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La vecina del tercero C

Román, Esther

Su salud no era buena. Sus lecciones quedaban a veces interrumpidas por largos ataques de tos, y me di cuenta de que bajo su sempiterna bata sucia, había muy poco más que piel y huesos. Parecía suplir su alimentación con cigarrillos y alcohol, en un impulso autodestructor que la consumía. Las dos últimas semanas las pasó en el hospital, luchando contra el terriblemente vulgar diagnóstico de cáncer de pulmón.

Un cierto sentido de la lealtad me impulsó a quedarme a lo largo de sus últimos días, mientras veía menguar mis ahorros debido a los precios abusivos que me había impuesto la dueña de la pensión. No obstante, al final me largué antes de que estirara la pata. Una mañana, me desperté y me di cuenta de que no podía soportar ni un minuto más volver a ese hospital sórdido, a esa respiración trabajosa y piel marchita que representaban todo lo que yo odiaba en este mundo. Sin más, metí todas mis cosas en la maleta y salí de mi cuartucho para no volver, en dirección a una agencia de viajes en la que un pobre señor que debería haber estado prejubilado tuvo que lidiar conmigo y con mi insistencia en coger un vuelo al Caribe lo antes posible.

Allí estaba, al día siguiente, mirándome en el espejo de los baños de un aeropuerto, en un país que no era mi país, y dándome cuenta súbitamente de que ya no me quedaban amigos en el mundo. Esa revelación, lejos de entristecerme, me hizo reafirmarme en mi propósito de no morir y de encontrar de una vez al maldito Johannes.

Mi estancia en París me había ayudado bastante a espabilarme. Las dos primeras décadas de mi vida las había pasado en mi ciudad, y cuando comencé a estudiar en la capital no salí de mi barrio. Cuando llegué a Santo Domingo, con la cabeza dándome vueltas por el calor y los panties húmedos y pegados a las piernas, logré encontrar por mi cuenta un hotel en el que no me estafaban demasiado, y pasé las primeras veinticuatro horas en un agradable sopor, que hizo que se me disipara el jet-lag.

Después de esta búsqueda, encontrar a Johannes resultó ser un anticlímax. Dueño de un casino de tamaño mediano y razonablemente próspero, se hacía llamar Ricardo. Bastó con mencionarle a la sorprendida y muy poco vestida camarera que venía para hablar con el señorito acerca de un viejo negocio en París para que me dijera que esperase un momento. Ipso facto, dos hombres trajeados con proporciones de gorila me escoltaron a la oficina de mi Santo Grial personal.

No aparentaba más de diecisiete años. El esmóking negro, cortado para alguien mucho más grande que él, le hacía parecer más pequeño, un chaval perdido en una fiesta de disfraces. Largo, de pies y manos más desarrollados que el resto del cuerpo, con una nariz larga y una nuez prominente en su garganta, su cuerpo estaba preservado en ese estado de transición, de fealdad adolescente, que normalmente no dura más que unos años. Su pelo oscuro y rizado, su nariz aguileña y sus ojos penetrantes parecían sugerir un origen turco o persa.

Por alguna razón desconocida, desde hace milenios crece en ciertos picos montañosos un hongo, de origen desconocido, que se combina de manera simbiótica con el organismo humano, creando con ello alteraciones permanentes. A pesar de que muchos individuos lo buscaron en vano y murieron, Johannes había dado con él por casualidad, mientras paseaba su rebaño de cabras, y se había sentido curioso por esas excrecencias color rojo escarlata que adornaban algunos arbustos y que las cabras evitaban. Al no ser muy despierto, decidió que lo más sensato era masticarlo, y el resto es historia.

Después de hacerle el sacrificio que me requirió (una cosa vulgar y de mal gusto sobre la que no me apetece hablar), pidió una copa a uno de sus asistentes, que le trajo un vaso de plástico. A continuación  se rajó el antebrazo a lo largo con el abrecartas, soltando una carcajada al ver mi cara de horror. La herida sangró durante menos de un minuto, cuando vi sorprendida que se cerraba a toda velocidad, los bordes uniéndose por su cuenta. Con un gesto burlonamente ceremonioso, me invitó a beber.

No sé nada sobre el sabor o textura de la sangre, pero ese líquido no era normal. En cuanto entró en contacto con mis labios, se pegó a ellos y, como si tuviera vida propia, se extendió por el interior de mi garganta. Con angustia, noté cómo descendía por mi laringe, mi esófago, me recubría las entrañas. Caí de rodillas e intenté gritar, en vano. Su sangre me quemaba por dentro, se abría paso por mis órganos, cortándome la respiración, robándome el control de mi cuerpo. Poco a poco, el mundo se fue oscureciendo, y perdí la conciencia.

