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Lusus Naturæ. Capítulo 1. Aba

Mira de Echeverría,Teresa P.

 

—Té de vainilla —dijo con un gesto displicente—. De seguro que no siempre es recomendable, pero ante la tercera lunación… Ya me entiendes.

La nube de vapor se disipó sobre sus cabezas. Sólo la deidad sabía qué entendería Simeón por “vainilla”.

—¡Oh, no, no! —continuó éste— Por favor, no me malentiendas, Chaske. Lo que quiero decir es…

El cuchillo de obsidiana penetró tres milímetros bajo la piel grisácea de su cuello, tocó cartílago y punzó un poco más; obligándolo así a interrumpir su exposición.

—¿Crees que soy ignorante? —gritó su interlocutor— ¿Supones que no conozco La Lengua? Mi nombre no es Chaske. Eso no es un nombre.

Ignorando el dolor y la sangre biliosa que le escurría desde el sitio donde el cuchillo aún continuaba enterrado, Simeón giró su largo cuello de cisne pelado, y agregó con voz todavía más irónica:

—Pero, ¿entonces cómo te llamo?, niño.

La inmensa mole de pelo-plumón y músculos se lanzó con un grito de furia sobre el delicado ser; movió el cuchillo hacia un costado, abriendo una ancha herida, y lo enterró en alguna parte de esa pequeña cabeza. Pero ya era tarde, los cuatro dedos de Simeón estaban dentro del tórax de su agresor y habían alcanzado aquello que Chaske tenía por corazón, estrujándolo.

Cuando el inmenso ser cayó al suelo, Simeón se detuvo a contemplar la pequeña bola roja que yacía a su lado. La recogió y sonrió a su extraño modo.

—Bueno —dijo a nadie—, ya me volverá a crecer.

Como si fuera un guijarro, arrojó el ojo hacia la estrella y se quedó mirándola en silencio, mientras la sangre amarillenta se le coagulaba lentamente en el cuello.

El púlsar giraba a una atormentadora velocidad, como un faro enloquecido, lanzando luz y rayos gamma por sus polos, consumiéndolo todo a su alrededor. Simeón lo contemplaba extasiado: lo odiaba y lo amaba. La pulsación era de unos casi perfectos 343,43434343434 veces por segundo.

De alguna manera se las había ingeniado, en plena lucha, para salvar un poco de eso que él llamaba “té de vainilla”. Recogió el cuenco y bebió un sorbo: ya estaba frío, había perdido todo su sabor.

Miró de reojo el cuerpo inerte de Chaske y arrojó el té sobre él.

—Claro que conoces La Lengua, hijo —le habló al cuerpo muerto—. Todos lo hacen, aunque no lo quieran.

Luego de suspirar, entró en la plataforma, y se sentó; esperando pacientemente a que Chaske volviese a entrar por la escotilla.

La vida y la muerte eran muy diferentes para ellos dos, así como lo era el púlsar que Chaske adoraba como a un dios, así como lo eran sus sentimientos.

Chaske era su obra: una pocas migajas de ADN neanderthal injertadas en una base alienígena. En definitiva, un hijo; un algo para Simeón. La mezcla entre lo que pudo ser y lo que ahora era.

Para pasar el tiempo se dedicó a observar detenidamente su propia mano. Sus cuatro dedos, duros como el metal. Él también poseía un cuerpo grífico. O, lo que era lo mismo, la forma que había elegido la humanidad para trascender su muerte como especie. Una mezcla de seres, un grifo genético que tenía un poco de cada cosa viviente hallada en el espacio.

El resultado era un humanoide que resemblaba muy lejanamente a los hombres originales, con quienes mantenían un aire exótico de semejanza.

Se pasó la mano por la cabeza.

—Algunos dicen que es un gesto antiguo, de cuando los humanos teníamos forma simiesca y pelo en el cuerpo.

Simeón alzó la vista ante la voz de su hijo.

Chaske entro cojeando. Llevaba una mano sobre el pecho aún abierto, con la otra arrojó el cuchillo de obsidiana en la mesa, frente a su padre.

—Esa pierna nunca quedó bien del todo —dijo Simeón, mientras recogía el cuchillo y lo limpiaba de su propia sangre.

—No, no eres perfecto.

—Interesante, tú cojeas y el imperfecto soy yo.

—Sí —comentó el hijo, clavando sus ojos en el padre—, es muy interesante que lo hayas comprendido.

Simeón miró a Chaske con intriga. A veces, conversar con él era como hablar frente a un espejo; un raro espejo deformante hecho de plumas peludas, grises y sucias.

El monstruoso neanderthaloide ocupó su puesto al otro lado de la mesa, agachó la cabeza y murmuró algo. Simeón sabía que le estaba rezando al púlsar, agradeciéndole la oportunidad de haber muerto una vez más bajo su luz.

—¿De verdad no quieres un té de vainilla? —le comentó su padre alegremente mientras se servía una nueva taza de la infusión.

Chaske alzó sus ojos pequeños y brillantes, dos uvas moradas en medio de una mata de plumón peludo; y se quedó mirándolo durante un largo rato. Finalmente, sonrió.

—Sabes que prefiero el aguardiente de menta —respondió con un potente susurro.

