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Extremo cuidado

Echeverría, Guillermo

 

La claridad nos despertó.

 

Clara se acercó, pasé mi brazo izquierdo por debajo de su cuello, y ella apoyó su cabeza en mi hombro. Nos quedamos así, remoloneando un rato. Su cara estaba muy cerca, de modo que podía verla bien sin mis anteojos, aunque perdiendo algunos detalles, como las manchas de sus iris.

 

La luz del sol traspasaba la lona e iluminaba con un resplandor tenue y amarillento el interior de la carpa.

 

Después de media hora, nos levantamos. Eran las siete treinta. Clara fue a servir el café hecho el día anterior que quedaba en el termo, mientras yo seguía la rutina de todas las mañanas para ponerme los anteojos: abrir la cartuchera, tomar los anteojos por el puente, separar las patillas, estirar el cordón y ponérmelos; acercarme a la palangana y la jarra, sacármelos, echarles agua por los dos lados y volver a ponérmelos; sacar el pañuelo que está debajo de la almohada, secarlos y ya no volver a quitármelos por el resto del día.

 

Eran anteojos especiales, tenía miopía muy alta, veintiuno en un ojo y dieciocho en el otro. El grosor que deberían tener los cristales, de aproximadamente tres centímetros, estaba reducido a casi uno; y ya no tenían ese verde oscuro que hacía que en la escuela nos llamaran “anteojudos culo de botella”, recuerdo haber dejado a uno sin dos dientes por llamarme así.

 

Por eso tenía que tener un cuidado extremo con ellos; después de la “Última Guerra” y de los pulsos electromagnéticos que terminaron con ella, ya no había tecnología para hacerlos ni para diagnosticarlos, ni siquiera para unos anteojos comunes.

 

Obviamente estaban hechos a medida, así que no servía para nada ir a una óptica y tomar cualquiera. ¿Quedarían ópticas que no estuvieran destruidas? Las ciudades eran un caos, por eso vinimos a las sierras, para alejarnos de la gente. Una ciudad sin luz ni teléfonos es presa del miedo, y la gente con miedo hace barbaridades; saquea, mata, roba; ya no hay control social, ni familiar, ni personal. Por eso nos fuimos.

 

Para alguien con miopía, no tener puestos los anteojos hace que el mundo se desdibuje. De las cosas cercanas solo se ven formas y colores; se pierden los detalles, los límites, las líneas. Obviamente la luz influye: cuanto menos luz ilumine los objetos, menos detalles se ven.

 

A media distancia, los objetos pequeños que están sobre superficies grandes, como una mesa, se confunden con el fondo; solo se ven los colores dominantes que se van atenuando a medida que los objetos están más lejos, salvo que exista mucho contraste.

 

Para intentar leer o escribir sin los lentes, hay que acercarse a casi un centímetro; imposible.

 

Si uno está un rato sin los anteojos puestos, algunas cosas se ven mejor, pero no mucho, no es la gran cosa; solo un mínimo acostumbramiento y acomodamiento de los ojos a la nueva situación, hasta que empieza el dolor de cabeza porque uno trata de enfocar más de lo que sus ojos resisten.

 

Y de lejos, solo se ven formas borrosas y colores brillantes.

 

Uno se siente perdido en medio de una niebla muy tenue que lo desvirtúa todo.

 

Es frustrante.

 

Incluso con los anteojos puestos, si hay determinadas combinaciones de colores, luces y sombras, algunos objetos no se notan lo suficientemente bien.

 

Estábamos acompañados por Yamila y Esteban, a los dos los conocimos en el taller de ciencia ficción al que íbamos todos los viernes.

 

La vida era y es difícil, tenemos que cuidar todo al máximo; el café y el té que nos quedan son sólo para ocasiones muy especiales. El molinito de café tiene despegada la base, y como ya no tenemos pegamento, está atada con un hilo. Dependiendo de lo que sea, es muy difícil arreglar algo que se rompe. Y tenemos productos que cuando se acaben ya no se podrán reponer.