Desperté tendida en el sofá de skay de la oficina de Ricardo, con la camarera de antes sentada a mi lado vigilándome. El material impermeable del sofá no había absorbido mi sudor, con lo que sentí que estaba tendida en un charco caliente. La chica me ofreció un vaso de agua, que agradecí silenciosamente y liquidé de un trago. Cuando me incorporé y pregunté por su jefe, ella me contestó, evitando mirarme a los ojos, que se había ido, y que no volvería hasta después de un par de semanas. Con educación, cogí mi bolso y me despedí. Tenía el billete de vuelta a Madrid en unas horas.

¿Qué más queréis? Eso pasó en 1984, hace quince años ya. Durante toda esta década he examinado cada día mi rostro en el espejo, con la ansiedad de quien espera ver aparecer los signos de envejecimiento, que nunca llegan. En mi pelo sigue la cana solitaria que tenía a mis veintiocho. Mi cuerpo sigue igual, como cada noche, un cuerpo de mujer joven con las mismas caderas, los mismos pechos ya un poco fláccidos, congelados en el principio de una caída que nunca llegará a realizarse. Sigo fumando, pero hace tiempo que no toso por las mañanas, y nunca me pongo enferma. Una tarde de tedio, en mi apartamento, decidí beberme la botella de lejía que guardaba bajo el fregadero con hielo y limón. Al día siguiente tuve que comprar otra para fregar el baño, eso fue todo.

Por lo demás, todo sigue igual. Intento vivir día a día, como siempre he hecho: del trabajo a casa, de casa al trabajo. Me busqué un empleo donde no tuviera que hablar demasiado con los compañeros, pero que tampoco me aislase tanto como para ganar fama de solitaria. A veces, en las nubes, descubro mensajes secretos que se envían los tres o cuatro taumaturgos de la ciudad, que no llegan a despertar por completo mi interés. Cada mañana compro una barra de pan, y la panadera me recuerda siempre que tengo que darle mi secreto para conservar mi cutis así. Le respondo entre dientes, máscaras de yogur y pepino, comer sano, dormir mucho. Dentro de poco, sus comentarios dejarán de ser cumplidos y pasarán a tener un tono de alarma, lo que será el principio del fin. Mi jefe, los otros empleados lo verán también, comentarán que no es natural que no haya ganado peso, que no tenga ni familia ni novio. Ese día cogeré mis cosas y me iré sin mirar atrás, pero ¿adónde?  Tengo varios destinos en mente: el Caribe de nuevo, Rusia, para ver si logro encontrar a otros como yo. Tengo todo el tiempo del mundo para visitar lugares, lugares que tendré que abandonar en un par de décadas. ¿Qué más? A veces paso noches enteras despierta, que no dejan ahora ojeras en mí, pensando en lo se ha convertido en mi pesadilla cotidiana: despertarme, día tras día, y solo ver un rostro hostil en el espejo.

Nota: encontré estas páginas mecanografiadas detrás del  fregadero de mi nueva vivienda en Madrid.  A pesar de que la humedad las había dañado, seguían legibles. El piso, un apartamento bastante pequeño en el centro de la ciudad, es algo viejo, y muestra huellas de antiguas reformas. Por lo demás, no hay muebles ni objeto alguno que parezcan haber pertenecido a la anterior inquilina. Al preguntar al casero acerca de los anteriores ocupantes del piso, contestó que había estado viviendo una mujer de unos treinta años, soltera, bastante rara. Pagaba su alquiler a tiempo, sin protestar, y nunca atrajo ninguna queja ni la atención de los vecinos. Un día, sin avisar con el mes de antelación estipulado, se fue sin dejar rastro. Después de esperarla, el casero decidió vender parte de sus posesiones y tirar el resto, y quedarse con la fianza que ella le había entregado. Su nombre, bastante vulgar, aparece repetido innumerables veces en la guía telefónica. Por mucho que busque, no hay rastro de esta mujer, aparte de su increíble historia. En la literatura, no hay referencias a ningún volumen llamado De rebus inmortalibus, ni tampoco ha existido nunca ninguna profesora en la Sorbona llamada Justine Delon. Toda esta historia parece ficticia, el mediocre trabajo de una solitaria aficionada a la ficción, de no ser por un detalle: junto a los escritos hay un frasco minúsculo, una ampolla, llena hasta la mitad de un líquido rojo y espeso. Cuando está en reposo, parece pintura, pero, cuando se agita, parece tener vida propia, agitándose en ritmos disarmónicos, como si intentara escapar de su recipiente. A veces, tengo la impresión de que el líquido es consciente de que estoy allí, y de que se agolpa de manera imperceptible contra sus paredes de cristal, en un vano intento por alcanzarme. No me he atrevido a abrirlo, y tampoco se lo he enseñado a nadie. He decidido dejarlo en el fondo de mi cajón, donde a veces lo oigo tintinear, como si se echase a rodar por su cuenta. Algunas noches, en cambio, no se mueve, pero me parece oír susurros dentro del cajón, susurros en una lengua muerta.

 

 

La imagen es de Servando Díaz ( http://servando-diaz.com/?lang=es )