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Tan solo un susurro

Sánchez, Juan Manuel

 

La sala era milimétricamente aséptica incluso en sus formas. no había nada de más, ni tan siquiera una mota de polvo y si la hubiera seguro que alguien la habría catalogado, censado y tabulado en algún formulario perdido en aquel enorme hospital. Se acercó a la ventana y anuló la polarización para poder ver mejor el exterior. Una catarata de luz invadió la sala. las paredes inmaculadamente blancas multiplicaron la luminosidad hasta hacerle sentir que estaba rodeado de hielo. Fuera, el paisaje fue componiéndose a medida que su vista se adaptaba a la situación.  No era su mundo natal y muchos aún se sentían incómodos al contemplar aquel yermo rojizo y la enorme luna que se alzaba cada noche en el cielo. sin embargo a él le encantaba: sabía que era su hogar y se había acostumbrado a vivirlo tal y como era. Le fascinaban las enormes tormentas de polvo que periódicamente cubrían gran parte de aquel mundo. Para un arqueólogo como él era el mundo perfecto. aún se levantaban enormes restos de la civilización que les precedió, restos en su mayoría de enormes construcciones en las que aquellos seres debieron de vivir apilados como insectos. Los primeros análisis de las estructuras demostraban que aquellas viviendas eran absolutamente ineficientes en cuanto a la conservación del calor o de la energía. los espacios estaban tabicados con lo que la idea de unos seres sociales era muy difícil de sostener: No encajaba con el concepto de colmena. No terminaba de comprender cómo los habitantes de aquel mundo se encerraban en enormes construcciones comunitarias para después construir de nuevo habitáculos más pequeños en los que conservar la individualidad.

Un suave zumbido a su espalda le hizo saber que los servomecanismos de la puerta la estaban abriendo. volvió la vista y de encontró de frente con el doctor al cargo del cuidado de su esposa.

— ¿Cómo estás, Doc? —saludó el recién llegado.

— Esperando noticias, Doc  —contestó este a su vez.

— ¿Acaso quieres quedarte ciego? –dijo el médico mientras se dirigía a la ventana y polarizaba el cristal—. Pusimos estos filtros para algo.

  Ambos se conocían bien desde muchos años atrás. habían nacido en la misma colonia. Se hicieron amigos en la escuela, durante el largo viaje que les llevó desde su mundo natal hasta este que habitaban ahora. Fueron compañeros de estudios hasta la universidad, cuando uno se decantó por la medicina y el otro por la arqueología. se doctoraron a la vez, por eso se referían el uno al otro con un afectivo “Doc”.

  — Tu esposa está bien, no debes preocuparte –se acercó a la pared y con un gesto de la mano un panel se deslizó dejando a la vista un recipiente con agua caliente y diferentes infusiones– ¿Tomas algo?

  — No, gracias –respondió con un gesto de impaciencia—. ¿Cuánto crees que va a durar esto? Hace dos horas que no sé nada. Espero que esté todo bien.

  El médico levantó la vista al techo con un gesto teatral

  — ¡Padres primerizos! ¡El terror de los médicos!... No tienes que preocuparte de nada –hizo un gesto con los brazos extendidos—. Todo el personal de esta institución está atento a la llegada al mundo del vástago del arqueólogo más rebelde e iconoclasta de nuestra historia reciente.

  — No te rías de mí –se puso serio y se acercó de nuevo a la ventana—. Sabes que mi teoría será rechazada y enviada a la papelera unánimemente por todo el Consejo Superior: peligra hasta mí puesto en la Universidad…

  — No seas tan pesimista. Has creado una corriente de pensamiento, que es más que elaborar una teoría. Has conseguido que un montón de personas presionen para que se investigue en la línea que tú has trazado –se detuvo buscando una cucharilla—. ¡Despedirte! No se atreverán a tanto, aunque… —hizo una pausa y miró fijamente a su amigo– he oído que tal vez te sancionen. Lo siento Doc. No pasarán por alto el desafío.

