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Serprisa

Díaz Marcos, José Luis

Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto

y yo no gozo de buena salud.

Woody Allen

 

1

 

Las pastillas suministradas por El Chino, proveedor callejero de felicidad, empiezan a surtir efecto.

«¡Sí…!».

El aire se va iluminando y las nubes, convertidas así en fosforescentes torundas, se fusionan y dividen a un ritmo cada vez mayor sobre el palpitante azul.

«¡Ooooh …!».

  Pepe, Popeye para los amigos, guía la Harley sustraída a toda velocidad. Junto a él, Billy, el Dennis Hopper de Easy Rider[1], monta su preciosa Chopper. El viento flagela su rostro. Le hace llorar. Es libre. Es feliz.

«¡¡Di Caprio, yo sí soy el rey del mundooo…!!».

Esquiva, esquivan, vehículos y peatones. Un semáforo en ámbar. En rojo. «¡Qué te cojo!». De repente, oye a Marisol cantándole a él, solo a él, que la vida es una tómbola de luz y de color. «¡¡Sí!!» Ríe a carcajadas. Como un imbécil, lo sabe. Pero no le importa. Es libre. Es feliz. Y no puede, o no quiere, o ambas cosas, ni él lo sabe, dejar de llorar.

Oye la estridencia de un frenazo, a su derecha. Cerca, muy cerca. Gira la cabeza sin aminorar la marcha. Un turismo y su horripilada conductora, ¡la mismísima Marisol!, vienen directos: «¡¡Crash!!», ríe Billy de oreja a oreja, entusiasmado. «¡¡Catacrash!!», redunda él, sin importarle.

La vida es, siempre ha sido, una tómbola, tóm, tóm, tómbola, de luz y de…

«¡Ay, qué risa!».

…DOLOR.

 

2

 

Popeye despertó estrangulado por el miedo, ensordecido por el tabaleo sordo de la taquicardia, sobre un lecho húmedo. Sentía, como se quejaba su difunta madre, alma también débil, hasta los poros de su cuerpo.

 Zarandeado por el mareo, el lugar, interior blanco con hedor, «¡Buf…!», a desinfectante, le era totalmente ajeno. Popeye volvió a cerrar los ojos. «Tranqui, colega, tranqui…», se dijo. «Uno, dos, tres…», respiró.

Al cabo, las paredes y el techo volvieron a ser las estáticas superficies que, en realidad, como cabía suponer al margen de su percepción, siempre habían sido.

Intentó moverse y descubrió que algunas partes de su cuerpo pesaban más de lo habitual: su pierna izquierda, hasta la rodilla, y su mano y antebrazo derechos, habían sido escayolados. Sendos vendajes rodeaban su abdomen, visible a través de la chaqueta abierta de un pijama, y la parte superior de su cabeza. «¡¿Q, qué me han puesto…?! ¡Joder, qué cuadro! No me extraña que me duela todo…».

–¡He visto fiambres con mejor aspecto que tú!

A su derecha, tendido de medio lado en la segunda cama de la habitación, Billy

fumaba plácidamente. Ileso.

  –¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Y cómo es que tú no…?!

  Aquel se encogió de hombros:

  –En esta movida, el yonqui, el de verdad, eres tú.

  –No me lo recuerdes... Y este sitio, supongo, es…

  –¡Qué agudo! ¿Lo has supuesto tú solito?

  –¡Vete a…! ¡Ah…! –El gesto rabioso había hundido una finísima aguja en su pecho.

  Billy rió, cruel.

  –¡Buenas noches! ¿Cómo se encuentra? –preguntó un androide, atleta cibernético de rasgos masculinos, entrando en la habitación. Su voz reproducía el habla humana con impecable fidelidad.

Popeye abrió los ojos como platos:

–¡¡Un… Terminator!! –exclamó, patidifuso–. ¡Colega, ves lo mismo que yo?!

–Lo veo, lo veo… –confirmó Billy–. ¿Sabes…? Me pregunto cuántos metros de cobre lo harán funcionar. Conozco un chatarrero que nos daría una buena panoja por sus tripas.

  –¿Puedo saber con quién habla, señor?

  –Eh… Pensaba en voz alta.

  –Entiendo…

–¿Eres… real…? –preguntó Popeye golpeando suavemente al androide, detenido junto a su cama.

–Afirmativo. Soy UM-3146, unidad médica número tres mil ciento cuarenta y seis del SERPRISA, Servicio Privatizado de Salud. Ha sufrido un accidente

–Lo sé: yo estaba allí –interrumpió, irónico.

–…y siento comunicarle que se encuentra en situación terminal irreversible.

–¡¿Qué?! ¡¿Has oído eso!? ¡No fastidies, Mazinger Z! Estoy chungo, sí, pero esto se cura con reposo y una enfermera cariñosa. ¡Te columpias!

UM-3146 acercó su rostro, intimidante, a Popeye: las pupilas robóticas escanearon las humanas.

–No me equivoco,… señor. Identidad y diagnóstico verificados. Tratamiento: eutanasia o muerte dulce.

–¡¿Pero qué dices?! ¡¿Se te han fundio los plomos o qué?!

