo.

 

 “Almirante Colón, señor, venid y mirad. Este caballo de baja alzada que hemos capturado recuerda a los descritos por Marco Polo en la corte del Gran Khan y, fijaos, ¡sus herraduras son de oro macizo!”