—Y ésa es, sin lugar a dudas, una decisión muy tonta —argumentó Simeón, animadamente—. Son incomparables los efectos de la vanilla planifolia, “ixtlilxochitl”, la “flor negra” según La Lengua; frente a una vulgar mentha piperita. ¡Por la deidad! La vainilla es una orquídea y la menta sólo es… ¡hierba!

La risa gutural de Chaske resonó en toda la plataforma. Sus acordes casi infrasonoros mecieron aún más el vehículo que flotaba sobre el negro y lento mar de aceite.

—Ya no hay plantas, padre —replicó con suavidad Chaske—. No hay vegetales, ni vainillas, ni mentas, ni robles, ni álamos, ni ortigas. Nada. Sólo La Lengua las recuerda; nosotros jamás las vimos. Eso que bebemos no es nada de nada. Es simplemente sintético.

El rostro de Simeón pareció ensombrecerse por un instante, pero pronto recobró su habitual altivez:

—Nada en lo sintético es simple. Al fin y al cabo, nosotros somos sintéticos. Recuerda la primera ley: “La Naturaleza es una matriz desnuda, pero el hombre es un artista”.

—¿Y de quién aprendió el hombre su arte? —terció Chaske, ansioso de enfrascarse en otra larga discusión.

—Eso no se aprende —dijo Simeón con un ademán apático de su mano—, se nace con el don para…

La comprensión del error ruborizó a Simeón e impidió que terminara su propia frase. Un alarido de vergüenza brotó de su larga y delgada garganta. ¡Atrapado en su propio juego!

Chaske entendía que explicar la obvia conclusión sería una ofensa terrible para su padre, y la verdad es que ya no deseaba verter más sangre por hoy. Otro día tal vez sí: otro día para discutir si el nacer es un hábito natural o una costumbre artística.

Sonrió en su mente (pues hacerlo en su boca hubiese sido de muy mal gusto). ¿Acaso él mismo, Chaske, no era una obra de la genética-grífica de su padre? ¿Y hasta qué punto engendrarlo no había sido una “costumbre natural” y un “hábito artístico” al mismo tiempo?

Nada que fuese natural agradaba a Simeón, y él se hallaba ante la paradójica perspectiva de considerarse a sí mismo un hijo de la naturaleza artificiosa de su padre. Sin embargo, obvió el comentario, pues nada que fuese artificial era de su agrado.

Simeón sorbió el té con lentitud. Ese brebaje sintético era como sangre para sus venas. Luego miró a su hijo y respondió a una pregunta inexistente:

—Porque sí.

Chaske salió del ensimismamiento en el que se hallaba, y fijó sus ojos morados en él.

—Digo: porque sí —aclaró el ser de cuello largo y delgado—. Y significo: eso es por lo que existimos. ¿No estabas pensando en eso? ¿No piensan en eso todos los místicos?

—Y también en comer —objetó Chaske, y salió de la plataforma para regresar, al poco tiempo, con algo sanguinolento y frío en sus manos. Ofreció un poco a Simeón, quien lo rechazó. Entonces hincó sus dientes en la carne.

—Haces eso porque sabes que lo detesto.

—No —dijo Chaske, secándose la sangre de la barbilla—, lo hago porque sabe bien. ¡Vamos, padre, el universo no gira en torno tuyo!

—Tal vez, tal vez.

El contrapunto de las fuertes risotadas del neanderthaloide y la tibia risa de su creador, se acopló al lento ulular de las máquinas. Y luego sobrevino el silencio, un largo silencio que duró toda la noche y toda la mañana siguiente.

 

* * *

 

En pleno día, el púlsar era visible a través del cielo verdoso. Una rareza única debida a su disco de acreción, es decir, al gas y la roca que lo rodeaban, y resultaban iluminados por él.

La burbuja de atmósfera que resguardaba la plataforma, le daba un halo azulino al aire contenido en su interior. Simeón y Chaske se afanaban en sus aparatos mientras la nave oscilaba quedamente en el mar de aceite; una inmensidad negra y viscosa que se extendía hasta el horizonte.

Piélago, la diminuta y blanca estrella del sistema, era una F3 V según la ABA, la “Antigua Biblia Astronómica”. Una estrella promedio muy débil como para interferir en las lecturas del púlsar.

Desde el quinto planeta que la orbitaba, los chorros de energía eran perfectamente visibles, lo que convertía a este mundo en un emplazamiento ideal para su observación —además del hecho de que los códices oraculares lo habían predicho como “el sitio de la lectura”—. También era un lugar seguro y tranquilo, sin población alguna. Las plantas aulladoras que nadaban bajo el aceite no constituían más que una tibia amenaza para el vehículo, unas sirenas lerdas que apenas si rasguñaban el blindaje del casco y que, a cambio, le ofrecían alimento a la plataforma y una triste y suave elegía a su tripulación.

Simeón se hallaba bajo el plato del radiotelescopio. El púlsar —justo en el cenit— y sus chorros de energía, barrían la superficie de lectura del aparato con tal intensidad, que los lectores crujían bajo el peso de la información.

—Rango de emisión… desde ondas de radio hasta rayos gamma. Específicamente, de los 3,4 milímetros a los 3 picometros, hijo.

Chaske estaba parado en medio de la plataforma con su rostro cubierto por el ondrión, su particular máscara-lectora sacra, a la que él llamaba Dagda, y con la que lograba visualizar las interpretaciones proféticas de la ABA.

—“El alma del mundo se estrella en sus fauces” —citó con la voz distorsionada por la máscara—, es el verso 34 del Nuevo Tonalpohualli-Tzolkin. La lectura se corresponde con la figura del conejo que huye, según la ABA.

