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El cuaderno de Fergusson

Frini, Daniel

16 de junio de 1973. Hora 12:35

Libro de Guardia – Hospicio de Santa Magdalena - Ingresos

 

Sujeto NN masculino, aproximadamente 20 años. Estatura 1,75 m, cutis blanco, ojos marrones, cabello castaño. Aparente estado de shock. Examen médico muestra signos vitales normales. Evidentes signos de haber sido golpeado en rostro y extremidades superiores. Ingresa con custodia,  acompañado por el Sargento de Policía de la Provincia, don Lucio Martínez, quien refiere que efectivos de la fuerza pública retiraron al individuo de un domicilio en zona rural y manifiesta que el sujeto no pronunció palabra en ningún momento. No se acompaña con documentación personal ni datos filiatorios fidedignos. No se acompaña con historia clínica. No hay efectos personales. Actuaciones: Juzgado Penal N°3, causa 3-1-6-7. Se le asigna número 2-1-5. Se aloja en Pabellón “B”, sala 3, habitación 12. Médico de guardia Dra. María Estensoro. Médico responsable Dr. Aldo Fergusson

 

Ahora vivo bien. Tengo techo y comida gratis, buenos amigos y buenos guardianes que me cuidan y atienden, con la única condición de que sea educado, no de problemas y haga todo lo que dicen los médicos. Vivo en una casa grande, pintada de blanco, y duermo en una habitación sin ventanas, con almohadones en las paredes. Me sacaron toda mi ropa, y me vistieron con un pantalón azul, con un elástico en lugar de cinto;  y una camisola, también azul, sin botones. Uso unas zapatillas sin cordones.

Hay una alambrada alta que rodea el parque. Los doctores no me dejan salir fuera de la cerca, porque dicen que las personas que viven allá no me quieren. Pero sí me permiten jugar en el jardín dos veces a la semana. Ahí paso mis mejores horas. Hablo, hablo y hablo con cualquiera que me quiera escuchar. A veces no hay nadie cerca de mí, pero eso no importa. Igual sigo hablando. Peleo, silbo, corro, lloro. Y también río. Me gusta el jardín.

 

27 de junio de 1973

Fragmento de una carta de Aníbal Fourcales, guardián del Hospicio de Santa Magdalena, a su hermano César; que vive en la Capital

 

 “…hace unos días trajeron a un muchacho joven, en muy mal estado. Lo pusieron en mi pabellón y me dijeron que lo tenga muy vigilado. No sabemos qué ha hecho, pero parece que es muy grave y está en las habitaciones de máxima seguridad. No habla ni coopera para nada; así que el doctor Fergusson ordenó un tratamiento con drogas. Lo dejamos salir al patio, de vez en cuando. Normalmente está muy quieto, como catatónico; y, de pronto, empieza a correr, saltar y gritar. En esos casos, el doctor ordena el tratamiento especial…”

 

A veces me pegan, pero a mí no me duele. Antes si me dolía, pero ahora no; porque sé que lo hacen para que yo me porte bien. Y como yo quiero ser bueno, sé que es adecuado que me peguen. Otras veces me ponen inyecciones y yo duermo. ¡Y es tan lindo dormir! Sueño mucho. Sueño que corro por una plaza grande, llena de sol; y que los médicos me persiguen; corren, pero nunca me alcanzan. Entonces yo me detengo, me doy vuelta y los miro y soy muy alto, y ellos son chiquitos como las hormigas, y tratan de pegarme; y me rio y los piso y ellos retuercen sus patitas antes de quedarse quietos.  Mi vida ha cambiado, como debía ser.

 

11 de julio de 1973

Causa Penal 3167 – Juzgado Penal N°3, Dr. Ramos Padilla, Secretaría de la Dra. Hilbert. Transcripción parcial del testimonio de la señora María Castagnino, vecina de la familia.