 

No tenemos radios, ni celulares, ni laptops, ni mp3, ni televisión, ni nada electrónico; solo libros, cuadernos y lápices.

 

Los días pasaban rutinarios: dormir, procurarnos el alimento del día, cocinar, comer, higienizarnos, volver a dormir. Cuando no hacíamos nada de esto, nos tomábamos tiempo para escribir, leer, charlar. Nos sentábamos sobre alguna piedra y mirábamos el paisaje tratando de descubrir cosas nuevas todos los días, y anotarlas o recordarlas.

 

Muchas veces vimos grupos de gente que se desplazaban buscando un lugar donde establecerse, cuando notábamos que se acercaban demasiado, levantábamos todo, y nos íbamos para apartarnos lo suficiente del resto del mundo.

 

Todo era recordar o imaginar: películas, cuadros, imágenes, libros que no pudimos traer con nosotros, poemas, frases, caras, lo vivido el día anterior. Aunque recordar es un buen ejercicio, estábamos desacostumbrados y por momentos resultaba agotador.

 

Cuando el último resplandor del sol todavía iluminaba el paisaje, entrábamos a nuestra carpa para ya no salir hasta el día siguiente. Entonces aprovechábamos para estar desnudos y disfrutarnos, aunque fuera solo mirándonos. Me gustaba descubrir nuevas pecas en su cuerpo, nuevas marcas; mirando sus pecas trataba de encontrar dibujos significativos, como en la antigüedad hacían con las estrellas; cuando encontraba uno, lo dibujaba y le ponía nombre.

 

Disfrutábamos mucho más del sexo; ya no había horarios, ni viajes agotadores en colectivo o subte, ni jefes, ni usuarios, ni clientes, ni nada; solo tranquilidad. Es una de las pocas ventajas de toda esta situación.

 

También teníamos que cuidar los preservativos, lograr que duraran lo más posible. Tener un hijo en estas circunstancias no sólo es complicado, sino también peligroso.

 

Las dos parejas manteníamos nuestra intimidad resguardada, pero cuidándonos entre nosotros. Nos juntábamos para buscar alimento y almorzar. Los viernes por la tarde nos reuníamos a tallerear lo que escribíamos durante la semana o para charlar sobre lo que leímos. Tratamos de mantener aunque sea eso de nuestra vieja vida. Muchas veces escribimos sobre mundos post-apocalípticos y ahora estábamos viviendo en uno.

 

La vida transcurría así, con privaciones, con ventajas y con cuidados; hasta que todo se derrumbó.

 

Ya era el mediodía, y mientras caminábamos para recolectar hongos, sin querer resbalé al pisar unas hojas mojadas, se me salieron los anteojos y caí sobre ellos. Se partieron por el puente y un vidrio se estrelló; ya no servían, el cristal era insalvable y no tenía otros.

 

Clara trató de que no me cayera, pero no pudo evitarlo.

 

Me quedé de rodillas mirándolos. Ella no dijo nada, solo me sostuvo la mano y me acompañó.

 

Quise ir a la carpa. Me tomó del brazo, agarró los anteojos, y me condujo.

 

Una vez adentro, lloré y lloré por horas. Clara se sentó con las piernas cruzadas y yo escondí la cabeza entre ellas. Mientras me acariciaba el pelo trató de convencerme de que todo estaría bien, pero no logró hacerlo. Me dijo que iba a ayudarme en todo y que me cuidaría como yo la había cuidado todo este tiempo.

 

En los días siguientes me preguntaba qué iba a pasarme si a ella le ocurría algo. No quería ser una carga para Yamila y Esteban. Los tres me decían que no pensara en “qué pasaría si”, pero no podía evitarlo; de noche me despertaban las pesadillas.

 

¿Y si a los tres les pasaba algo?

 

Estuve meses sin reírme. Vivía en un mundo de formas borrosas.