  — ¡Estamos en peligro! No puedo callar después de tantos años viajando por la nada para lograr un mundo que nos acoja ¡Míralo! – despolarizó de nuevo la ventana con un gesto violento— ¡Es hostil! ¡No nos dará oportunidad alguna! – se volvió hacia su amigo–. Doc… Tú has visto las pruebas conmigo, te las mostré antes que a nadie: todas las razas que han habitado este planeta han convergido a una. ¡Es como una maldición! – señaló con un dedo al exterior—. Estas ruinas no las dejaron ni la primera ni la segunda ni la décima raza que ha vivido aquí. muchos fueron parias del universo, como nosotros que tuvimos que abandonar nuestro mundo. Doc… —miró fijamente al doctor—. Tú y yo nacimos en una maldita nave espacial, por mucho que la llamáramos Colonia. Nuestra casa era un camarote precipitadamente habilitado por nuestros abuelos para huir del desastre. Muchas de las razas que han habitado este mundo eran como nosotros. Algunas de ellas eran infinitamente más resistentes al cambio genético de lo que somos nosotros… Y eso no las salvó  –puso ambas manos en los hombros de su amigo—. Doc… Tienen que entenderlo: Todas las razas con el tiempo terminaron siendo seres bípedos con simetría bilateral… Y en eso es en lo único en lo que se parecieron a nosotros. en todo lo demás… ¡Dios mío! ¿Es que estamos ciegos?

El médico tomó las manos de su amigo y las apartó de sus hombros. no sabía qué decir. Las pruebas que una noche le presentó lleno de entusiasmo parecían consistentes con lo que decía, pero no encajaban ni con la medicina ni con la genética. Pretender que existía un factor ambiental que determinaba a cualquier forma de vida inteligente ajena al planeta a reencarnarse siempre en la misma raza, era poco menos que atribuir a ese mundo una conciencia casi divina. El Consejo no iba a pasar por alto esa aproximación al pensamiento religioso que tantos años había tardado en contener durante el viaje.

Pelearon duro contra las sectas y religiones que dividían a los viajeros hasta lograr un pensamiento crítico y coherente con la situación anómala que estaban viviendo. Ahora, un arqueólogo sin conocimientos de evolución o de genética se sacaba de la manga un nuevo apocalipsis, un juicio divino que enfrentaría a todos contra todos hasta la destrucción final. Había grupos en la calle que presionaban a los gobernantes para que hicieran algo. Muchos de esos grupos no habían comprendido el asunto ni la trascendencia del mismo. Algunos pensaban que esa evolución era la razón de la existencia su propia raza. tenían que alcanzar un estado belicista que dictara quién vive y quién muere. achacaban a las razas que anteriormente lo habían intentado no ser “las elegidas”. Para esos grupos aquellas eran razas inferiores con las que el planeta había ensayado lo que ellos llamaban “evolución planetaria”. Difundieron octavillas con la frase “El bienestar es el fruto de las batallas y matanzas”. Hablaban del siguiente paso, que no sería otra cosa que magnificar el estado actual y convertirlo en una “evolución galáctica”. Otros grupos tomaban un camino diferente: postulaban que el Consejo nunca escucharía los gritos pero tal vez prestara atención a un susurro. Se habían constituido en hermandades herméticas que esperaban conseguir el favor del gobierno dándoles el trabajo hecho. Pretendían usar las Colonias en órbita como un repositorio para la raza. allí se guardarían ejemplares “puros” para refrescar la sangre de los habitantes cuando los síntomas de mutación comenzaran a hacerse evidentes. Ya habían juntado fondos y habían adquirido dos de las viejas naves que rebautizaron como “Perfecta” y “Pacífica”. En la primera querían crear un enorme banco genético con capacidad para replicar ADN y utilizarlo para eliminar los signos de cambio según fueran apareciendo. en la otra pretendían organizar un sistema de gobierno basado en el único código que, según ellos, era compartido por toda la comunidad: El código genético.

  La voz de su amigo le sacó de sus pensamientos.