El androide levantó el brazo derecho y cerró la mano: una jeringa con un líquido verde emergió en el dorso del puño.

–No se preocupe, no sentirá nada. ¿Es religioso? ¿Desea formular alguna oración? 

  –¡¡Qué te columpias, tron!! Y, además, ¡¿qué pasa con la charla robótica esa de proteger la vida humana?! ¡No puedes liquidar a nadie, tío! ¡No puedes! Y otra cosa: se supone que eres médico, ¡¿no?!

–Lo soy, señor: mi base de datos contiene todos los conocimientos médicos anteriores a las últimas veinticuatro horas.

–¡¿Y al genio de tu programador se le olvidó meterte el juramento ese que hacéis los médicos?! ¿Cómo se llama? El juramento hipo… hipo…

Hipocrático, señor.

–¡Ese! ¡«Prometo curar, solo curar y nada más que curar»! Como me preguntan a mí en los juicios, pero en sanitario.

–Lo conozco, señor.

–¡¡Pues entonces!! ¡Que venga el defensor del paciente! ¡Quiero presentar una queja!

–El SERPRISA suprimió esa figura hace mucho tiempo, señor: sus quejas, como las quejas de cualquier otro cliente, son innecesarias. Conocemos y cuidamos su salud.

Confíe en nosotros.

–¡¡Y una…!!

Intentó incorporarse.

UM-3146 lo impidió adelantando su mano abierta. Con la otra, aún cerrada en un puño, clavó la jeringa en la bolsa de suero pendiente sobre la cama: el émbolo se adelantó inyectando el líquido en la solución salina.

–Protocolo de eutanasia activado.

Densos goterones, clorofila letal, se hundieron empezando a discurrir por el tubo flexible insertado en el fondo de la bolsa.

Alarmado, Popeye siguió el curso de aquel hasta la vía insertada, pinchazo entre las huellas de muchos otros,… ¡en su brazo izquierdo!

–¡¿Serás…?! ¡¡Suéltame!! ¡¡Suéltame!!

–Relájese: no sentirá nada.

–¡¡He dicho que pares, cafetera de los…!!

Frenético, Popeye golpeaba la escayola de su antebrazo derecho contra la sólida resistencia del androide. De reojo, seguía el inexorable descenso. No tardó en convencerse: neutralizada la opción de agarrar el tubo, se le ocurrió otra, la única posible.

Fue a la segunda dentellada, «¡¡Sí!!», cuando atrapó el plástico. Tiró con todas sus fuerzas y sintió salir la aguja de su vena. Jadeó, exhausto. A pesar de los dolores, se sentía infinitamente aliviado.

Vivo.

–Protocolo de eutanasia interrumpido.

–Querrás decir… protocolo de… pasaporte

–Error: la palabra «pasaporte» resulta improcedente. Además, última dosis

consumida: reserva de inyectables, agotada. Disculpe las molestias. Enseguida vuelvo –. Se encaminó hacia la puerta.

–¡S, sin prisas…!

–No se mueva, señor.

–¡No,  no me muevo! ¡¡Qué va!! ¡De paso, busca los tornillos que te faltan!

El androide salió clausurando la puerta tras de sí. 

–¡Gracias por tu ayuda! ¡Me ha servido de mucho!

–¡¿Mi ayuda?! –se sorprendió Billy–. Hermano, creo que tú tampoco andas demasiado bien de tuercas.

Aunque pasajero, el mareo volvió cuando Popeye, trastabillante malherido, logró abandonar la cama. Dio un primer paso y el dolor le arrancó un «¡¡Ay!!».

–Te diría que te apoyaras en mí… –sonrió Billy, perverso. 

–¡Escoria de alucinación!

–Ahorra energías: las vas a necesitar. El doctor Pasaporte no tardará en volver con una buena sobredosis del peor matarratas que hayas probado nunca.

–Apenas… puedo moverme… Y sin la clave de la cerradura… ¡¿Qué hago?!

–¿Aceptas sugerencias? Haz su curro por él.

 

3

 

Se abrió la puerta de la habitación y UM-3146, unidad médica número tres mil ciento cuarenta y seis del SERPRISA, Servicio Privatizado de Salud, encontró a Popeye tirado en el suelo a los pies de su cama.

  –¿Qué ocurre? Cliente ********, ¿se encuentra bien? ¿Puede oírme? –preguntó aquella, acercándose–. ¡Cliente ********, le he hecho una pregunta!

  Como si de un objeto se tratara, pateó a Popeye.

  –¡¡AY!! ¡¿Así recuperas a tus clientes, tostadora matasanos?!

  –¿Qué hace ahí? Levántese. Tengo un tratamiento que aplicarle.

  –¡¡Y yo a ti, otro!! –exclamó acercando a la bota metálica el cable  removido y oculto hasta el momento en su mano, bajo el lecho.

  La máquina empezó a convulsionar, aún en pie, tartamudeando presumibles diagnósticos clínicos. Las juntas de sus articulaciones pronto se convirtieron en humeantes chimeneas.

  –¡¿Quién es ahora el terminal irreversible, eh?! –graznó Popeye sin aflojar el contacto eléctrico.

