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El restaurante de las almas

Heka, Rafael


—Descanse en paz —dijo el párroco y tiró el puñado de tierra sobre el ataúd.


Samuel enjugó sus lágrimas. Enterrar a su hija le estaba resultando demasiado duro. No lo merecía. Llevaba luchando contra la pobreza al menos una década y la pobreza se la llevó. En silencio. Sin que Samuel lo supiera. Le llamaron de madrugada de los servicios sociales. Llevaba varios meses viviendo de la caridad.


Una vez el féretro en la tumba, Samuel se despidió de su exmujer, montó en su deportivo descapotable último modelo, le quitó la capota y salió de allí como alma que lleva el Diablo. No quería retener más ese recuerdo. Era bueno en eso, olvidando. Gracias a ello se había convertido en uno de los ejecutivos más cotizados del parquet de Madrid.


Negociando un par de curvas, sonrió mostrado un colmillo recordando la reunión que le aguardaba el lunes siguiente. Les iba  sacar hasta los ojos a aquellos paletos. Mira, como éste que se me cruza tirano de la vaca.


Con sonrisa sardónica, esperó a estar bien cerca y clavó sus pulgares en los claxon del Mercedes.


El pobre labriego casi se despeña monte abajo con vaca y todo. Qué estúpido, pensó. Como todo aquel lugar. Odiaba las montañas, la naturaleza, el verde. La última vez que pisó Asturias resultó siendo en la boda de un amigo y decidió no volver más. Hubiera cumplido su promesa si no hubiese tenido que comparecer para aquello.


Sin previo aviso, el indicador de gasolina se encendió.


Si le he echado para venir… No puede ser.


La parroquia de Urbiés quedaba bastante metida en plena Cuenca Minera y era muy posible que le costara encontrar una gasolinera. Además, ¿dónde la pondrían? Si aquello era monte cerrado y en sus estrechos vericuetos apenas cabía el coche.


Pese a todo, tuvo suerte. Nada más girar una cuadra vio un indicador: Gasolinera a 200m.


Giró el volante y encaró un camino pedregoso y descendente por entre una frondosa arboleda. No mentía, al fondo vio las luces. Era la típica área de servicio destartalada con un par de neones verdes y un pequeño restaurante adosado al recinto en la parte de atrás.


Nada más llegar descubrió algo inquietante: No se escuchaba nada ni se apreciaba señal de vida alguna.


Aunque no era noche cerrada, la sombra del bosque impregnaba el lugar de una atmosfera extraña.


Abrió la guantera, recogió una linterna y se bajó.


—¿Hay alguien? —gritó.


No hubo respuesta. El parpadeo de los neones, nada más.


Alargó un brazo y tocó el claxon.


Tampoco. No apareció nadie.


La caseta estaba vacía. Bajo una luz verdosa y fría, tan solo aguardaba un mostrador, una nevera vieja con refrescos y el expositor con la prensa.


Por un momento se sintió paralizado. Había algo en el ambiente poco usual.


Salió, fue hasta la parte de atrás y entró en el restaurante.


No había nadie. La cocina estaba encendida, la barra también, los fluorescentes decrépitos de la sala iluminando unas mesas victimas del tiempo. No podía ser.


Se asomó por un lado de la barra sin descubrir nada relevante.


No tenía sentido.


Mecánicamente, se sentó un momento en una de las mesas.


Tenía unos sofás de piel, estilo americano, a cada lado de la mesa, empotrados contra la ventana. Desde allí podía ver el coche con el depósito abierto a la espera del dependiente.


Dejó la linterna sobre la mesa y recogió una carta. Estaba pegajosa. En ella no figuraba ni el nombre del local ni unos platos que escoger. Sólo el rótulo: Almas, y bajo él una docena de nombres catalogados como primeros platos, segundos y postes.


Se le escapó una sonrisa.


—Muy bien —exclamó bromeando— tomaré un Eduardo Villamil, una Almudena Sánchez y, de postre…, sí, los gemelos San Martín.


No hubo terminado de recitar los nombres cuando su conciencia cayó en un abismo insondable apareciendo de golpe junto a un remilgado oficinista de un banco…


 

Primer Plato


—…no puede hacernos esto —concluyó ésta entre lágrimas. Era una mujer de mediana edad, morena, a la que pareciera le hubiesen caído veinte años encima, ocultos bajo unas humildes ropas de tienda de baratillo.