 

“…era una familia con problemas. No los conocí muy bien, porque éramos nada más que vecinos. El padre alquilaba el campo, y vivían de lo que les daba la tierra; que no era muy buena, porque está del otro lado del arroyo, que es diferente a las de más acá. Nuestras casas están como a dos leguas la una de la otra, y solíamos vernos los domingos en la iglesia o una que otra vez en el pueblo. El señor era muy buen hombre, con algunos problemas serios en el trabajo; y con un carácter bastante fuerte. Parece que debía mucho dinero. Algunos dicen que le gustaba mucho la bebida, pero yo no lo creo. La madre era una santa. Daba la impresión de ser humilde, sumisa; aunque a veces solía verla algo alterada, y otras no. Creo que tomaba pastillas para los nervios…”

 

Antes yo no era feliz, porque mamá y papá peleaban mucho, hasta por cosas triviales. Yo se que se querían, pero no podían estar juntos; aunque hacían lo posible, sí señor. Desde que se conocieron, sintieron afecto el uno por el otro; pero a pesar de ese cariño grande, nunca hubo amor. Se casaron porque sus padres así lo habían planeado.

Me esperaban, porque creían que los hijos solucionarían sus problemas. Pero yo no llegaba. Nací casi ocho años después de su casamiento. Estaban radiantes, me querían, creían que conmigo iban a ser felices, pero no fue así. Antes de mi primer cumpleaños, mamá tuvo una rara enfermedad. La operaron y no pudo darme un hermano. Sin quererlo, papá la acusó por eso. Lloró mucho: había soñado con una familia grande, como las buenas familias del campo, y quedaba condenado a tenerme sólo a mí. Poco tiempo después, notaron que yo no era un niño normal. Papá y mamá hicieron lo posible para que yo me curara. Probaron con los mejores médicos, los más renombrados hospitales, los remedios más caros, se endeudaron mucho, pero era inútil. Crecía mi cuerpo, pero no mi cabeza. Yo era un tonto perdido. Empezaron a culparse uno al otro por mi problema, ¡y yo ni me daba cuenta que tuviese un problema! Yo, tonto; papá cansado de trabajar cada vez más; y mamá deprimida y llena de pastillas; el dinero que no alcanzaba; y los gritos todos los días; y más y más fuertes cada vez. Pero yo los quería.

 

Cuando tenía quince años, Él vino por primara vez.

Me habló mucho durante muchas noches. Me moldeó y logró destapar mi mente. Me enseñó a leer, me educó, me mostró otras gentes y otros países. Me habló de personas buenas y malas, de héroes y cobardes, del cariño y el odio; y del amor niño y débil de mis padres. Fue Él quien me mostró mi vida y el dolor que había causado sin quererlo; Él me dijo que yo debía ser quien uniera a mis padres y revelarles que, en realidad, habían sido creados el uno para el otro; explicarles sobre la pureza de la ternura, sobre la pasión y el deseo cristalino de estar juntos, de respirar uno el aire del otro; la magia de ser hombre y mujer, y ser, sin embargo, uno solo; el milagro de continuar sus propias existencias a través de mi, sin que importase mi mente atrasada. Tres años largos le llevó instruirme, hasta ese día de otoño en que estuvo muy claro lo que debía hacer.

Esa mañana maté a mamá.

 

18 de julio de 1973

Causa Penal 3167 – Desgrabación del testimonio del señor Emilio Cabrera, peón del establecimiento “La laguna”.

 

 “…¿ese día? No. Puedo jurar que no escuché nada. Quizá sea por el viento, que soplaba en contra. Su casa está como a seiscientos metros al poniente de la nuestra, pero no oímos nada. Si. Como a eso de las once y media volvió el padre. Vimos pasar la camioneta por el camino que está frente al campo nuestro, Bastante rápido, pasó. Unos dos o tres días después fui para el lado de la aguada, y la vi estacionada en el patio. Cuando pasé de vuelta, a la tardecita, todavía estaba ahí. Cosa medio rara porque el padre era cuidadoso: o la estaba usando, o la guardaba en el galpón. Pero nunca me hubiera imaginado… A la semana larga, fui a devolverle unas herramientas que me había prestado. Cuando vi la camioneta todavía en el mismo lugar, me asusté. Y cuando me golpeó el olor —porque fue como un puñetazo en la cara— corrí para avisarle a la policía, sin tocar nada…”

 

La noche anterior papá y mamá habían peleado, y hasta se habían pegado. Muy temprano, en la mañana, papá viajó hasta el pueblo para hacer algunas compras y arreglar un problema en el banco; y nos dejó a mamá y a mí solos.

