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El final

Echeverría, Guillermo

 

La lluvia color herrumbre por fin dejó de caer, después de once meses de teñirlo todo. Todavía hace un calor seco y sofocante, pero en algún momento también cesará.

Veredas hundidas y rotas, casas vacías y tapiadas, vidrieras destrozadas, esqueletos de edificios y de los otros adornándolo todo, construcciones semiderrumbadas, ése es el telón de fondo de nuestro sufrimiento.

Dentro del refugio se siguen escuchando esas toses secas; la gente escupe flemas de color oscuro de sus gargantas rojo-anaranjadas, y de sus ojos sale algún fluido corporal blanco-amarillento. Sin embargo, muchos de nosotros no estamos enfermos, cierta clase de inmunidad nos protege.

La humanidad se termina y estamos asistiendo a su agonía.

Fin de la cinta noventa.

 

Hoy estoy muy cansada, hace casi dos días que no duermo, algunos empezaron a empeorar: vómitos, convulsiones, tos imparable, calambres, un repertorio completo de atrocidades. Ya enterramos a siete.

Es muy agotador estar todo el tiempo en tensión, atendiendo a todos, pensando en salir a buscar comida, curando heridas supurantes; por suerte la tengo a Vero, ella me ayuda y me levanta el ánimo cuando estoy mal, no sé qué haría sin su amor.

Vivo temiendo que algo le pase.

A veces me pregunto si vale la pena seguir así, sólo resistiendo, esperando que todo termine.

—¡Sara!

¿Qué pasa?

—Silvia y Joaquín murieron

Ya son nueve.

Fin de la cinta ciento doce.

 

Salir de nuestras inmundas guaridas es morir o agravar nuestras enfermedades aún más.

El infecto polvo en suspensión quema los pulmones.

Debemos hacer incursiones de no más de veinte cuadras para tratar de encontrar algo que mitigue nuestra hambre, pero no hay mucho. Recuerdo cuando era pequeña, cómo los animales que, con los meses, iban llegando a la ciudad, estaban cada vez más raquíticos, y se quedaban tirados en manadas esperando morir. No tenían nada de carne sobre sus huesos, no servían para comerlos, así que mis padres decidieron matarlos para que no sufrieran. Aquella fue una decisión que provocó muchas discusiones, algunos decían que debíamos ocuparnos de nosotros y dejar que los animales se las arreglaran como pudieran, y otros opinaban que si la humanidad debía extinguirse, había que hacerlo con dignidad y no dejar de ser “humana” por ello. Por suerte la cordura prevaleció y seguimos siendo todo lo piadosos que podíamos.

Hoy las plantas ya casi no existen, solo los hongos, que son los que nos han alimentado todo este tiempo. Tenemos que dar gracias por ellos, pero necesitamos proteínas y esas son las que faltan.

Fin de la cinta ciento veintidós.

 

Empujados por la necesidad hemos ido un poco más allá de las zonas conocidas. Toda una fauna nueva está conquistando el mundo, saliendo vaya uno a saber de qué infecto agujero.

Hay unos gusanos blancos, casi transparentes, de alrededor de treinta centímetros, que tienen un gusto amargo insoportable y provocan vómitos sin siquiera comenzar a digerirlos. Insectos parecidos a abejas, del tamaño de un pocillo de café, de un tono amarillo desabrido, y con un aguijón que mata en cuestión de segundos. Éstas son sabrosas, pero cuesta mucho cazarlas: los enjambres son numerosos y no vale la pena perder diez o quince hombres para darle de comer a cuatro o cinco. Para peor, atacan en forma coordinada, como los viejos lobos.

También hay cosas parecidas a arañas, de color anaranjado pálido, que construyen telas comunitarias —en las que cualquier niño de cuatro o cinco años, desnutrido como los nuestros, constituye una presa fácil—. Son excesivamente saladas y es imposible desalarlas: unas pocas horas en el agua y se pudren.

Los nuevos insectos —cucarachas y otras alimañas mutadas a partir de los viejos especímenes—, tarde o temprano empezarán a alimentarse de nosotros. En realidad, las cucarachas ya lo hacen; si llegan a lanzarnos ese líquido viscoso, verde enfermo, que nos carcome como ácido, no tenemos salvación alguna: ya somos comida. Miden alrededor de veinte centímetros. El líquido que escupen corroe lo suficiente como para matar a su víctima, y que a la vez quede carne para que el resto de sus compañeras puedan alimentarse.

Fin de la cinta ciento cuarenta y uno.