  — Tú tampoco me crees, ¿verdad? No te culpo –se dirigió al estante con las infusiones y comenzó a jugar con los sobres—.  Créeme. Me gustaría, me encantaría estar equivocado. Pero sé que no lo estoy. Tal vez me embarque en la Pacifica. Me han ofrecido un cargo en su futuro gobierno y la garantía de que mi esposa y mi hijo vendrán conmigo. Además, me permitirán proseguir mis investigaciones.

  — Estás adelantando acontecimientos, Doc –interrumpió el médico—. Llevamos aquí casi dos décadas y no se ha detectado ni  un solo caso de mutación que concuerde con tu teoría. Si algo bueno ha traído tu estudio es que se ha realizado un estudio genético de carácter universal. Jamás tuvimos datos tan precisos de los cambios de la población a nivel molecular. Te garantizo que seguimos siendo lo que fuimos.

  — El cambio será instantáneo y masivo –rebatió el arqueólogo—. No habrá aviso. Mutaremos a toque de silbato –se dejó caer desmañadamente en una silla–. No habrá tiempo, Doc… ¡No lo habrá!

El buscador del médico iluminó uno de los bolsillos de su bata al tiempo que un zumbido avisaba de un mensaje entrante. El doctor se lo llevó al oído y escucho atentamente. por un momento una nube de preocupación cubrió su rostro, pero un segundo después levanto la mirada hacia su amigo con una sonrisa.

— Bueno, Doc… ¡A trabajar!

— ¿Seguro que todo va bien? He visto tu cara mientras escuchabas el mensaje…

  — Querido amigo –dijo el médico mientras tecleaba hábilmente en su comunicador—. Sabes que tu esposa tiene toda mi atención, pero este hospital tiene más pacientes y no todos vienen por algo tan bonito como traer un hijo al mundo –guardó el aparato en su bata—. Me llaman de varios frentes, pero me han comunicado que tu esposa estará preparada en diez minutos. ¡Es lo bueno de los partos programados! No hay sorpresas —Dio la mano a su amigo y se encaminó a la puerta—. Te veo dentro de un rato para presentarte a tu hijo. Relájate. ¡A partir de hoy vas a dormir bastante menos!

Relajarse no parecía posible en ese momento. Con la espada de Damocles sobre su empleo y un hijo llamando a la puerta, el relax se antojaba inalcanzable. Volvió a ajustar la ventana hasta dejar la sala en semioscuridad  y decidió concentrarse en la llegada de su hijo. No había querido saber el sexo. su esposa y él querían disfrutar de la paternidad al máximo. Pensó en su padre. vio de nuevo como su ataúd era arrojado al espacio mientras se agarraba con fuerza a la mano de su madre. En ocasiones echaba de menos el perfecto orden de la Colonia, una vida monótona, pero sin sorpresas… Tranquila… El sopor le comenzó a vencer…

Se despertó en la más absoluta oscuridad. En el exterior la noche era pesadamente oscura. Ajustó la ventana a la máxima transparencia pero únicamente logró ver las siluetas del terreno bajo la suave luminiscencia azulada que se desprendía del hospital. Ninguna estrella colgaba del cielo. Miró apresuradamente su reloj y descubrió con inquietud que había pasado más de dos horas desde que el médico había abandonado la sala. Los servomecanismos de la puerta llamaron de nuevo su atención y una vez más el doctor atravesó el umbral: su cara lo decía todo: El médico bajo la cabeza sin querer que sus ojos se encontraran.

— No sé qué decirte, Doc hemos hecho todo lo posible pero…—sus hombros se estremecieron—. No ha sido suficiente. –Se acercó a la ventana para esquivar la mirada de su amigo—. He tenido que decidir… He creído que tu esposa tenía más oportunidades que el chico… He actuado en consecuencia. pensando qué querrías tú. De verdad, Doc. El chico no tenía posibilidades, no hubiera vivido más allá de unas horas…Como mucho un par de días ¡Parecía que todo iba bien!  — se le quebró la voz—. ¡Lo siento mucho!