 

Clara tenía que hacerlo todo sola. Yo ya no me sentía útil, ella me insistía para que la ayudara y yo terminaba haciéndolo, pero no porque estuviera convencido que era de utilidad, sino por miedo, no quería separarme de ella por nada, ni siquiera dentro de la carpa.

 

Ella me leía; era imposible para mí sin los anteojos. Yo le dictaba cuando tenía ganas de escribir, que era casi nunca, y ella me alentaba a que imaginara historias ahora que no podía inspirarme en lo que veía; pero yo no quería ser más carga de lo que ya era, y cuando se lo decía se enojaba conmigo. Por suerte, no le duraba mucho.

 

Para seguir explorando su piel y encontrar nuevas pecas, casi pegaba mi cara a su cuerpo, así que ella aprovechaba para alentarme a recorrerla con mi boca, pero muchas veces no tenía ganas. Era muy difícil para mí no encerrarme, no estar enojado.

 

Afuera de la carpa ella era mi lazarillo, me tomaba de su brazo y caminaba muy despacio; adentro yo sólo podía hacer cosas que no requiriesen que viera detalles, como secar la poca vajilla que teníamos o moler café.

 

Los dolores de cabeza eran constantes y la pesadez sobre los párpados también; a veces me quedaba horas durmiendo porque los dolores minaban el poco ánimo que tenía.

 

Cuando Clara me pedía algo me enojaba y le gritaba que me dejara tranquilo, que no podía ayudarla, pero siempre terminaba pidiéndole perdón, y ella siempre lo hacía.

 

         

 

***

 

 

 

 Pasó casi un año, y los dolores ya eran crónicos aunque menores que al principio.

 

Aprendí a manejarme sólo en muchas cosas, sin depender tanto de Clara.

 

Sí dependía cada vez más de su amor.

 

El ejercicio de recordar era para mí mucho más importante y no tan cansador como antes. Era un placer hacerlo con los tres. Sentía mucha paz y tranquilidad estando en su compañía.

 

Después del accidente, Yamila y Esteban trataron de alejarse un poco para no molestarme, pero de a poco fueron siendo cada vez más importantes para Clara y para mí.

 

Durante un tiempo traté de escribir con letra lo suficientemente grande como para poder verla y no quitarle tiempo al resto, pero gastaba mucho papel así que volví a los dictados. También volví a buscar dibujos con sus pecas, y a disfrutar del sexo; ahora era ella la que siempre llevaba la iniciativa.

 

Cuando había mucha claridad, veía una especie de puntos brillantes que pasaban por delante de mis ojos. Era muy extraño. También solía ver pequeñas manchas muy parecidas a diminutas líneas de color marrón.

 

La vida seguía igual de complicada, pero todos estábamos en un período de tranquilidad; poco a poco íbamos acomodándonos a nuestra nueva situación.

 

Con el paso del tiempo dejé de ver aquellas líneas y los puntos brillantes fueron transformándose en minúsculos “hilos”: algunos estirados completamente, otros formando medialunas, otros cerrados, algunos en tirabuzón, otros retorcidos, y así, produciendo cientos de formas distintas. Los veía en todos los objetos y cada vez eran más. Fueron pasando de hilos aislados a grupos de ellos; primero eran grupos muy pequeños, pero fueron creciendo poco a poco en tamaño.

 

Me asusté mucho, me desesperé, no quería quedar ciego. Empecé a recordar las palabras de mi oftalmólogo: “si ve destellos de luz, venga a la guardia”, ¿sería esto a lo que se refería?

 

Les conté a los chicos lo que veía: pequeñas “manchas”, en todo, que eran agrupaciones de esos hilos. Cada tipo de hilo parecía vibrar de forma diferente, y los distintos grupos de hilos componían una especie de “sinfonía” donde se mezclaban las diferentes vibraciones.