A su lado, su marido, un hombre de pelo corto y cano, enjuto por los disgustos y con unas gafas, ropas y modos que delataban a primera vista su dilatada experiencia de administrativo, sujetaba tembloroso a un inocente pequeño de dos años mientras le miraba también con aprensión.


—Si nos desahucian, ¿adónde vamos a ir? No tenemos más familia. Nuestra casa es lo único que tenemos. Estamos pendientes de un trabajo que le van a dar a mi marido. Por favor…


El director les miró con cara de zorro. Era nuevo en el puesto. Antes se dedicaba a gestionar los impagos en la entidad:


—Lo siento, señora —comenzó con falsa cara de santurrón—. Usted puede decirme lo que quiera, pero la realidad es que ya deben ustedes varias cuotas de su hipoteca y yo no puedo hacer más.


—Bueno, pues déjenos pagar al menos alguna cuota.


Eduardo sonrió:


—Lo siento, primero han de pagar los gastos generados por las devoluciones y los intereses.


—Pero es que así no podremos pagar nunca los recibos. Además, son sólo tres recibos. ¡Tres malditos recibos!


—No es mi problema, señora. ¿Pueden cubrir la deuda?


Ambos disintieron aterrados.


—Pues, lamentándolo mucho, no puedo hacer más por ustedes. Si me permiten.


Y sin una palabra más, abandonó la mesa y se marchó a su despacho.


Una vez dentro, descolgó el teléfono:


—Sí, ¿Carla? Hazme una reserva para comer, por favor. Sí, en el sitio de siempre.


Eduardo recogió su abrigo, pasó por delante de los pobres desahuciados y salió a la vorágine del Paseo de la Castellana, en todo el centro de Madrid. Sonó su móvil:


—¡Manolo!, geta, ¿cómo va eso?



Un taxi le recoge.


—¿Diez cuotas? Ok. Ok. No te preocupes. Mételas en gastos por donde puedas, ya sabes, como siempre.



—Sí, sí, ya reviso yo la contabilidad.



—Tranquilo, si te dice alguien algo, me lo dices, que ya le busco yo las vueltas.



—Venga, ¡grande!



—Otro para ti.


 El taxi le dejó en su restaurante favorito. Iba a meterse una comida de narices. Los desahucios siempre le daban mucha hambre. Lamentablemente, en el restaurante no encontró a nadie…


 

Segundo Plato


Almudena quería correrse pero no lo conseguía. Subía, bajaba, subía, bajaba, pero aquél infeliz no era capaz de tenerla tan dura como ella necesitaba para tales menesteres.


Tras algo más de media hora de estibar con el anciano, se la chupó, cobró y salió de nuevo a la calle dejando atrás el pútrido motel con las lucecitas rojas que hacía las veces de su segunda casa en el casco antiguo de Barcelona.


Mierda de noche, pensó. Nada especial en el horizonte. ¿Podría encontrar lo que buscaba? Porque al último también le había puesto un condón. Y ya iban cuatro servicios.


Caminó Rambla arriba, Rambla abajo, y, tras un par de horas fumando cigarrillos y envenenándose las tripas con comida basura, dio con uno. El típico muchacho recién salido de la universidad, egocéntrico, hijo de papá, cargado de pasta.


Se colocó las tetas, la falda y tiró el chicle con el que se había quitado el sabor a sexo del servicio anterior.


No fue difícil convencerlo. Estaba tan mamado que a un par de insinuaciones ya estaba clavándola contra el cabecero de un hotel de lujo, un par de calles más atrás. Sin condón. Hasta el final. Hasta correrse de una puta vez.


Al terminar, y aprovechando su sueño, Almudena desapareció como había llegado. Tenía hambre, mucha hambre. Encontró un restaurante apetecible y entró. Había una figura de espaldas tras la barra trasteando con una cafetera vieja:


—La carta está en la mesa. Toda tuya, Almudena.


La voz era grave, gutural.


¿La habrían reconocido? No estaba en su zona. Además, aquel ni parecía ser su tipo ni recordaba a nadie similar. A ella le gustaban esos gilipollas con la vida resuelta. Los típicos niñatos autosuficientes que se despertarían con la peor de las enfermedades de transmisión sexual tras acostarse con ella. Sí. Esa era su venganza desde hacía algún tiempo. Su placer insano. Su pecado.