Ella estaba preparándome el desayuno: una taza de leche con chocolate bien caliente y dos tostadas con mermelada de durazno. Estaba de espaldas a mí. Me acerqué despacio y la abracé desde atrás como todos los días. Ella dejó un momento la taza sobre la mesada de la cocina y acarició mi mano, antes de que yo empezase a apretar su cuello con mi brazo derecho, sosteniendo su cabeza con el izquierdo. Creo que sintió sorpresa. Apreté más y más, con todas mis fuerzas. Ella trató de pegarme y comenzó a mover sus piernas dando patadas. Tiraba mis pelos, arañaba mis mejillas. Desparramó el desayuno por la mesada, Hizo caer al piso los platos y cubiertos que estaban secándose desde la noche anterior, y un par de sillas. No aflojé mi abrazo. Poco a poco, fue quedándose quieta; y, finalmente, pude soltarla. Cayó al piso, sobre la pila de platos rotos, con los ojos bien abiertos. Me causó gracia verla así.

Arrastré a mamá hasta el sillón de la sala. La senté. Fui hasta su dormitorio, busqué sus pinturas y la chalina que se había comprado en su último viaje a la ciudad, y que tanto le gustaba; pinté sus ojos y sus labios, puse rímel en sus pestañas y rubor en sus mejillas. «Parece una mujer de Picasso» se rió Él. Y nos pusimos a charlar con ella hasta que llegase papá.

Cerca del mediodía, escuché el motor de la camioneta. Mi padre bajó y caminó lentamente hasta la casa. Abrió la puerta, entró, atravesó el zaguán, llegó hasta la sala y nos vio a los dos en el sillón. A Él no lo vio. Creo que le llevó demasiado tiempo entender qué estaba ocurriendo ¡Tenía una expresión tan idiota en su rostro! Dejó caer de sus manos la bolsa que traía, y apuró el paso hasta donde estaba el cadáver de mamá y me miró. En su cara se dibujó la explosión de haber comprendido todo de repente; y quiso salir corriendo hacia el jardín de la casa. ¡Yo no podía dejar que lo arruinase todo! Tomé la escopeta que había dejado preparada, y lo llamé dulce, suavemente: «Papá…». Sin tener muy en claro qué hacer, giró y me miró a los ojos. Desde no más de tres metros, descargué los dos cartuchos a la vez. La perdigonada le barrió el pecho y la cabeza. Voló hacia atrás y cayó en la mesita del zaguán donde estaban las fotos de los abuelos, y de ellos dos el día de su casamiento. Y lejos de mamá.

Dejé la escopeta. Me lavé las manos. Desayuné. Después, llevé a mamá y papá a la cama matrimonial. Los diez días siguientes los pasamos juntos. ¡Fueron los días más felices de nuestras vidas! Yo les llevaba la comida a la cama. Le limpiaba la sangre a papá, hablaba con ellos, jugábamos como nunca habíamos jugado. Sin gritos, sin golpes, sin peleas.

 

22 de julio de 1973

Registro en la Carpeta Médica del paciente 215, firmada por el Dr. Di Bernardis.

 

Falta la parte superior de la hoja. El primer renglón presente, está borroneado y es ilegible. No se encuentra la anotación de la hora, se supone que corresponde a la ronda periódica de las veinte.

“…el enfermero encontró al paciente muerto. La causa aparente es suicidio, para lo cual utilizó las sábanas de su cama, atadas a la cabecera de la misma. En las horas anteriores, el paciente se mostraba con un cuadro depresivo profundo, compatible con otros síntomas comunes a su enfermedad. Se envía el cuerpo a la morgue. Se adjunta actuaciones, planillas AC-18D y demás.”