 

No podía comprender qué me pasaba, ¿tendría que ver algo con los opérculos que tenía en cada ojo?, ¿mi vista estaría mutando?, ¿los pulsos electromagnéticos habrían alterado mi visión?

 

Las manchas eran muy pequeñas. También eso me sorprendió: el grado de detalle que veía siendo que las manchas eran tan chicas. Y otra cosa sorprendente: solo las veía en los objetos, no en las personas o en otros seres vivos.

 

En medio de este nuevo proceso, tuvimos que mudarnos. Un grupo grande de gente venía hacía nosotros, así que levantamos el campamento y nos fuimos en dirección contraria hacia donde se dirigía el grupo.

 

Entre los tres me ayudaban a desplazarme. Era muy raro verlo todo como envuelto en bruma, y al mismo tiempo, captar pequeñas porciones hasta en su más ínfimo detalle. Durante el camino un cachorro de  Setter Irlandés, seguramente vagabundo desde hacía mucho tiempo, se pegó a mí y ya no me dejó nunca. Me miraba con atención y me seguía paso a paso. Yo le puse “Boneco” y lo adopté tanto como él a mí.

 

Muchas veces, Clara, Esteban o Yamila, tenían que apurarme porque me detenía a prestar atención a las manchas. El miedo y la aprehensión estaban dejando paso lentamente a la fascinación. Podía enfocar un solo objeto y calibrar la profundidad de la mirada. Era impresionante poder observar el “interior” de las cosas.

 

Tardamos cuatro días en encontrar un lugar lo suficientemente lejos de aquel grupo de gente.

 

Durante las noches me quedaba mucho tiempo fuera de la carpa, mirando y contándole a Clara lo que veía. La obscuridad o la luz no tenían nada que ver con lo que percibía.

 

Cada cosa tenía una configuración distinta, y si agudizaba la profundidad de la mirada, podía ver los componentes de lo que estaba enfocando y la configuración de cada uno de ellos.

 

Una noche, mientras cenábamos, Yamila recordó la teoría de cuerdas; ¿sería eso lo que mis ojos percibían, las cuerdas que componen todo lo que existe?, ¿sería el único que podía hacerlo?, ¿habría otros más como yo?

 

La vida había perdido para todos nosotros algo de la monotonía que había tenido hasta ese momento. Cuando nos juntábamos los cuatro, trataba de dibujar lo que veía, pero era difícil. Esteban dibujaba mucho mejor que yo, así que con mi boceto, trataba de que el dibujo se pareciera lo más posible a lo que veía.

 

A medida que el tiempo pasaba, las manchas se iban haciendo más grandes, y el miedo volvió. Después de casi once meses, algunos objetos ya los veía completamente en esta nueva forma: piedras, tazas, platos.

 

Y un día el pánico volvió a apoderarse de mis sentimientos. Mientras Clara se movía sobre mí, una mancha apareció en su vientre, fue tal la cara de terror que puse que se apartó y me preguntó qué me pasaba. La abracé todo lo fuerte que pude y le dije, con lágrimas en los ojos, que no quería dejar de verla como era.

 

Me pidió que le contara lo que veía.

 

Hablamos mucho.

 

Por un tiempo no salí de la carpa, tal como cuando todo comenzó. Entre los tres hicieron hasta lo imposible para que aceptara mi nueva condición y la tomara como algo bueno. Tuvieron que batallar mucho para conseguirlo. El amor de Clara fue lo que me sostuvo. La amistad y el cariño que nos teníamos con Esteban y Yamila se convirtieron en inquebrantables.

 

Cuando logré aceptar aquello, comprendí que tenía una especie de don. El cambio se fue acelerando. Todo esto era tan inverosímil…

 

La capacidad de ver en profundidad se acentuó a límites infinitos, podía ver mucho más allá de los componentes de los componentes de los componentes de las células que formaban parte de todo lo orgánico.