  UM-3146, convertida ya en una abrasada y siseante armadura, se desplomó bajo la lluvia antiincendios.

  –Yo, en tu lugar, movería el culo y fingiría ser cualquier cosa menos un paciente –sugirió Billy.

 

4

 

  Un pitido electrónico desbloqueó la puerta.

  –Unidad médica, humano… –contó un sofisticadísimo ciberbombero– ¿Averías? ¿Daños?

  –¡¿Y yo, qué?! ¡¿No estoy?! –soltó Billy, ofendido.

  –¡Ya era hora! –protestó Popeye ataviado con una bata blanca descubierta, «¡Gracias!», en la taquilla–. Explicaba al alumno Tuercas una nueva técnica de… de…

–¡Bypass invertido!

–…de bypass invertido con…

–¡Injertos de pelo!

–…con injertos de pelo cuando se le fundió el disco duro y empezó a arder… ¡Valiente simulacro de médico!

–¡Disculpe, doctor…! –quiso saber el nuevo androide.

  –Aspirino.

  –¡Fleming! Pedazo de…

  –¿Doctor Fleming Pedazo De? No me suena. ¿Es nuevo? ¿Y esas vendas y escayolas? A pesar de la bata, cualquiera diría que es un… cliente.

–¡Las llevo porque son…!

–Un experimento.

–¡…un experimento! ¡Y ya vale! ¡¿Aquí quién es el médico: tú o yo?!

–Ninguno de los tres.

–¡Voy a pedir a tu jefe que te apague, bombero latoso!

–¡Mil disculpas! ¿Puedo servirle en algo?

  –¡Claro! Tanto disgusto me ha dejado mal cuerpo… Trae una silla de ruedas y llévame fuera: necesito respirar aire fresco.

  –¡¿Tú aún flipas?! –exclamó Billy, atónito–. ¡¿No lo ves?! ¡Estás en un hospital, doctor Fleming Pedazo De: aquí puedes conseguir, gratis, toda la química que tu sistema nervioso pueda soportar!

 

5

 

–¡Clarito como el agua: has perdido la chaveta! –sentenció Billy rodando con la

quimera de su moto por los pasillos.

Tras la obediente marcha del ciberbombero, «Mejor vete: ya me apaño yo!», Popeye había conseguido renquear hasta una silla de ruedas, cerca de su habitación.

De su celda.

–¡Lo que antes era la sanidad pública, ahora es el SERPRISA! ¡Ahora, o te compras la salud… o te liquidan para dejar sitio a quien sí pueda comprársela…! –gimió rodando también en su nuevo transporte.

–¡A tu rollo: si te mola ser esclavo del Chino, que así sea!

–¡Me mola… vivir!

Lograron entrar, silla y moto incluidas, entre los ocupantes de un ascensor.

Planta: 0.

Ya en el vestíbulo, ambos rodaron hacia las puertas acristaladas: más allá, pronto convertidas otra vez en brillantes torundas sobre el palpitante azul, «¡Sí…!», el sueño de las nubes.

De la libertad.

De la vida.

–¡Espere! –ordenó un ciberguardia surgido frente a ellos–. ¿Cuál es su nombre,… señor?

Popeye y Billy se miraron. Aquel se sujetó la garganta fingiendo afonía.

–No problemo.

Como ya hiciera UM-3146, el ciberagente acercó su rostro a Popeye y, otra vez, las pupilas robóticas escanearon las humanas:

–Cliente: ********. Estado: terminal irreversible. Tratamiento: eutanasia o muerte dulce.

–¡Te has colao, bacalao!

–¡Tú también te columpias, Robocop! ¡¡Os columpiáis todos!! ¡Lo único terminal aquí son vuestros diagnósticos, que diagnosticáis con la cartera!

–A mí me dio un chungo y los hijos de Alí Babá me pidieron un tesoro por las medicinas. Suerte que el último palo había sido bueno, que si no…

–Conocemos y cuidamos su salud. Confíe en nosotros.

–¡Sí, ya me sé el cuento! ¡Pero mejor se lo colocas a otro: yo firmo el alta voluntaria, o no, y me largo!

–Imposible. Si no recibe su tratamiento, el sistema sanitario deberá seguir desperdiciando nuevos y costosos cuidados con usted.

–¡Claro: sale mucho más económico liquidar al cliente con saldo cero! ¡Aparta!

–Negativo.

La máquina lo sujetó.

–¡Suelta! ¡Suelta!

–Relájese o me veré obligado a aplicarle el tratamiento aquí mismo. No se preocupe: no sentirá nada.

–Eso dicen… –confirmó Billy–. Bueno, colega, ve rezando lo que sepas, que yo me piro: tengo que ponerme guapo para un entierro.

–¡¡Espera!! ¡¡Ayúdame!! –suplicó Popeye mientras era introducido en boxes.

–¡Nos vemos en el próximo infierno! –gritó Billy quemando la rueda trasera de la moto, frenética, sobre el mármol.

Jinete y montura salieron despedidos hacia la nada.

 

[1] Película. Dennis Hopper, 1969.