No dijo mucho más. Tenía una carta repleta de nombres frente a ella…

 

Postre


Guillermo y Franco San Martín eran carniceros. Los mejores alrededor de la Cuenca del Nalón, las profundidades rurales del centro de Asturias. Su pueblo no era accesible, sus gentes no eran amables. Sin embargo, los mejores embutidos de la región se llamaban San Martín. Nadie sabía el secreto. Nadie hubiera podido adivinar de dónde provenían esas carnes magras tan sabrosas que cada jornada rellenaban las tripas de sus chacinas. ¿O sí?


Un niño sería el culpable de descubrirlo y echar al traste aquel negocio tan prometedor.


La cosa empezó un lunes por la tarde, cuando el pequeño y rechoncho Marcos terminó de recorrer los caminos solitarios que separaban su despoblada aldea de montaña del concurrido puesto de los hermanos.


Aunque lo peor sería la vuelta, pues siempre encontraba colas. Montones de gente tras el mostrador flanqueado por los hermanos y por esos ganchos colgando del fondo de la carnicería. Aquellos malditos ganchos. Sin poder evitarlo, y mientras las típicas señoras mayores que comentan los sucesos del pueblo informaban a la concurrencia de las buenas nuevas, Marcones perdió una canica que, desafortunadamente, se marchó camino de la trastienda.


Nada más cruzar el umbral de láminas de plástico, volvió a ver esos ganchos, pero ahora aterradoramente cerca. Dormían en el fondo, limpios, brillantes. Aunque no todos estaban vacíos. Había uno sujetando un bulto.


Asustado, se acercó hasta él y lo giró.


Al principio no comprendió bien la imagen. Esto suele suceder cuando vemos algo que nuestro cerebro ya ha registrado previamente como conocido, pero se revela de forma distinta. ¿Era un ternero? Con mano temblorosa apartó un poco el plástico y enmudeció. ¡Era una pers


Antes de que pudiera digerir la situación, un sonido de cuchillos afilándose a su espalda le heló la sangre.


—Vaya —dijo el orondo Franco San Martín—…, creo que esta semana las salchichas van a salir estupendas. ¿No crees, hermano?


—Por supuesto. ¡Menudas hamburguesas! —exclamó el aludido tras haber cerrado cautelosamente la tienda y recoger una hachuela del madero de cortar.


Martín corrió sin mirar atrás. Corrió, entró en un baño, subió a un ventanuco y saltó a una parva de estiércol, antes de escuchar las blasfemias de los carniceros en su loco afán por degollarlo.


Salió a la carretera y empezó a correr. Aún no estaba oscuro, pero los hermanos, pese a gordos, también eran ágiles, así que no tardaron en salir de la carnicería y perseguirle cuchillos en mano. Antes de llegar a la estación del tren, avistó un restaurante. Un restaurante que no recordaba haber visto nunca antes. Tampoco le importó. Entró.


No había nadie. Bueno, no vio a nadie, pero, tras la barra, una oscura figura aguardaba incólume:


—Por aquí, muchacho —le dijo señalándole una salida.


El pequeño salió en el justo momento en que los orondos carniceros aparecían por la puerta.


Con una siniestra sonrisa, la sombra les señaló una mesa vacía y exclamó:


—¡Hombre, cuánto honor!: ¿Qué desean tomar…?

* * *


Samuel regresó a su anterior estado de conciencia. En el restaurante, bajo las chisporroteantes luces de los fluorescentes. Afuera, su coche aún permanecía con el depósito abierto.


Sin perder un segundo, se levantó y se precipitó hacia la salida.


—Disculpe, caballero —le detuvo una voz gutural a sus espaldas.


Muy lentamente, Samuel se giró. Había una sombra tras la barra:


—Se olvida la cuenta.


Vacilando, trató de girar la manilla de la puerta.


No se movió.


—¿Caballero? —solicitó de nuevo la figura.


Samuel se acercó. En cuanto tocó con las yemas de sus dedos el papel de la cuenta, desapareció.


La sombra, silenciosa, esbozó una sonrisa. Luego, se acercó a la mesa y recogió el menú. Un nuevo nombre acababa de aparecer. En los segundos platos, concretamente:


Samuel López Inglada.


La dejó otra vez sobre la mesa y salió por la puerta. Tras él, el restaurante y todo cuanto formaba parte de la gasolinera desapareció dejando el bosque como estuviera siempre.


Todo, menos el Mercedes.


Al rozarlo la sombra, se volvió negro. Como el humo de un incendio de hidrocarburos.


Se introdujo en él, la capota se cerró y el vehículo desapareció monte abajo, por poco tiempo…