 

Progresivamente fui viéndolo todo en esta nueva forma. Podía distinguir una cosa de otra, entre los objetos más grandes, por ejemplo, un árbol de una piedra; pero también podía hacer esa distinción hasta entre las partículas más ínfimas imaginables.

 

Y por fin ocurrió. Un día desperté y todo era “cuerdas”. Quería darle un nombre a todo esto, y como nunca iba a poder comprobar si eran cuerdas lo que veía, asumí que era así.

 

Todo era una inmensa composición de vibraciones, de música para mis ojos. Clara se transformó en un ser mucho más hermoso del que ya era, un ser brillante que vibraba fuera cual fuese el nivel al que la observara. Yamila y Esteban también se convirtieron para mí en seres hermosos. Era fascinante verme a mí mismo de esa forma, ver mi interior hasta lo más pequeño posible.

 

Poco a poco, todo el miedo se esfumó. Estaba feliz, exultante. Clara se contagió de mi felicidad.

 

No tenía más miedo a caminar, a recorrer; ya no necesitaba que fuera mi muleta.

 

Ahora compartimos la vida igual que como la compartíamos antes de que mis anteojos se rompieran. Mejor incluso. Ya no tengo que tener miedo de que algo que me ayuda a ver se rompa. Antes, estaba tan pendiente de mis anteojos, que incluso cuando teníamos sexo, si yo era el que se movía, temía que la transpiración detrás de mis orejas hiciera que los anteojos resbalaran y cayeran. Creo recordar que una vez cayeron sobre sus senos, y ella los apartó rápido para que no me preocupara.

 

Ya no.

 

Al tacto sigo sintiéndola igual, la escucho igual, su sabor y su aroma también son los mismos. Sólo la veo de otra forma, pero sigue siendo mi Clara.

 

Es maravilloso ver cómo todas las cuerdas de nuestros cuerpos van cambiando sus frecuencias de vibración cuando nos acariciamos, cuando nos besamos, cuando tenemos sexo o cuando sentimos el más pequeño placer. Cómo un leve roce hace que algo vibre distinto por unas milésimas de segundo. Al tomar una hoja, al correr una piedra con el pie, al acariciar a Boneco.

 

El mundo es el mismo, pero lo veo diferente, más completo, de forma más abarcativa.

 

Única.

 

 

 

 

Guillermo Echeverría nació en la ciudad de Buenos Aires, en 1967, en el seno de una familia de ascendencia vasca.

Trabaja en la hemeroteca de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

Forma parte del grupo de escritores “Los clanes de la luna Dickeana”.

La revista NM ha publicado cinco cuentos suyos (dos de ellos escritos en colaboración con su esposa, Teresa Pilar Mira): “El árbol de nuestra sangre”, “El círculo”, “Extremo cuidado”,  “Cortina de humo” y "Rectificando imágenes de aparentes tortugas".

En la Revista PROXIMA se publicó su novelette “Ataun” y el cuento "Spider”, este último también escrito con su esposa.

La revista Axxón publicó su relato “Nieve” y republicó su novelette "Ataun".

Su cuento "El círculo" fue traducido al francés para el proyecto llevado a cabo por traductores de diversas universidades, encabezados por profesores de la universidad de Poitiers, Francia.

También participa en la Antología BUENOS AIRES PRÓXIMA con el cuento “N. Bs. As.”, escrito junto a Teresa Pilar Mira.

Su cuento “El subsuelo” forma parte de la antología "Antología Steampunk – Cuentos del Retrofuturo".

El portal Ficción Científica publicó sus cuentos "El Final" y "El Subsuelo" que fueron antologados en la publicación que el sitio realizó como compilación de relatos, titulada "Relatos de más allá del tiempo y el espacio".

En ta Revista Digital miNatura Nro 147 "Universo H.G. Wells" salió publicado su relato "Comida" y en el Nro 151 "Superpoblación" el cuento "Una sobrepoblación por otra".

 

http://guilleecheverria.blogspot.com.ar/