El arqueólogo no se había movido de la silla: estaba congelado. Aún tenía el brazo extendido y la manga recogida mostrando su reloj de pulsera. En la sala el aire parecía gelatina: denso, asfixiante. El procesador de soporte ambiental funcionaba, pero sus sentidos se negaban a reconocerlo. Casi le daba pena el médico. Parecía que era él quien hubiera perdido un hijo. Tomó una bocanada de aire antes de hablar.

— ¿Puedo verlos?

—Tu esposa está sedada. estará bien, pero por ahora es mejor que duerma.

—Esa es sólo la mitad de la respuesta, Doc. ¿Qué hay del niño?

—Verlo no le devolverá a la vida. Ya has sufrido demasiado por hoy, créeme. Verlo sería demasiado castigo.

— ¿Cuánto hace que nos conocemos, Doc? –preguntó el arqueólogo.

— ¿Qué pregunta es esa? –el médico giro la cabeza hacia él—. Desde que nacimos. ¿Por qué lo preguntas?

— Porque creo que me estás mintiendo.

— ¡Te estás volviendo un paranoico! ¡Esto no es una de tus malditas teorías apocalípticas! Has perdido un hijo, las cosas no han salido bien, estás dolido, quizás hasta me culpes ahora…  ¡Pero no consentiré que me trates así!

— ¿Por qué te enfadas, Doc? ¿Dónde está tu fama de hombre contenido, de cirujano imperturbable? –se levantó lentamente de la silla—.  Ahora estoy seguro de que me ocultas algo. y lo voy a descubrir.

— No digas tonterías. No estás bien –el médico se colocó entre él y la puerta—. Acabas de sufrir un enorme impacto emocional: eso es todo. intenta relajarte. Tu esposa te va a necesitar muy sereno. Ha sufrido mucho. aún no sabe nada del niño. No se lo hemos dicho.

Antes de que el médico pudiera reaccionar, lo esquivó y salió corriendo por el pasillo. recodaba el lugar al que habían llevado a su esposa. Encontró la habitación con facilidad.

Ella  yacía inconsciente entre una maraña de cables y tubos que conectaban su cuerpo con un pupitre lleno de luces parpadeantes. Reconoció el ritmo firme del electrocardiograma y respiró  tranquilo al ver que estaba viva. Estaba tomando su mano cuando un ruido llamó su atención. No se había fijado en el pequeño nicho que había en un lateral de la habitación. prestó atención. El ruido se repitió y ya no tuvo dudas: era el llanto de un niño. Temía lo que se pudiera encontrar. Lentamente apartó la sábana que cubría al niño. Las rodillas le fallaron cuando vio lo que había en la cuna.

— Te dije que no lo hicieras, sonó la voz jadeante del médico desde la puerta— Aléjate de él, por favor…

Lo hizo. Poco a poco se plantó delante del espejo del baño abrió el grifo y se refrescó la cara.

— Sabía que la mutación estaba a punto de comenzar… Pero no esperaba esto, Doc. ¿Has visto sus manos? Tienen… ¡Tienen cinco dedos! Y sus ojos…—rompió en llanto— Dos horribles ojos azules… ¡Azules!

Intentó serenarse: rebuscó en el bolsillo hasta encontrar un pañuelo y lentamente comenzó a secarse las lágrimas que manaban de su amarillo y único ojo.

 

 

Juan Manuel Sánchez Villoldo (Bilbao 18/7/62)

Ex locutor de radio en dístintas cadenas, ex colaborador y articulista de la revista "En ruta", dedicada al turismo, actualmente trabajando en Filipinas como Production Manager de Cygnal Canal 56.

Ha publicado:

  • “BLUE”, Finalista en el concurso literario “Las otras realidades
  • Gotten Wille” publicado con DOLMEN editorial dentro de la antología “Los albores el miedo
  • 120 palabras vacías”, seleccionado y publicado en la antología “Sentimientos” (letras con arte)
  • Siempre te querré”, publicado el antología “Evil Children” de “Vuelo de cuervos
  • Los Herederos” publicado en la antología de Ciencia Ficción de “Letras con arte
  • El regalo”, publicado en el blog especializado en literatura de terror “Vuelo de cuervos
  • El artesano” publicado en Vuelo de cuervos, especial “Muñecos diabólicos