Simeón dejó de mirar las líneas glíficas que trazaban las agujas, para mirar a su hijo. El uso augur de la ABA le parecía obsceno, pero no podía ignorar que la ABA era tanto un compendio de ciencia antigua como un libro religioso.

—La ciencia y la religión, por mucho que te pese —se dijo Simeón a sí mismo—, siempre han ido de la mano en la humanidad…

Podía imaginar a Chaske sonriendo dentro de su máscara ¿Por qué había pensado aquello en voz alta, exponiéndose de esa manera? Volvió a sus lecturas y prosiguió con la traducción de la multitud de cifras que la máquina le enviaba:

—Su diámetro es de unos 34 kilómetros. Humm, demasiado pequeña quizás.

—No lo creo padre, espera un segundo… La visión se está formando ante mis ojos. Es Ozomatli-Chuen, el mono. Sin dudas, el verso 243: “La sabiduría del gran artista y el sol protector”.

»Dame unos momentos, el ondrión está empezando a inquietarse. Son demasiadas coincidencias numéricas.

Chaske comenzó a murmurarle un canto apaciguador a su máscara. Simeón había visto unas pocas veces las imágenes que se formaban en el córtex visual de su hijo. Una mezcla del herético I King y las no menos profanas cartas del Exotarot hubiesen dado una aproximación bastante certera a lo que había contemplado allí. Y así se lo había dicho a Chaske. Pero su hijo le había reprendido violentamente ante tal comparación, rebanándole una oreja en represalia por semejante blasfemia.

Chaske continuaba cantando. Su rostro parecía un jaguar de jade iridiscente bajo la máscara que ostentaba una enorme lengua colgante y unos ojos saltones. Cuando por fin se detuvo, Simeón supo que era hora de seguir enviándole datos:

—Masa de 3 x 1030 kg. Si no estuviese condensada sería una estrella promedio. Es muy densa. Concéntrate en eso, hijo.

—Lo haré… ¡Sí, acertaste, padre! Ésa es la clave: es el verso complementario 1.5. ¡Por la deidad! ¡Es Oc! El Itzcuintli que La Lengua no quiere nombrar: ¡Goshe!, “El animal nunca reproducido, aquel que no puede ser copiado, el tan largamente buscado. El sol del inframundo”. ¡Es el perro!, ¿entiendes lo que eso implica?

—Sí, lo entiendo, hijo mío. Hasta yo entiendo eso a la perfección. Estamos cerca de la fuente, del niño puro —las manos le temblaban. Simeón aspiró hondo y trató de controlarse, de recordarse que sólo eran coincidencias, simples juegos de probabilidades; las ensoñaciones de un oráculo de 40.000 años de antigüedad. Con lógicos pensamientos matemáticos volvió a su habitual calma y prosiguió—. Período de rotación, 343,43 veces por segundo. ¡Esta cosa no puede ser real, todo coincide en una misma sucesión numérica! —explotó en un grito de incredulidad.

—El ondrión está temblando. Es congoja santa, terror sacro. Nos estamos acercando al núcleo peligroso. El púlsar es santo, es la mano que señala, padre. No sé si podré controlar la máscara por mucho más tiempo.

Durante casi una hora, Simeón permaneció en silencio, viendo la lucha mística que su hijo sostenía con la máscara y con la propia ABA. Casi una tonelada de neanderthaloide reconcentrada en algún sitio de su propia mente, con la tensión en cada uno de sus pelos-plumas, la mano derecha empuñando el cuchillo, blandiéndolo sobre imaginarios enemigos. De pronto, todo cesó, y Chaske pronunció el nombre del vigésimo octavo verso: Chujllu.

—Chujllu —dijo con el cansancio reflejado en la distorsionada voz—, el nombre eterno. Chujllu, hijo de Mahis; el Elotl hijo de Tlayoli. Oro solar, abundancia divina.

»Aquí no hay epigrama alguno, solo silencio.

Zea Mays, el maíz; un alimento mítico —dijo Simeón para sí mismo. Luego tradujo con voz clara la última lectura del radiotelescopio. Los glifos-números desfilaban en cantidades asombrosas ante sus ojos, pero su cerebro los descifraba al instante—. Fuerza de gravedad en superficie, creo que unas trescientas mil millones de veces la estándar.

Chaske recitó su lectura de la visión en forma simultánea con la última palabra de Simeón:

—Verso 304, Xipe, “Nuestro Señor el Desollado, el de piel de obsidiana. El Tezcatlipoca Rojo”. ¡Es mi santo patrono, padre!

Simeón saboreó la respuesta con recelo. ¡Si hasta era lógica! Xipe Tótec, el maíz autosacrificial, el que se quita la piel para alimentar a su pueblo. Todo resultaba demasiado obvio: muerte y vida en un solo símbolo. La perfección. Y le había seguido al verso 28, el del maíz. Aquello no podía ser coincidencia y, sin embargo, estaba completamente seguro que Chaske jamás falsearía una visión. Entonces, ¿qué estaba sucediendo? El estupor dio paso al miedo, y el miedo a la cólera:

—¡Jamás entendí cómo sacas esas conclusiones, y menos aún cómo esperas que sirvan de algo! —gritó.