 

Estamos peor que antes, ahora convive con nosotros toda esa pestilente fauna que está mejor preparada que nosotros para sobrevivir en las ruinas.

A Vero le cuesta cada vez más levantarme el ánimo. El momento más placentero es cuando estamos en el rincón donde dormimos, tomando esa infusión parecida al café que sacamos de los frutos negros de una nueva planta que empezó a crecer por aquí. Es una especie de helecho que se reproduce por esporas y que además tiene ese fruto oscuro, pequeño y duro, que molemos para hacer las infusiones. La planta es un pequeño milagro porque, desde que nos damos ese inofensivo lujo, es como si hubiéramos recuperado un poco de normalidad en medio del caos: molerlo, preparar el agua, colarlo, es una ceremonia muy nuestra.

Sentir el abrazo de Vero y su torso tibio contra el mío es maravilloso. Sus besos y sus manos son tan suaves.

Cada vez temo más por ella, es demasiado valiente y no repara en los peligros; cuando salimos siempre repite: "Recuerden, no dejamos a nadie atrás. Todos los que mueran hoy, mueren con nosotros; ni solos, ni en manos de esas cosas."

Todavía no vi a nadie con su puntería con el arco.

—¿Una taza?

Sí, sentate conmigo.

—Dale.

¿Vale la pena grabar todo esto?, no va a haber nadie para escucharlo.

—Sí, lo va a haber; no vamos a acabarnos tan fácilmente, tenés que seguir grabando, los que sobrevivan tienen que saber qué hicimos nosotros.

Cada vez es más difícil, cada vez mueren más.

—Si vos no estuvieras, seríamos muchos menos.

No sé cuánto más pueda soportar ese peso.

—Todo lo que sea necesario, yo lo sé.

—Ya está lista la pila, Vero.

—Gracias, Marcos.

»Voy al equipo.

Que linda es, todavía repite en la radio una frase de una vieja película que le escuchó a su abuelo: "Si estás escuchando, vos sos la resistencia".

¡Llevate el grabador!

—¡Gracias!

Fin de la cinta ciento cincuenta y tres.

 

Hola, soy Verónica, ¿alguien me escucha?...

Hola, soy Verónica, ¿alguien me escucha?...

Hola, soy Verónica, ¿alguien me escucha?...

Hola, soy Verónica, ¿alguien me escucha? ¡Mierda!

Hola, si me estás escuchando, vos sos la resistencia, no bajes los brazos, ¿Dónde estás?

—Hola.

¡Hola, soy Verónica!

—Hola.

¡Hola, soy Verónica!

—Kaixo, ni Mikel naiz, ¿Eta zu?

Hola, soy Verónica. ¡Hola! ¡Radio de mierda, la puta madre que la parió!

—¡Hola!

Hola, seguí intentándolo, ¡hola!

¡Hola!...

¡Hola!...

¡Hola!...

Hola, soy Verónica, ¿alguien me escucha?

Fin de la cinta ciento cincuenta y cuatro.

 

Tal vez haya una esperanza. Hace unas semanas descubrimos una nueva criatura. Debía ser un explorador, andaba solo; lo capturamos fácilmente, de alguna forma sintió nuestra presencia, pero no reaccionó a tiempo.

Tiene el cuerpo con la forma de una pelota de rugby, recubierto de pelo negro y duro, y es más o menos del tamaño de un perro mediano.

Posee cuatro patas similares a las de las aves y muy largas, con cinco dedos también largos. Esas patas son tan alongadas, que camina flexionándolas, y es capaz de saltar fácilmente hasta seis metros hacia delante, de un solo impulso.

Pero lo más impresionante es su cara, o lo que ocupa el lugar de una cara. Es una bola blanca, sin ojos, ni orejas, ni boca. Tiene la piel semejante a una tela de venda, y en el frente, una porción vertical marrón rojiza —desde poco más arriba de la mitad, hacia abajo—, con unas vellosidades muy pequeñas, casi invisibles.

Lamentablemente, aprendimos de la peor manera cómo comen.

Cuando salimos a buscar comida debemos tener mucho cuidado. Si vamos pegados a los edificios somos presa fácil, están adaptados a la oscuridad; así que tenemos que ir por el medio de la calle, y eso también es peligroso, somos un blanco perfecto para una emboscada.