 

Al décimo día fueron a buscarme y me trajeron aquí. Ahora vivo bien. Tengo techo y comida gratis, buenos amigos y buenos guardianes. Todo está bien. A veces me pegan, pero sé que es para que aprenda. No hablo mucho porque no quiero molestar a nadie con problemas que son míos, y, por otro lado, no tengo nada importante para decir. A veces me dan pastillas y me duermo. Sueño con mamá y papá. Ella aún me mira con sus ojos abiertos, muy grandes. Papá tiene la cara destrozada, pero a través de la masa de carne sanguinolenta, me sonríe con sus dientes muy blancos.

A Él nunca más lo he vuelto a ver. Lo extraño.

 

Agosto de 1973.

Texto encontrado en un cuaderno de apuntes N° 8, del Dr. Aldo Fergusson, en oportunidad de la investigación policial de su muerte.

 

El Dr. Aldo Fergusson apareció muerto en su domicilio, aparentemente desangrado. Presentaba signos de tortura, tenía el brazo derecho y el pie izquierdo amputados. Sin embargo, todas las heridas parecieron ser autoinfligidas, y ninguna línea de investigación condujo a otro resultado distinto del suicidio. Se encontraron, también, objetos concordantes con la práctica de algún ritual, de tipo religioso, desconocido.

El cuaderno en cuestión, del tipo escolar, cien páginas y lomo pegado, es el último de los 8 que había guardados en un cajón del escritorio, en su casa. Es el único manchado con sangre. Éste, como los siete anteriores, muestra observaciones técnicas realizadas por el médico durante su trabajo. A modo de ejemplo, hay un sinnúmero de anotaciones referidas a las respuestas de los pacientes a determinados medicamentos. Sin embargo, las últimas páginas; aun habiendo sido escritas, sin duda alguna, por el doctor, muestran una letra más ligera y apurada, y no respetan los renglones del cuaderno. Además, la temática de los textos que en ellas se encuentran es claramente distinta al tenor general del resto del cuaderno. De esta parte, que ocuparía el tercio final del cuaderno, han sido arrancadas, descuidadamente,  unas siete hojas al principio y otras cinco o seis de la zona media. No se encontraron vestigios que apunten a la destrucción de las mismas por parte del Doctor, y se desconoce su localización. Un examen forense de huellas dactilares sólo muestra impresiones del Dr. Fergusson. La última fecha registrada, que se encuentra en las páginas normales, es del 23 de julio de 1973, por lo que las anotaciones anómalas deben ser de entre quince días y un mes más tarde. No hay ninguna indicación que diga a quienes se refiere, aunque se supone que uno de los personajes es un interno del Hospicio de Santa Magdalena, donde trabajaba el médico.

“… lo ha hecho de nuevo. Pasé por su habitación a eso de las tres de la tarde y lo estaba haciendo. No sé si podremos soportar lo que está por pasar. Por eso ya no lo dejaba salir al patio de juegos. Al fin y al cabo, sus padres fueron afortunados. Deberé hacer algo, pero no sé cómo detenerlos. No tengo tiempo. Ya llegan. Mientras tanto, Él estaba allí en el Hospicio. Lo vi, y sé que él me vio. No hay tiempo. Ya es muy tarde. Por Dios, ya es muy tarde. Ahora, Él está aquí, en mi casa. En unos días, yo estaré muerto. Todos estaremos muertos.”

 

Daniel Frini

Ingeniero, escritor y artista plástico argentino (Berrotarán, Provincia de Córdoba, 1963) Fue redactor y columnista en varias revistas, En 2000 publicó “Poemas de Adriana” (Ed. Libros en Red, Buenos Aires); y tiene dos libros de cuentos, a punto de ser editados en papel: “El Diluvio Universal y otros efectos especiales” (Ed. Andrómeda, Buenos Aires) y “Manual de autoayuda para fantasmas” (Ed. Micrópolis, Lima, Perú). Colabora en varios blogs y ha sido publicado en e-zines y en revistas digitales y en papel. Integra el Grupo Literario “Heliconia” y coordina el Taller Literario Virtual “Máquinas y Monos” de la revista digital “Axxón”. Ha sido traducidos al inglés, francés, italiano, portugués y uzbeko. Fue distinguido con varios premios literarios, participó en varias antologías de relatos y poemas, participó como jurado en varios concursos y prologó varios libros.