Chaske se quitó el ondrión y miró a su padre. El pequeño ser que conformaba la máscara se estremeció cuando sintió las sinapsis del neanderthaloide alejarse, y gritó débilmente. Chaske colocó una mano sobre el biomecanismo para calmar su angustia y, al mismo tiempo, preguntó a Simeón:

—¿Por qué buscas que genere una profecía, entonces? ¿Para qué me sigues si crees que esto es una locura?

Simeón respondió al instante:

—Por la extraña y remota posibilidad de su resultado. Imagina un humano puro, tal como éramos hace cuarenta mil años atrás. Antes del mito. Un humano como el que muestran las imágenes de los museos. Uno pre-evolucionado, sin ramificaciones divergentes. ¿Me comprendes, hijo? Dos manos, dos pies, una boca… Es lo que todo genetista ansía hallar, el homo originalis proveniente de la época en la que todos los integrantes de la humanidad eran iguales entre sí, sin radiación adaptativa, sin diferencias.

Chaske extendió sus manos a su padre:

—¿Así, tal como quisiste que yo fuera?

Simeón sonrió con orgullo:

—Como casi eres. ¡Ay, mi hijo! ¡Casi! Eres el fruto de todos mis genes recesivos, de lo más oscuro de unos huesos muertos hace millones de años y de lo más auténtico que pude rasguñar con mi intelecto: ¡Casi un hombre puro! Oh, Chaske querido, eres mi orgullo más grande y mi falla más estrepitosa.

Los dientes del neanderthaloide rechinaron al escuchar aquel apelativo (“chaske”, “niño”), y faltó poco para que retomara el viejo pleito; pero la mirada ilusionada de su padre y el gemido de su ondrión lo contuvieron.

Los muchos años de lucha con ese hombre al que llamaba “padre” —a cuyos genes le debía la mitad de su ser, y a cuyo ingenio le adeudaba la otra—, le habían curtido el espíritu y las técnicas de ataque. Pero ahora era el tiempo de la profecía y del análisis, no de las rencillas familiares.

Colocó cuidadosamente a Dagda en su caja de mármol, le susurró un canto de sueño, una canción de cuna, y el ondrión abandonó su forma de máscara, plegó su estómago expandido y se arrolló en el fondo de la caja como una lagartija.

Entonces Chaske se sentó en el piso, cerró sus ojos, y ayunó en silencio durante tres días.

 

* * *

 

Simeón ya estaba trazando el mapa con los datos que su hijo le había entregado. Coincidían con cuatro planetas. Al parecer, cada uno aportaría algo para la búsqueda del niño humano. La ABA estaba dando su oscuro mensaje por medio de la interpretación del ondrión: bien podrían encontrarse, en los habitantes de esos mundos, los genes recesivos para recrear un humano puro. Pero, con un ojo menos luego de su última lucha, no deseaba volver a discutir con Chaske, explicándole cómo era el aspecto científico del ABA (y no el religioso) el que lo guiaba por medio del ondrión.

Chaske, por su parte, había elaborado un sendero tan sinuoso para navegar por entre los sistemas estelares que albergaban a aquellos planetas, que Simeón intentó darle un significado racional. Trató con la serie de Fibonacci y con la proporción áurea y hasta con determinaciones fractales, pero no halló más coherencia en ese itinerario que la tibia idea de que, por ese camino, jamás perderían de vista al extraño Púlsar oracular que estaban analizado.

El derrotero estaba trazado en base a cada verso: 34 – 243 – 1.5 – 28 – 304 y relacionado en su totalidad con “la constante púlsar” —como le gustaba decirle (una manera de dominar su misterio mediante un nombre vulgar)—: 34/43. Además, Chaske había reinterpretado cada logos, cada palabra sacra del epigrama que acompañaba a los versos, para que expusiesen más claramente qué cosa debían buscar en cada número.

Aún se hallaban en Piélago I; desde ahí deberían recorrer unos doscientos años luz hasta R’li, su primera parada. Y no precisamente por el camino más directo.

—¿Qué clase de humanos hay allí? —preguntó Chaske cuando le hubo dado la información a su padre.

—De los que toman té, eso te lo aseguro. Es un mundo civilizado, tiene una colonia de la subvariante humana ABA/9. Los últimos registros de colonización que tengo son de hace 9.000 años, pero los cálculos no describen grandes cataclismos ni frustraciones en su civilización a futuro. No creo que su tecnología haya evolucionado más allá de lo artesanal.

—¿Por qué supones eso?

—Esa cepa humana en particular no es especialmente virulenta, así que no debe haber habido mayores conflictos o guerras; con lo que tampoco el gran desarrollo tecnológico que los acompañan. A mayor belicosidad, mayor desarrollo técnico: ésa es una constante con pocas excepciones en la historia humana.

Chaske meditó aquello. Él hubiese pensado lo contrario: que era la técnica la que engendraba el deseo violento. Pero luego lo comprendió. El deseo siempre lo precede todo.

Decidió pensar en voz alta:

—¿Qué clase de deseo es éste que nos mueve a nosotros, padre?

Simeón giró su pequeña cabeza sobre el mástil de su largo cuello. Sus ojos diminutos y rojos se achicaron aún más como si intentasen distinguir algo en la lejanía. Toda su piel grisácea se arrugó mientras respondía:

—El deseo de la verdad, ¿qué otro puede ser?