Hace tres días cazaron a uno de los nuestros. El hambre y tener una presa a su alcance, les excita las vellosidades de la parte marrón de su rostro, hasta ponerlos rígidos. Entonces usan esa parte para raspar el cuerpo de la víctima. El resultado de la fricción se absorbe por los mismos pelos. ¿Consecuencia?: nada de la víctima en minutos. Ni siquiera los huesos.

 ¿Y por qué digo que hay una esperanza?, porque “los raspadores” son riquísimos. Tienen la carne dulce, tierna, suave. Así que los estudiamos para poder cazarlos: son astutos, inteligentes, tienen líderes y se mueven en grupos. Varias de sus actitudes son muy sorprendentes, casi humanas. Algunos de nosotros nos hemos llegado a preguntar si no serán una mutación…, hay quienes incluso se niegan a comerlos porque se preguntan si no nos transformaremos en caníbales.

¿Vale la pena preguntarse esto con la humanidad a punto de extinguirse? ¿Puede ser que parte de una especie mute y la otra no? Si son una mutación humana, a esta altura de su evolución, ¿siguen siendo humanos? ¿Nosotros seguiremos su camino? ¿Evolucionaremos hacia otra cosa o terminaremos extinguiéndonos?

¡Aaaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaah!

 

Soy Verónica, por alguna razón me eligieron a mí como líder en lugar de Sara.

Unos cuantos raspadores se aventuraron hasta nuestro escondite y mataron a mi Sara.

Ni siquiera sirvieron para que los comiéramos, en la furia del momento los dejamos a todos hechos una masa informe y gelatinosa; a mí tuvieron que agarrarme entre dos y sacarme el cuchillo de las manos para que parara.

Me dicen que soy buena ayudando a la gente, que tengo iniciativa, y que puedo hacerle frente a cualquier situación.

Mi Sara está muerta y yo estoy furiosa. Nos conocíamos desde que nacimos en este lugar de mierda, un sitio que alguna vez se llamó Tierra.

Estábamos juntas desde los quince, hace veinticinco años.

Así que ahora estamos en guerra con los raspadores. Nos cazamos mutuamente para comernos y para no compartir la cima de la nueva cadena alimentaria. Algunos ya se rindieron y piensan que los raspadores son los nuevos dueños del planeta; se preguntan por qué los demás damos por sentado que tenemos el derecho a sobrevivir. Simple, vivimos aquí y tenemos el mismo derecho que cualquiera. Ya lo entenderán.

 Cada vez aprendemos más el uno del otro. Nuestros instintos de predadores, dormidos durante mucho tiempo, están volviendo a aflorar; ahora tenemos un aliciente, ya no vegetamos esperando la muerte, no todo está perdido.

Fin de la cinta doscientos veinticuatro.

 

Hoy estuve llorando todo el día, extraño mucho a Sara, Siempre pienso qué haría ella en cada situación que tenemos que resolver. Me hace mucha falta.

—¡Vero hay alguien en la radio!

Hola.

Hola, ¿alguien me escucha?

—Hola soy Maite, ¿quién eres?

Hola Maite, soy Verónica, ¿dónde estás?

—En Aralar, Gipuzkoa, estamos viviendo en cuevas. Tú, ¿dónde estás?

En Buenos Aires, Argentina. O lo que queda de ella.

—Casi no te escucho.

Vamos a tratar de sintonizarnos mejor.

Fin de la cinta doscientos veintiséis.

 

Por suerte seguimos en contacto con Maite, están sobreviviendo bien, el frío es muy intenso, pero ellos están acostumbrados.

Prometió contarme sobre los nuevos animales y plantas que están encontrando, parece que al principio tuvieron que arreglarse solo con la fauna y la flora de las cuevas, desabrida y con poco para aportar, pero calmaban el hambre.

Me dijo que no tienen para grabar, pero sí para escribir; también están pintando en las paredes escenas de lo que pasó y de lo que está pasando, para que nadie lo olvide.

Otra vez la lluvia, por suerte a los más pequeños ya no les produce las úlceras que nos hacían a mi Sara y a mí a su edad, y cuyas cicatrices aún puedo contar en mi cuerpo. A Sara nunca le dio impresión la cicatriz que tengo en el seno derecho y que casi hizo desaparecer el pezón.

Tal vez nos llegó el momento de adaptarnos a nosotros también.

Fin de la cinta doscientos veintinueve.

 

Ahí vienen…

¡Vamos, vengan! ¡No sean cagones! Para sobrevivir no hay que tener miedo… ¡Vamos! ¡Esta vez los estamos esperando, hijos de puta!

¡Sí, sí, sí!… Ahí vienen…