Chaske decidió seguir pensando en voz alta; monologando consigo mismo a partir de las respuestas de su padre. Simeón se dio cuenta de aquello al ver los pequeños y hundidos ojos morados de su hijo, cuyas pupilas dilatadas estaban fijas en ninguna parte.

—El ser humano se asentó en un tercio de cada planeta o luna disponible en la Vía Láctea, autoadaptándose en lugar de luchar contra los elementos. Cambiándose a sí mismo y no a su entorno. Rediseñándose para encajar con la vida y las condiciones locales. El hombre se inculturó, pero genéticamente; adoptó como norma el sitio al cual se dirigía. Esa fue su victoria: renunciar a su pureza en favor de su diversidad. Ése fue el nacimiento de la humanidad-grifo. ¿Por qué entonces buscar el eslabón cero, el punto de radiación original? ¿Qué pecado estamos engendrando, padre? ¿Qué monstruo resucitaremos?

—¿Acaso tú eres un monstruo? ¿O nuestro hijo lo es?

Chaske se hundió por un momento en sus recuerdos. Recuerdos cálidos del jovencito que los esperaba en Luminosa, en las cercanías del centro galáctico (ese microcosmos de miles de millones de apiñados soles supergigantes, sin noches ni días; con las enormes estrellas tan cercanas las unas de las otras, que sólo reina la luz. Un reino de azules, rojos y blancos deslumbrantes). Allí, en la Plataforma del Panóptico 85, entre doscientos mil millones de hombres, mujeres, neutros, bios y trinos, los esperaba su hijo; rodeado de la omnipresente luz de mil soles, y brillando en su corazón más que todos ellos.

—Estás pensando en Mārama—la voz de Simeón lo arrancó del núcleo galáctico, y lo trajo de golpe, veinticinco mil años luz más acá, hasta Piélago—, ¿verdad?

Chaske salió de su ensimismamiento y respondió:

—Él es mi deseo. El más bueno que he tenido. La mezcla de nuestras sangres que no dio un hombre, pero sí algo puramente humano; nuestro hermoso Mārama. Sé que es un deseo noble, uno que sigue al tuyo en sus huellas: mi propia creación. Y sé también que lo que estamos haciendo es una ley del ABA, la más importante de sus leyes: el retorno al origen. Pero, no sé si es… oportuno.

Simeón abandonó las cartas estelares tridimensionales y se sentó junto al neanderthaloide. Extrajo de entre las plumas de los cabellos de Chaske un delgado hilo rojo y lo colocó tenso sobre la palma de su propia mano: el hilo se convirtió en un holograma de no más de quince centímetros de altura, la imagen de un jovencito de piel como cuero rojizo, con cuatro enormes discos achatados, opacos y absolutamente negros por ojos, y una actitud feliz en la enorme sonrisa de su fina y longilínea boca. Sus cuatro brazos, mucho más largos que sus piernas, sostenían las tablas ABA que los niños leían en el parvulario.

—¿Oportuna? —preguntó retóricamente Simeón— ¿Acaso Mārama no es la respuesta?

—Es el año del gato… —atinó a decir Chaske.

—Exacto, el año de la purificación, una nueva oportunidad. Es algo más que el ABA para nosotros, hijo mío, es mucho más que eso. Mārama es la cuarta inter-generación endogámica de nuestro linaje, el último posible en la cadena de engendrados.

El familiar árbol genealógico, esa mezcla de incesto y empalme genético con otras especies, apareció en lugar de la imagen del muchachito. Simeón se lo explicó por enésima vez, tal como lo había hecho cuando era pequeño, tal como lo hizo cuando decidieron engendrar a Mārama:

—Mi tatarabuelo inició la cadena engendrando a mi bisabuelo con su propia sangre y la esencia de los yuphras de Rigel II. Y luego, cuando fue el tiempo oportuno, ambos trajeron al mundo a mi abuelo —los nombres Irará, Lem y Ndura se iluminaban a medida que Simeón los señalaba y Chaske sentía que la historia comenzaba a correr por sus arterias—. Mi abuelo continuó la cadena engendrando a mi padre con su propia sangre y la esencia de los holonis de Baten Kaitos IV. Y nuevamente, cuando el tiempo correcto llegó, ambos me trajeron al mundo a mí —todos ellos, todas esas generaciones de humanos no eran más que un mismo ser reproduciéndose a sí mismo, clonándose, mezclándose con otros organismos y remixturándose endogámicamente al cabo de cada inter-generación; era como si estuviese observando la sucesión de sus propias reencarnaciones biológicas. Las palabras rituales, tal como se las repetía en las ceremonias del nombre, continuaron en su letanía—. Yo cerré la cadena engendrándote a ti con mi propia sangre y la esencia de los neanderthales de Sol III. Y una vez más, cuando el tiempo fue el adecuado, ambos, tú y yo, trajimos al mundo a Mārama.

Siete generaciones del mismo ser. Tres inter-generaciones donde la endogamia enamoraba a ese ser consigo mismo, y donde el empobrecimiento genético lo obligaba a aliarse con otra especie para no agotarse. Pero el camino estaba concluido. Mārama, su hijo-hermano, ya no podría autorreproducirse. La sangre se había agotado. Habían llegado al límite. Su familia, la “gens Irará”, terminaba allí.

Sólo las familias sexuadas y exógamas podían continuar indefinidamente. Las neutras, como la suya, sólo podían permitirse un corto tiempo de supervivencia antes de mezclarse con otra o morir. Toda la información genética, todo el refinamiento de artísticos diseños biológicos logrados en sus propios cuerpos, toda la riqueza de miles de años de vidas acumulados en una memoria común, se perderían para siempre en la séptima y última generación de ese único ser que se había extendido por el tiempo, a través de sus miembros, como padre, hijo y hermano de sí mismo.

Reforzando los pensamientos de Chaske, Simeón completó:

—Somos Irará, y Mārama es su último avatar. Piensa en lo que lograríamos si consiguiésemos que Mārama, en lugar de aparearse con un sexuado, hiciese lo impensado: volviese a mezclar su sangre con la esencia de otro ser. Ahora imagina que ese ser fuese un humano puro, genéticamente fresco, original… Él, tú, yo, todos los Irará tendríamos nueva vida, y una vida sin límites de inter-generación.

Chaske sabía que era una locura, que era altamente improbable… no, prácticamente imposible que su linaje Irará/Lem/Ndura/Elur-hontz/Simeón/Chaske/Mārama fuese el linaje profetizado en la ABA: el ser humano intergeneracional elegido, el eterno… Pero, ¿qué impedía que lo fuesen?

Simeón intentaba autoperpetuarse, era lo obvio, pero él sólo quería que su amado Mārama viviese por siempre. En cierto sentido ambos amores eran egoístas, ambos eran amores propios porque, en esencia, todos ellos no eran más que variaciones de un mismo ser original (de Irará). No obstante, Chaske veía a Mārama como algo más que a él mismo y su padre perpetuados, era su hijo y su hermano, un ser individual nuevo, alguien-otro a quien amaba más que a su propia vida.

Algo dentro de Chaske se reveló de pronto. Una furia ciega y descontrolada.

Un solo golpe bastó para derribar a Simeón. Y, mientras yacía en el suelo, Chaske lo miró con asco; el asco que siempre había sentido desde que, siendo muy pequeño, averiguara que Simeón y él no eran sólo padre e hijo, sino una misma persona.

De un manotazo le arrebató el hilo rojo que aún pendía de sus dedos y lo entrelazó con un mechón del pelo-plumón de su brazo izquierdo. Luego, calmándose, se acuclilló junto a él.

—Tenías la guardia baja —susurró— nunca imaginé que alguna vez te sorprendería así.

Simeón esperó algunos segundos hasta recuperar el aliento. Un ardor de fuego le corría por el costado:

—Él también soy yo, y lo sabes. ¿Es eso lo que te enfurece?

Chaske giró la cabeza y lo miró con ojos vacíos:

—Que poco te conoces —las palabras siseaban en su media sonrisa—. No es lo que hay de ti en él lo que me aterra, es lo que hay de mí en ti.

Simeón alzó su largo cuello y se quedó mirándolo intrigado. Por primera vez en su vida, verdaderamente intrigado.

Chaske continuó:

—Sé de lo que soy capaz, sé lo que puedo hacer y lo mucho que me urge mi pasión; y no puedo soportar el pensar en lo que podría, o podrías, hacer por la razón equivocada.

Simeón gorgeó una risa débil y entrecortada:

—Por favor, hijo, no me hables de medios y fines; esas son especulaciones huecas. Las dos partes vienen unidas en la práctica y no pueden combinarse como más convenga. Fin, medio… son la misma cosa contemplada desde dos puntos de vista: el de quien va a hacerlo y el de quien ya lo hizo.

—No hablo de eso… padre.

Y el sonido “padre” salió de los gruesos labios de Chaske como un escupitajo negro y maloliente. Uno que apenas si rozó a Simeón cuando este clavó sus uñas en el pecho de su hijo.

Quizás fuese la propia ira o la costumbre de esperar un contraataque o aquel amor que, en definitiva, engendrase a Mārama; pero cuando Chaske irguió su pecho acuchillado en cuatro surcos sangrantes, su única reacción fue devolverle el beso que Simeón le ofrendó.

 

* * *

 

Acondicionar la nave para que saliese del océano de aceite en el que flotaba y se remontase una vez más al medio interestelar, tomó dos días locales completos. Había que reconfigurar su estructura invirtiéndola para que fuera capaz de soportar el vacío del espacio, luego de haber estado soportando las terribles presiones atmosféricas de ese mundo. Aquello era como dar vuelta un guante.

Pero tanto Simeón como Chaske estaban excitados por la posibilidad de empezar con el reclutamiento de genes o con el cumplimiento de la profecía, tal como cada uno lo veía.

Chaske solía acariciar la plataforma mientras se generaba la burbuja que resistiría la travesía; intentaba calmarla, darle confianza en la mutación a la que estaba siendo sometida.

Simeón, por su parte, pasaba cada vez más tiempo con los instrumentos, aleccionándolos e impartiéndole las órdenes para el periplo.

El viaje en sí era una imposibilidad física y requería de una preparación adecuada: la consciencia debía adaptarse a viajar hacia atrás en la línea temporal y el alma debía aprontarse a soportar la duplicidad en este universo.

El ritual exigía ser preciso y hasta Simeón coincidía en su importancia (aunque por motivos más psicológicos que espirituales).

La noche transfigurada, de Schönberg, era la canción que siempre elegía Chaske para la ceremonia, siempre la misma, una antiquísima melodía de tiempos perdidos; de cuando el planeta y la raza humana eran únicos.

En una espiral creciente y metamórfica, la música ascendía entre versos cuyas palabras inspiradoras apenas si eran recordadas por La Lengua; Chaske ni siquiera lograba entrever, adivinando, lo que aquella melodía podría significar. Pero la amaba.

Su padre tenía otras preferencias, pero él era el guía en este viaje y lo respetaría.

En realidad, el rito y el viaje eran una y la misma cosa.

—Las últimas horas de la formación de una nueva burbuja son siempre tensas y enigmáticas —meditó para sí o para nadie Simeón.

—El previaje es muy traumático para la plataforma, padre; sufro observando cómo le duele la transformación. A veces me pregunto…

Ambos tripulantes contuvieron el aliento al ver cómo vibraba y se retorcía el capullo, segundos antes de cuajar finalmente.

Simeón se acercó al límite perlado e iridiscente de la esfera que engullía toda la plataforma y la acarició con una delicadeza casi sensual:

 —Es un huevo de atmósfera muy frágil, demasiado suave. Observa: aún tiene baba de espuma en la parte superior. No creo que resista una jornada por el espaciotiempo de más de doscientos años luz.

—La plataforma está asustada, huele la misión, sabe que estamos desafiando la profecía.

—No la estamos desafiando, la estamos cumpliendo.

Chaske asintió con la cabeza; el argumento era irrefutable: desafiar era cumplir, Simeón tenía razón. Padre e hijo se miraron bajo la iridiscencia del huevo-atmósfera, entre la saliva y la transpiración que rezumaban las paredes y el piso; y, por una vez, en el silencio, ambos estuvieron de acuerdo.

El cálculo de trayectoria fue rápido: era una simple conjunción entre la información aportada por la interpretación de Chaske y las conclusiones cartográficas de Simeón. Los datos físicos del púlsar habían profetizado, en primer lugar —y a la luz del Nuevo Tonalpohualli-Tzolkin—, al verso 34. Cada verso había sido puesto en correspondencia con una coordenada del catálogo estelar de la sacra ABA, de este modo, el neanderthaloide había predicho a la estrella IRXS J160929.1-210524 (ABA) como su primera parada en el periplo. A partir de esos datos, Simeón calculó la trayectoria hiperbólica (también influenciada por la interpretación de su hijo) directo a su quinto planeta: R’li.

Con esto habían sido alimentadas las máquinas de la plataforma: cada ser mecanovivo había recibido sus instrucciones directamente del cerebro de Simeón, y cada uno se había reconfigurado a sí mismo, mutando sus redes neuronales, para empatizar con esta trayectoria en particular. En los cuerpos de los biomecanismos que conformaban la plataforma, se había grabado la ruta Piélago-R’li bajo la forma de sensaciones de placer y displacer. Eso les generaba una urgencia por llegar a ese sitio en particular, a ese planeta, que los arrastraría por el vacío interestelar a una velocidad imposible o, más bien, a una no-velocidad.

La música comenzó con una vibración general, con un tono bajo y tembloroso que pronto impregnó todas las células y mecanotipos de cada una de las biomáquinas (cuya simbiosis constituía la plataforma de viaje).

Chaske elevó la oración, bailando y rozando con sus manos y pies las máquinas orgánicas de la nave; esa jungla de criaturas que los transportarían tras su sueño.

De manera increíble, un coro de movimientos se esparció por la plataforma. El entrelazado de seres vivos se balanceaba dentro de la burbuja en una repercusión armónica de la música. La burbuja en sí, el más primitivo y, por ende, el más vivo de los integrantes de la nave, también percibía, de alguna forma, aquella música.

Entonces, la nave cobró vida y cada uno de sus mecanismos retomó sus exóticas apariencias originales: reptiles, insectos, peces y aves, alargados y deformados, insólitos, que se unían y separaban en movimientos serpentinos. El piso, las máquinas, las propias paredes; todo se movía y bailaba al compás de la danza de Chaske, con un solo objetivo dado por la mente de Simeón: R’li.

R’li era vida y placer, alimento y perpetuación, paraíso y descanso, lo que fuere que cada ser maquinal anhelase. Y todas sus fuerzas estaban vertidas hacia allí.

En pocos momentos la burbuja se elevó por sobre el océano de aceite azabache. Las gotas resbalaban pesadamente desde su superficie, y los esqueletos de las plantas aulladoras también se desplomaban sobre la extensión viscosa; eran los restos del alimento de la plataforma (Simeón se había encargado de satisfacer su hambre inculcándole el gusto por la forma de vida local más básica de cada planeta que visitaban; era bien sabido que una plataforma mal alimentada, o que no se sintiese feliz, terminaría digiriendo a su propia tripulación).

La música empezó a desplegar su melodía, el compositor (hacía miles de años sepultado en un planeta mítico llamado Tierra), tejía versos sonoros, y la nave formaba su propósito a partir de ellos, acelerando hacia la atmósfera y hundiéndose en su manto arremolinado de nubes verdosas. La velocidad aumentaba a medida que la plataforma, como una jauría compacta, olía su destino a más de doscientos años luz de allí.

Por fin superaron la atmósfera y Simeón reforzó la idea de R’li en la nave, tal como un aguijón en su costado (si llegaban a perder la motivación podrían quedar varados en medio de la más absoluta de las nadas).

Chaske sostenía el movimiento en forma suave y continua, pero Simeón arreciaba con las ideas del itinerario hasta que a la comunidad de seres que conformaban la plataforma le fue imposible refrenarse más, y se lanzó en una loca carrera por el trans-espacio.

El deseo de las biomáquinas no estaba perforando el espacio sino aboliéndolo, destruyéndolo entre sus garras hasta cancelarlo. Y el instrumento para realizarlo era el único propio de los seres vivos: el tiempo.

Según la ABA, todo lo material que hay en el universo es espacio, pero todo lo viviente que hay en el universo es tiempo. Las estrellas brillan por su hidrógeno y su presión y su fusión, pero también por la vida que poseen. Cuanto más efectivamente viviente es un ser, más puede ocupar o influenciar el tiempo.

Y mientras la música alcanzaba su clímax, el continuo latir ultrarrápido del púlsar empezó a reverberar en contrapunto. Era un pulso preciso, urgente, perfecto; la firma del universo. Ese ritmo, y no otra cosa, llevó la carrera de la plataforma a un éxtasis de velocidad a partir del cual el espacio se abrió en dos como una vaina, y el tiempo se derramó ligero y brillante a sus pies en una untuosa espiral sin fin.

Habían cancelado el espacio y estaban jugando con el tiempo: la nave viajaba.

Las criaturas que conformaban la plataforma estaban remontando una ola de temporalidad distorsionada. Desandando su corriente.

Y, dentro de la burbuja, el transcurrir retrocedía: a ese ritmo llegarían a R’li unos dos días “antes” de haber salido de Piélago. Lo que significaba que, durante dos días, podría haber dos de cada uno de ellos en el universo: dos naves, dos Chaske, dos Simeones… en efecto, eso era posible, pero la vida-tiempo no lo permitiría. La burbuja se contraería en el último instante y expulsaría fuera de sí los últimos dos días como un vómito, arrojándolos en R’li en el preciso instante siguiente de haber partido de Piélago.

Era como tensar un resorte durante el viaje y soltarlo al arribo; de modo que, en última instancia, el efecto del viaje en el tiempo quedaría anulado.

Pero la duración sí se estremecía.

Chaske detuvo su danza y se quedó como petrificado.

La plétora de vida de las biomáquinas de la plataforma, y la fuerza de la vida básica de la burbuja, combinadas; estaban volcando la duración misma. Y con ello estaban deshaciendo la propia materialidad.

Entonces toda existencia se volvió duración pura. Onda de tiempo inmaterial. Ser sincrónico chorreando hacia atrás, como melaza.

La distancia no está en el espacio, decía la ABA, sino en el lapso que transcurre durante su recorrido. Con el tiempo volteado, el espacio no tiene modo de componer materia.

Simeón sentía cómo la subsistencia de su ser se decantaba poco a poco en la corriente única del transcurrir puro. La burbuja, el entretejido de seres que constituían la nave, Chaske y él, todo era tiempo y el tiempo tendía a ser uno.

Tal como múltiples ondas pueden entrar en fase, del mismo modo las temporalidades de cada ser en la nave y la nave misma, se unificaron en una sola duración. Una duración inversa.

El mantra surgió de los labios del neanderthaloide en una sucesión imprecisa y sin cadencia porque el tiempo se aceleraba y pausaba sin lógica alguna. Chaske no podía percibirlo porque lo sufría, pero Simeón advirtió cómo el ritmo de inversión del tiempo fluctuaba.

Con todas las cosas hechas duración pura, inmaterializadas y empatizadas, cada fluctuación equivalía a una muerte sucesiva.

Una voz colectiva surgió en la consciencia de Simeón: «Detención = Existencia».

La empatía a la que lo sometía la unificación durativa, hacía que todo pensamiento, sentimiento o intuición fuesen suyos; así como los suyos eran de todos los demás.

Pero eso no era un pensamiento, parecía más bien una urgencia aterradora, un puro sentimiento de desasosiego, algo como estar atrapado en una red que se reduce… ¡La burbuja!

Una suma de pensamientos se formó: pobrecilla. lo sabía. aaaaaaaaaaah. Y un temblor mudo.

Era una mezcla de Chaske, Simeón, nave y burbuja.

En el fondo de la consciencia colectiva, una pulsión fuerte y básica gritaba Detención y pugnaba por hacerlo. La plataforma le oponía resistencia, liderada por Simeón; mientras Chaske intentaba consolarla. Pero la cacofonía era terrible.

La ABA decía que el Ser es transcurrir puro y que aquellos lugares donde el Ser se detiene son las cosas: aquí, el Ser se había detenido a mirar el mundo (una estrella), allí había cesado de moverse para respirar (un hombre), acá había descansado un segundo (una luna). Cada cosa que existía no era más que la detención del Ser.

¿Alguien había pensado en esto o era la memoria genética de la especie rezumando mito? Lo cierto es que eso sólo empeoró la situación. El tiempo fluía desparejo y absurdo; mil respiraciones en un segundo y una única inhalación larga como siglos, un tranco interminable y otro apenas perceptible.

Las mentes no podían huir de ese delirio porque eran ese delirio, su substancia.

La burbuja vibraba erráticamente.

La plataforma empezó a desintegrarse ante la falta de armonía: cada biomáquina siendo en una fase diferente.

Y entonces algo sucedió, algo digno de una profecía. El tiempo cobró un ritmo súbito, rápido, preciso y perfecto, como el latir de un colibrí: 343,43434343434…

El púlsar.

 

Continuará